Se cumplen cien años de la fundación de la escuela Bauhaus, una de las más influyentes del siglo XX. Creada por el arquitecto Walter Gropius, la “Casa de la construcción”, surgió en el período de entreguerras, y se planteó aportar a la construcción de una nueva sociedad, siendo parte de una vanguardia artística a nivel internacional.

La Bauhaus abrió sus puertas el primero de abril de 1919, en medio de una convulsiva situación política. Alemania había sido derrotada en la Primera Guerra Mundial, lo que agravó la situación social y produjo, a fines de 1918, que se desatara un proceso revolucionario signado por la formación de consejos obreros y de soldados (con avances y retrocesos, los intentos revolucionarios se extenderán en el país hasta 1923). Tan solo tres meses antes de la apertura de la escuela habían sido asesinados en Berlín los revolucionarios Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, mostrando la reacción de la burguesía (ya que ellos representaban el “terror del comunismo”).

En el medio de una gran polarización, por un lado el ejército se organizaba para conservar el orden, y por el otro, los comunistas se organizaban para hacer la revolución e influenciar a un sector de masas de la clase trabajadora. La instauración de la República estuvo en disputa entre el capitalismo y el socialismo; las ideas de la Revolución rusa que derrotó al zarismo en 1917 estaban presentes tanto políticamente como, también, en el terreno artístico.

En esta situación internacional de “crisis, guerras y revoluciones” de principios de siglo, en las artes aparecieron nuevas ideas y prácticas. Las llamadas “vanguardias históricas” fueron movimientos artísticos que abrieron discusiones sobre la propia producción, proponiendo romper con las tradiciones previas. Debatieron contra la institucionalización del arte y se pensaron nuevas formas de trabajo que tenían que ver con lo colectivo y con la fusión de los diferentes géneros. La Bauhaus fue parte de este proceso y estuvo en contacto con los diferentes movimientos, como el neoplasticismo holandés, el constructivismo ruso, el dadaísmo y, ya hacia los años veinte, con el surrealismo.

Sin embargo, una de las influencias más profundas en la Bauhaus estuvo dada por las vanguardias soviéticas, que eran un punto de referencia para muchos de sus artistas. A partir de la Revolución rusa, el gobierno soviético tuvo una política cultural muy importante fomentando las artes, y muchos artistas conocidos, como Vladimir Maiakovsky, Kasimir Malevich, Alexandr Rodchenko, El Lissitzky o Sergei Eisenstein, pusieron sus obras al servicio de la construcción de esa nueva sociedad y pensaron la “función” del arte.

En la primera sede de la escuela alemana, Gropius convocó a artistas de vanguardia como Wassily Kandinsky, Paul Klee, Josef Albers, Laszlo Moholy-Nagy, Johannes Itten, convenciéndolos que el lugar del artista está en la escuela y su tarea social es la enseñanza con el fin de volver a la relación que unía el arte con el artesanado, solo que ahora debía unirse el arte y la industria productiva.

Poniendo el eje en el quehacer práctico, el manifiesto de la Bauhaus proclamaba:

¡Arquitectos, escultores, pintores, todos debemos volver a la artesanía! Pues no existe un arte como profesión. No existe ninguna diferencia esencial entre el artista y el artesano. El artista es un perfeccionamiento del artesano. La gracia del cielo hace que, en raros momentos de inspiración, ajenos a su voluntad, el arte nazca inconscientemente de la obra de su mano, pero la base de un buen trabajo de artesano es indispensable para todo artista.

Walter Gropius tenía un programa y hacía una defensa de la conciencia frente “al desorden y la desesperación de la catástrofe histórica”. El artista realiza una importante elección, ya que coordina su programa de acción con la política de la corriente socialdemócrata a la cual adhería.

En la escuela alemana convivían más de 1.400 jóvenes en comunidad, procurando alcanzar la unión entre su vida privada y el trabajo. Bauhaus tenía un funcionamiento democrático, que era opuesto a las escuelas tradicionales, definiéndose socialista y libertaria. La escuela estaba basada en la colaboración, en la búsqueda común entre estudiantes y maestros, donde los roles se transformaban. Sus promotores creían que si una sociedad democrática debía autodeterminarse para progresar, el motor de ese progreso era la educación y su herramienta la escuela; por lo tanto la escuela era “la semilla de la sociedad democrática”. El concepto urbanístico se encontraba por sobre todo, ya que la forma de la sociedad es la ciudad. Se educaba para construir una ciudad ya que, al construirse, una sociedad se construye a sí misma.

Se buscó un modo de enseñanza que, a la vez que instruyera a los y las estudiantes en el conocimiento de los materiales, las técnicas y el oficio, fomentara la imaginación, haciendo de la escuela un lugar privilegiado para la experimentación. Quienes pasaban por allí tenían un curso inicial de carácter innovador que los orientaba artística y vocacionalmente para luego seguir formándose. Los planes de estudios se modificaron muchas veces, y fueron puestos a discusión constantemente.

Era una institución que sostenía que el arte debía dar respuesta a las necesidades de la sociedad, sin distinción entre las obras de arte y lo utilitario, lo funcional. Con una tendencia a geometrizar las formas, se imaginaron la construcción de una sociedad donde todo esté estandarizado, innovando en el diseño industrial.Fue fundamental en la Bauhaus esta “utopía racionalista”, como la definiera el historiador Giulio Argan; también en la enseñanza del arte teatral, que estuvo a cargo Oskar Schlemmer. El artista alemán trabajaba desde la arquitectura del teatro, desarrollando escenografía, coreografía, acción escénica y danza, siendo el responsable de la dirección. Una de sus obras más conocidas es “Ballet Triádico”, de 1922, en el que los actores o bailarines están caracterizados como formas geométricas, haciendo de sus vestuarios esculturas vivas, siendo parte del escenario.

Otro destacado diseñador de la escuela fue el húngaro Marcel Breuer, que estuvo a cargo del taller de muebles. Diseño la “silla Wassily” o “Modelo B3” en 1925, inventando los muebles de tubo metálico, instaurando una nueva tipología, una nueva tecnología y funcionalidad del mueble. Aquí había un problema arquitectónico a resolver: en casas reducidas al “mínimo vital”, los muebles no pueden ser grandes; los de tubos metálicos son ligeros, económicos y fáciles de producir en serie. El mueble ya no era concebido como un monumento doméstico sino como un objeto útil y manejable. Si bien se creyó por entonces que la silla la había diseñado el artista Wassily Kandinsky, los cierto es que él admiraba tal diseño y Breuer realizó una copia para que Kandinsky utilizara en su propia casa.Una estudiante posa con una máscara del Ballet Triádico, de Oskar Schlemmer, sentada en la “silla Wassily”, de Marcel Breuer de 1925.

La Bauhaus fue una de las pocas escuelas en las que, hace cien años, el número de matrícula femenina se acercaba bastante a la masculina: solo en el primer curso había 51 mujeres frente a 61 hombres.

Durante la Guerra, debido al reclutamiento de los hombres, las mujeres salieron de las casas siendo parte de lo “público”, en esferas que hasta ese entonces estaban reservadas para los hombres. Además, las sufragistas en todo el mundo protagonizaron grandes movimientos para exigir sus derechos. La República de Weimar reconoció la emancipación de las mujeres, otorgando el derecho al voto y también el derecho a estudiar en cualquier centro educativo.

En este contexto es que muchas mujeres se inscribieron en la escuela atraídas por las promesas de igualdad que la Bauhaus proponía en sus folletos y publicaciones, por ejemplo con eslóganes como “¿Estás buscando la verdadera igualdad como mujer estudiante?”.

Sin embargo, esto no estuvo exento de contradicciones. Luego del curso inicial de orientación vocacional y artística, a la mayoría de las mujeres se les proponía orientarse a los talleres que eran considerados femeninos, como el textil o el de cerámica. Gropius, por ejemplo, sostenía que las mujeres no estaban capacitadas ni física ni mentalmente para otras artes por fuera de los telares, y que podían pensar en las dos dimensiones, no en tres como los hombres.

Como en otros ámbitos, hubo barreras para las mujeres y su rol fue muchas veces invisibilizado, quedando a la sombra de sus maridos o compañeros y sus diseños eran atribuidos a la escuela en general. Actualmente se están realizando producciones y estudios que proponen rescatar el rol de las artistas en la Bauhaus, artistas sobresalientes como Marianne Brandt, la fotógrafa Lucía Moholy, la artista textil Anni Albers o Gunta Sttölzl. Haciendo frente al dominio masculino, los diseños como la silla Barcelona y Weissenhof de Lilly Reich, o la luz Kadem N.° 702 e Marianne Brandt, son íconos del diseño moderno.

El nazismo, apenas llegó al poder en 1933, suprimió la Bauhaus, por considerar a la escuela un centro de “bolchevismo cultural”. Para esa fecha, sin embargo, la Bauhaus era reconocida en todo el mundo, y muchos de los integrantes, como el mismo Walter Gropius, se exiliaron en Estados Unidos, donde se desarrolló una continuación de la Bauhaus hasta la Guerra Fría, cuando Laszló Moholy Nagy fundó en Chicago la “New Bauhaus” en 1937.

Hoy en día se multiplican en todo el mundo los homenajes, reivindicando las innovaciones artísticas. En el centenario, el legado artístico de la Bauhaus permanece. Esta sentó las bases para el diseño industrial y gráfico, como así también importantes fundamentos para pensar la arquitectura moderna y el urbanismo. Sin embargo, parte de su legado más importante, que guio a las escuelas vanguardistas que surgieron al calor de los procesos revolucionarios, fue la idea de un arte que ya no esté separado de la vida. Para no condenar el arte a los estrechos límites que le impone el capitalismo, entonces habrá que revolucionarlo todo.

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