“La ciencia es como tener una realidad aumentada, nos ayuda a ver al mundo de otra manera, significa aumentar nuestras aptitudes cognitivas, ser más intuitivos y profundos”, según  la física Karen Hallberg quien fue distinguida junto a otras cuatro mujeres con el Premio Internacional L’Oréal-Unesco de la región América Latina “Por las mujeres en la ciencia”, un reconocimiento que obtuvo por el desarrollo de enfoques informáticos de vanguardia que permiten a los científicos comprender la física de la materia cuántica.

Desde el Centro Atómico de Bariloche, lugar donde se desempeña como directora de investigación, Hallberg charló por Skype con La Capital sobre la presencia de las mujeres en actividades científicas, la necesidad de formar a las nuevas generaciones para que aprendan a razonar, y la inestabilidad de la ciencia en nuestro país.

Sin importar las veces que debió explicar de qué trata la profesión o entrevistarse con la prensa luego de su reconocimiento internacional, la científica mantiene intacta su pasión y relato, también las ganas de transmitir conocimientos. Así lo hace cada vez que se presenta frente a un auditorio colmado de estudiantes, con el objetivo de despertar más vocaciones.

“Cuando hablo con chicos y chicas del nivel secundario sobre la ciencia y la física, noto que se les iluminan los ojos, por eso creo que hace falta estimularlos más. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando que la situación mejore. Trato de mostrarles más allá de la información científica, la actitud que transmite la ciencia, los conceptos y formas de encarar la vida”, explica desde su tarea además como profesora en el Instituto Balseiro.

“Si bien hay más mujeres que se matriculan en la universidad, son relativamente pocas las que escogen una carrera científica. Todavía falta mucho para lograr un cambio cultural importante”, explica Hallberg. Según cifras de la Unesco, a nivel mundial sólo el 29 por ciento de los investigadores son mujeres y ocupan únicamente el 10 por ciento de los puestos de mayor responsabilidad en universidades.

“Al elegir esta carrera siento que quise de alguna manera desafiar al sistema”, reconoce la física. Su interés por las ciencias comenzó de niña, también le gustaban las matemáticas, la genética y la investigación. Nacida en Rosario, vivió casi de manera permanente en la provincia de Jujuy hasta su ingreso al Instituto Balseiro. Además es investigadora del Conicet.

“Hoy se hace cuesta arriba para los científicos sostener la profesión, publicar y producir más artículos cuando el apoyo y los subsidios no alcanzan”, admite la física que decidió en 1997 regresar al país con su marido, también científico. Luego de un pos doctorado en Alemania y movilizada por los afectos y su deseo de trabajar en el lugar donde se formó, se instaló con su familia nuevamente en la Argentina. Testigos de su profesión y desarrollo, sus hijos también se inclinaron por carreras vinculadas con la ciencia. Hoy como profesionales de la universidad pública, el mayor trabaja para Google en Suiza y la menor realiza su residencia en ginecología.

—¿Cuáles son las condiciones para que más chicos y chicas elijan la ciencia? ¿Por qué considera que falta motivación en las escuelas?

—La formación científica en las escuelas es importante. Y la capacitación docente necesaria para enseñar de manera mucho más estimulante y divertida las matemáticas y las ciencias. Por otro lado, también los científicos podrían involucrarse un poco más. Pensando quizás en el entrenamiento que recibí como científica, reconozco que más allá de la información científica hay que formarlos para que aprendan a razonar. Tener talleres de ingenio y de razonamiento desde la infancia, en actividades conjuntas entre nenas y varones. Esto trasciende las matemáticas, y lo necesitamos para toda la vida independientemente de cuál sea la profesión o el oficio elegido. El pensamiento abstracto, analítico y crítico ayuda a los jóvenes a filtrar la información que reciben, a estar con la cabeza abierta, es como un sentido más.

—En cuanto a la divulgación científica, ¿qué nivel de acceso tienen hoy los estudiantes y la sociedad en general?

—Menos que antes. Algunos diarios incluso tenían en su contratapa alguna sección de ciencia. A nivel institucional, tanto el Conicet como las universidades deberían darle mayor peso a las actividades de divulgación, algo que todavía está en discusión pero que es tan relevante como la producción científica. Es una responsabilidad social que tenemos como científicos comunicar lo que hacemos y saber hacerlo, por supuesto que siempre debe existir un equilibrio entre la rigurosidad y aquello que se quiere transmitir.

—En esta curiosidad y fascinación que sintió desde niña por la ciencia, ¿algo motivó de manera especial esta elección?

—Me gustaban las ciencias, y también las ingenierías. Me hubiera encantado que en mi adolescencia un científico me contara en clase qué era lo que hacía. En mi caso, leer historias como la de Marie Curie me inspiraron mucho. También unos libros de divulgación de Albert Einstein que hablaban de ciencia y también de su posición humanista, o Beltrand Russell, matemático y filósofo británico que ganó el Premio Nobel en literatura. Todavía no estaban los libros de Stephen Hawking que hoy fascinan a los jóvenes. Puse mucho de mi personalidad para estudiar esta carrera, que no hubiera logrado sin el apoyo y estímulo familiar. Quise de alguna manera desafiar al sistema, desde muy chica estaba consciente de los temas de género y me preguntaba por qué nosotras no. Esta elección que otras mujeres quizás descartarían por una presión social o cultural, todavía pesa en las decisiones de las chicas a la hora de elegir una carrera. Tampoco nunca tuve que elegir entre familia o profesión porque tenía por ejemplo una guardería en el centro atómico que me permitía dejar a mis dos chicos mientras hacía el doctorado y con mi marido siempre realizamos todas las tareas de manera conjunta.

—¿Considera que la mujer aporta una mirada diferente de la ciencia?

—Cada persona es distinta. No me gusta decir que el grupo de mujeres le da a la ciencia una mirada diferente; y así como algunas mujeres pueden hacerlo, algunos hombres también. Prefiero no dividir el mundo en dos. La ciencia es una actividad colectiva donde tenés muchas personalidades, donde cada uno aporta su perspectiva, sean mujeres o varones, jóvenes o mayores o de distintas culturas. Estoy tratando de derribar ese mito de que las mujeres tienen una mentalidad más empática, orientada a lo social y el cuidado de los hijos y que los hombres están más vinculados al pensamiento analítico y organizado porque no es así. Esa también es una imposición cultural, estereotipos dañinos para la sociedad.

—¿Cuál ha sido el mayor desafío que debió afrontar en su recorrido como científica?

—La inestabilidad de la ciencia en este país. Vivimos lejos de Buenos Aires, en el lugar de las grandes turbulencias políticas en la historia de las ciencias desde la década del 50 cuando se creó el Instituto Balseiro. La falta de definición de la ciencia y la tecnología como una política de estado y de la cultura de un país son los grandes desafíos, también la falta de continuidad en el apoyo estatal. En la ciencia, para desarrollar cosas se necesita construir durante mucho tiempo, es como hacer crecer una planta.

A Hallberg le gustaba la teoría de la relatividad, la astrofísica, la mecánica cuántica y la superconductividad. “Cuando estaba por recibirme tenía que elegir mi trabajo de la licenciatura, justo en ese momento se descubría un fenómeno revolucionario: la superconductividad de alta temperatura crítica. Este avance mundial se pudo reproducir a los pocos meses en el país. Pudimos medirlo, trabajamos día y noche en el equipo de Francisco de La Cruz. Esta experiencia resultó estimulante porque logramos sumarnos desde un lugar tan lejano como éste”, finaliza la científica.

>> Conferencias Pugwash

Hallberg integra el Consejo de las Conferencias Pugwash. Estos encuentros tienen como objetivo la discusión de asuntos internacionales como el desarme nuclear, la responsabilidad social del científico respecto de las consecuencias del big data, la biotecnología y la inteligencia artificial. Las conferencias internacionales sobre ciencia y asuntos mundiales fueron creadas por un grupo de científicos, filósofos y humanistas, casi todos premios Nobel. La primera reunión tuvo lugar en julio de 1957 en el pueblo de Pugwash, Nueva Escocia, Canadá, de donde recibe su nombre.

Posteriormente las conferencias se celebraron en muchos otros lugares y en el año 1995 ganaron el premio Nobel de la Paz. “La idea principal es traer conocimiento a la toma de decisiones y traer la racionalidad científica a la discusión política”, destaca Karen Hallberg.
Fuente: Paulina Schmidt para https://www.lacapital.com.ar

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