Termina un año feroz. Un año que seguirá sin respetar el calendario, y se continuará en los días y las noches que vendrán, donde nace la esperanza vacunatoria. Un año en que hemos sufrido una herida narcisista, como las que señalaba Freud. Una de ellas dice que la especie humana se convirtió en el amo de sus semejantes, los animales; y los declaró carentes de razón y se atribuyó a sí mismo la inmortalidad, pretendiendo una descendencia divina separándose del mundo animal. La tercera herida fue, la psicológica: el hombre, se sintió soberano de su propia alma y que podía hacer lo que quisiera con sus pulsiones anímicas. Pero ellas se han sublevado y emprendido su propio camino.El coronavirus viene a ratificar la vulnerabilidad de todos, inclusive aquellos que endiosamos en una cancha de fútbol o en un recital de rock o en la política. Nosotros sabemos, con el saber de la recta razón que no somos inmortales pero vivimos como si lo fuéramos. Nuestro imaginario desafía a la realidad desencantada edificando otra realidad. Resistimos, negamos, buscamos un aplazamiento de la sentencia. Salvo para aquellos que han construido otro mundo espiritual sin piel. ¿Es posible una vida sin pasión? ¿Es posible otra vida sin lucha y sin sangre?Según Simone de Beauvoir “No hay muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia pone en cuestión al mundo. La muerte es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida”.Claro que quedan preguntas: ¿podrá sobrevivir el hombre en un ecosistema desequilibrado de una naturaleza que guarda sus secretos.?. ¿ Hasta cuándo vamos a violentarla? ¿El futuro es una cepa en espera ?. A pesar de todo apostamos a la oportunidad que surge del título de aquella vieja película española; “Amanece; que no es poco”.

Fuente: https://ricardorouvier.com.ar/

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