El escritor Rodolfo Rabanal, de 80 años, a quien le habían detectado cáncer de páncreas tres semanas atrás, murió en Punta del Este (Uruguay) donde vivía desde hace veinte años con su mujer Cristina y su querida perra. Fue subsecretario de Cultura de la Nación en el gobierno de la recuperación democrática de los ochenta con el entonces Presidente Raúl Ricardo Alfonsín y muy querido por todos quienes lo conocieron por su jovialidad constante.

«De una inteligencia, curiosidad y apertura impresionantes. Escuchaba. Nunca fue machista. La revolución de las pibas era lo que le daba ilusión». Así define a Rabanal su amiga, la editora Paula Pérez Alonso. 

El novelista murió en la noche de este domingo (1/11/20) en Uruguay, donde vivía desde hace 20 años con Cristina, su mujer y su perra. «No sufrió», se consuela Pérez Alonso. Y da un detalle: «Era el Día de los Muertos (y varios otros países) en México, el día en que transcurre todo Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, una de sus novelas preferidas»

Nacido en 1940 en Buenos Aires, fue periodista, sobre todo en el diario La Nación, La Opinión, Ámbito Financiero y, en los últimos años, Página 12; además de las revistas revistas La Semana y El Periodista. Su primera novela, «El apartado», había salido en 1975. La segunda, «Un día perfecto», se publicó tres años más tarde en Barcelona y fue un éxito de ventas.

En la Argentina gobernaba la dictadura de Jorge Rafael Videla y en 1979, cuando obtuvo la beca Fulbright, Rabanal se trasladó a Estados Unidos. Volvió por un tiempo pero pronto salió para Francia, donde trabajó como periodista y -al igual que Julio Cortázar- como traductor en la Unesco. 

 Recién regresaría al país con la vuelta de la democracia, en 1984. Entonces, el gobierno de Raúl Alfonsín lo nombró subsecretario de Cultura de la Nación.

«Estaba dando un taller de lectura todos los miércoles hace años y lo dio por Zoom hace dos semanas y media», contó Pérez Alonso a Clarín. «Tenía un grupo -que ya eran amigos- con muy buenos lectores. El viernes no se sintió bien y se internó para un chequeo y le encontraron un cáncer de páncreas avanzado. Estuvo internado una semana y el lunes pasado volvió a la casa muy consciente de lo que tenía. Estuvo muy sereno. No sufrió».

En junio/20, preocupado por el movimiento anticuarentena, escribió en el diario Página 12 unas palabras fuertes: «En medio de la pandemia del coronavirus los ‘belicosos’ anticuarentena pertenecen a las huestes de la obediencia aunque ellos crean todo lo contrario: les enseñaron a pensar que cuando el Estado aplica alguna medida que los afecta los está reprimiendo».

Rodolfo Rabanal, escribía Jorgelina Nuñez en la Revista Ñ en 2014, «siempre estuvo lo suficientemente atento al pulso intelectual, artístico y político de su época como para conocerlo a fondo, pero lo bastante concentrado en su proyecto personal como para dejarse arrebatar por él».  

Y precisa: «Siendo él mismo ‘el apartado’ nunca asumió como propias las causas políticas del momento, aunque no se mantuvo ajeno y sufrió con cada desaparición y cada exilio, consciente de que podía correr igual suerte.

Entre sus novelas están En otra parte (1981), El Pasajero, (1984) No vayas a Génova en invierno (1988), El factor sentimental (1988) La vida brillante (1993) y Cita en Marruecos (1995).

En 1988 recibió la beca Guggenheim, y obtuvo el Premio Municipal de Novela en 1995, el premio del Club de los 13 en 1997 y en 1998, el premio del Pen Club Argentino como «Mejor novela del año» por Cita en Marruecos. Su obra ha sido traducida al francés, al inglés y al polaco. En el año 2010 y en el marco de las celebraciones del Bicentenario fue distinguido como una de las 200 personalidades que aportaron a la cultura del país.

Publicó también las colecciones de cuentos «Los peligros de la dicha» y escribió el guión de la película «Gombrowicz, o la seducción», que dirigió Alberto Fischerman. 

Como escritor le interesaba la experimentación literaria, la forma, el tono, la sonoridad y tenía una obsesión: no imitar voces que no fueran las suyas. Es que más que la historia, lo que a Rabanal más le importaba era el trabajo con el lenguaje, y si bien exploró géneros como la poesía y el ensayo literario, se definía como novelista, porque la mayoría de sus libros se orientaban en ese género.

Cuando en 2014 participó de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Rabanal sostuvo: «La escritura es trabajo y la inspiración no sirve si no estás preparado, tenés que estar listo como un cazador; quizás hoy no pasa nada, pero si tenés la puntería ejercitada, cuando aparece la presa vas a pegarle. La escritura, para mí, siempre fue la búsqueda de un sentido para la vida».

Su último libro -recuerda Pérez Alonso- fue «La vida escrita», «un librazo que cuenta mejor que cualquier ensayo cómo era la vida en los años 70 en Buenos Aires. Lo presentaron Germán Garcia y Mauro Libertella en la Feria del Libro en 2015».  

En el texto de esa presentación, Libertella aseguraba: «Rabanal es el gran observador, el tipo que está dentro del grupo duro y que sin embargo parece estar deliberadamente apartado del ruido, para usar el título de su primera novela. Si Rabanal es “el apartado” es porque se corre un poco, mínimamente, para que no lo aplaste el peso histórico de su época».

Rodolfo Rabanal: el alimento de la lectura, Juan Forn 

Pocas cosas más tristes que despertarse con la noticia de que un amigo ha muerto. Y eso pasó esta madrugada: Rodolfo Rabanal ya no está entre nosotros. Quienes hayan leído sus contratapas en este diario lo lamentarán; quienes hayan leído sus libros lo lamentarán todavía más: Rodolfo fue uno de los grandes. En junio había cumplido ochenta y estaba bien, entero, tan lúcido y tan sutil como siempre, y lo siguió estando hasta hace unos pocos días, cuando se descompensó en su casa y, ya en el hospital, supimos que lo estábamos perdiendo, que era cuestión de días nomás.

Rodolfo apareció en la literatura argentina con un libro breve y poderoso, en el difícil 1975: El apartado. Seis años después, esa novela becketiana era legendaria; había que ir hasta el depósito de Sudamericana en San Telmo para conseguirse un baqueteado ejemplar. El segundo libro de Rodolfo estaba en la biblioteca de mi madre: Un día perfecto, en la edición de Pomaire. Pero fue el tercero, creo (las dos fenomenales nouvelles que conforman En otra parte, publicado por Legasa), el que tuvo efecto más poderoso en muchos de mi generación: lo sentimos uno de los nuestros, al mismo tiempo que uno de los capos de la generación anterior. Desde que volvió del exilio a Buenos Aires en 1984, hasta que se fue a vivir a la costa doce años después, me honró con su amistad, publiqué algunos de sus libros, presenté otros, disfruté fenomenales conversaciones con él, me enseñó montones de cosas y me hizo reír a carcajadas con su sinceridad, rasgo de carácter infrecuente en nuestro gremio.

Hace unos meses, cuando le escribí para su cumpleaños, le dije que, en esa relación de mi generación con la suya, él había sido para mí, junto con Abelardo, Briante y Piglia, los modelos, los que la tenían clara, los que sabían leer mejor que los demás, los que tenían voz más interesante, a pesar de las diferencias que hubiera entre ellos. Rodolfo fue la primera persona a la que oí hablar de Marca de agua de Brodsky, de la importancia de Auden y Mandelstam no sólo como poetas sino como prosistas (en una noche inolvidable los vi conversar durante horas a él y al gran Carlos Lohlé, sobre el impresionante libro de Nadezhda Mandelstam, Contra toda esperanza). Fue Rodolfo el que me hizo leer a Mansilla, a Chatwin (el Chatwin “secreto” de Utz y Qué hago yo aquí) y a Elias Canetti (una mañana en que lo encontré leyendo en un bar ese libro que hizo Fondo de Cultura, La conciencia de las palabras). Gracias a Rodolfo supe de Enrique Raab y de Jotaerre Wilcock. Me acuerdo de la clase magistral con que nos explicó a Fresán y a mí (que idolatrábamos a Martin Amis) por qué Campos de Londres no movía el amperímetro (qué certero, visto desde acá).

Podría seguir interminablemente con la lista, pero lo que importa es el enfoque que transmitía Rodolfo: una manera de leer, una manera de alimentarse con lo leído para que eso se trasladara después a lo que escribíamos. Como suele suceder, lo fuimos entendiendo con retraso y a los tumbos: en aquel momento nos limitábamos a absorber como esponjas, alegre e impunemente, a contagiarnos por ósmosis, por mera proximidad, de esos capos, en la vorágine que era la vida en Buenos Aires en esos tiempos.

Después de criar como un padre a las hijas de Cristina, su pareja de toda la vida, partieron juntos a vivir a la costa. Lamentablemente ya se habían ido a vivir al Uruguay cuando me tocó a mí venirme a la costa, años después. Lamenté muchísimo haber llegado tarde y perderme su compañía y su sabiduría en esos primeros, difíciles tiempos acá. Después me acostumbré a imaginarlo allá con Cristina: los libros, el largo invierno, el fuego en la chimenea, el mar afuera, la literatura adentro. Y empecé a sentirlo cerca de nuevo. Quiero despedirlo y desearle buen viaje con unas palabras del chino Gu Cheng que le gustaban mucho. Gu Cheng dijo que la poesía no consiste en tomar un trozo de madera y hacer de él una tabla, sino frotarlo y convertirlo en bronce, y frotarlo otra vez y convertirlo en vidrio, y frotarlo otra vez y convertirlo en agua.

Buen viaje, Rodolfo querido, y gracias por todo.

Fuente: www.clarin.com y www.pagina12.com.ar

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