La historia del guardapolvo blanco, un invento argentino: a comienzos de la década de 1920, ese delantal se había generalizado en todo el país, pero su descubridor no fue Domingo Faustino Sarmiento, el padre del aula. Una rica historia. 

Somos la tierra de las palomitas blancas. Aquí, en la Argentina, se impuso el guardapolvo blanco que puede verse también en otros países de Sudamérica. ¿Tuvo algo que ver Domingo F. Sarmiento? Descartémoslo: cuando él murió, en 1888, todavía no habían aparecido. Pero, ¿a quién otorgarle la paternidad, entonces? Dos de mis queridos maestros, Diego del Pino y Enrique M. Mayochi, a quienes voy a agradecer toda mi vida por lo mucho que me enseñaron, investigaron el tema, cada uno por su cuenta, e hicieron aportes interesantes. Luego, Inés Dussel profundizó aquellos trabajos y nos allanó el camino a los que seguimos su huella.

Gracias a la investigadora podemos establecer cierto orden cronológico con los posibles promotores del guardapolvo blanco.

– Pablo Pizzurno: en un escrito datado entre 1904 y 1909, el educador manifestó su contrariedad por los vestidos lujosos que llevaban algunas alumnas.

– Julia Caballero Ortega: maestra de manualidades que dictaba clases en Avellaneda, en 1905 sugirió a sus alumnas el delantal blanco.

– Antonio Banchero , maestro de sexto de la Escuela Presidente Roca (en la zona de Tribunales), en 1906 propuso el delantal blanco a sus alumnos y los docentes.

– Pedro Avelino Torres , fue promotor de la idea en los primeros tres años del siglo.

Según vemos, todos estos precursores se encuentran acotados en estrecho margen de años. Y si tuviéramos mayores certezas de la fechas, tal vez el espacio temporal se reduciría aún más.

Celebración del Día de la Bandera, 20 de junio de 1944, en la Plaza de Mayo.

Fuera de este tiempo, ubicamos a Matilde Filgueira de Díaz (a quien Dussel también menciona), quien tal vez se vio influenciada por Pizzurno, Banchero, Torres o la maestra de manualidades Caballero Ortega.

Una reconstrucción de su historia nos dice que en 1915, en la escuela porteña Cornelia Pizarro de la calle Peña 2670 (barrio de la Recoleta), la maestra Matilde Filgueira de Díaz reunió a los padres para explicarles que la ropa de las estudiantes ponía muy de manifiesto la condición social y generaba divisiones.

No se equivocaba: un simple vistazo permitía diferenciar a las chicas de buena posición, de aquellas que provenían de hogares más humildes. Filgueira -quien sería nombrada directora de la misma escuela a fines de 1918- propuso instaurar un guardapolvo del mismo color que uniformara a todas. Pero ni siquiera logró uniformar las opiniones: por un lado estaban los padres que consideraban descabellada la idea; y por el otro, entre quienes la aprobaban, no se ponían de acuerdo en el color que debía emplearse.

Empeñada en llevar adelante su idea, la maestra acudió a la calle Florida y compró varios metros de género blanco que pagó de su bolsillo. Los cortó y distribuyó entre el alumnado. A las madres les explicó cómo debía ser el modelo de guardapolvo.

Hubo padres que no estaban de acuerdo y protestaron. La denuncia llegó al Ministerio de Educación, desde donde se resolvió enviar un funcionario del Consejo Escolar. El inspector recorrió las aulas, espió los recreos y entendió que la idea valía la pena.

Comenzó una cruzada a favor del guardapolvo en la que había que lidiar con padres rebeldes sin causa y otros que no entendían por qué la escuela gratuita los obligaba a hacer un gasto que no estaba contemplado en sus magros presupuestos. Consideremos que muchos tenían varios hijos en edad escolar. El debate trascendió la escuela Pizarro e inclusive, como veremos, el ámbito escolar.

¿Por qué blanco? Fue copiado de los médicos y sus auxiliares, por su estrecha vinculación con la higiene. Las escuelas siempre han sido un espacio multiplicador de enfermedades y la suciedad es un enemigo a vencer. En aquellos años se prestaba muchísima atención al tema.

Las sugerencias del doctor Genaro Sisto, publicadas por El Monitor de la Educación Común, del 30 de junio 1915, nos ofrecen una pista sobre el asunto:

El delantal escolar

La vehiculización de los gérmenes infecciosos por las ropas está plenamente demostrado. Durante mucho tiempo (mientras no se forme la conciencia sanitaria de la población) concurrirán niños a las escuelas que momentos antes han estado en contacto con enfermos y llevarán a clase contagios inevitables.

El uso de un delantal evitaría esto, pero no un delantal que va a la escuela y vuelve al hogar, sino un delantal que queda en la escuela y solo en las horas de clase sea usado por el alumno.

El delantal escolar (en la forma enunciada) sería un medio de gran eficacia para evitar la irradiación infecciosa de la escuela. Es verdad que múltiples razones se oponen a que se generalice el uso del delantal, pero esos obstáculos en su mayoría de orden económico serían salvados en aquellas escuelas en que existan sociedades cooperadoras de la obra que realizan.

Pocos meses después, el 23 de diciembre de 1915, el Consejo Nacional de Educación, presidido por el doctor Pedro N. Arata, recomendó al personal docente que usara guardapolvo «durante las horas de servicio y dentro de la escuela», ya que «además de inculcar a los niños la tendencia a vestir con sencillez, suprimirá la competencia en los trajes, adornos, etcétera, entre el mismo personal».

Mientras tanto, en el barrio de Parque de los Patricios, el médico Genaro Giacobini se sumó a los promotores del guardapolvo, al pedir dinero para auxiliar a quienes no podían acceder a la compra de ropa y útiles. Si bien el guardapolvo iba imponiéndose entre los docentes, persistía el rechazo de los padres.

Algunos se quejaban de que les estaban pidiendo demasiado. Arata envió una circular (fechada el 16 de abril de 1918) para dejar establecido que ningún director podía exigirles uniformes costosos:

Los directores de escuelas deberán cuidar que los alumnos concurran con trajes sencillos y sin atavíos, que puedan fomentar emulaciones u ostentaciones de lujo, sin que esto importe autorización para que impongan el uso del uniforme determinado cuya adquisición sea onerosa para los padres de familia.

El próximo paso, en 1919, fue solicitar a las cooperadoras escolares que asistieran en la compra de guardapolvos a las familias con varios hijos en edad escolar o recursos limitados, siguiendo el ejemplo de Giacobini. Por fin, antes de iniciarse el ciclo lectivo de 1920, se sugirió a los alumnos el guardapolvo blanco.

El debate pasó a los medios de comunicación. Incluso pueden rastrearse discusiones en 1922. Pero a mitad de la década el asunto se encaminaba: las palomitas blancas poblaban las calles desde el primer día de clases hasta el último.

Hasta que en 1942 su uso pasó a ser obligatorio. Y dejó de ser discutido el guardapolvo blanco escolar, otro invento argentino.Fuente: Daniel Balmaceda para www.lanacion.com.ar

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