La historia del Nariz Maggio, por ejemplo. Delegado bancario en Santa Fe, militante de las FAR, fue secuestrado por un grupo de tareas en febrero de 1977 cerca de Plaza Flores y llevado a la ESMA, donde lo torturaron, lo mantuvieron preso, lo obligaron a trabajar para ellos. Maggio les hizo el papel de arrepentido, de reformateado, se ganó la confianza de los marinos y trece meses después, durante una salida a hacer una compras, condujo a sus custodios hasta un local con dos entradas: mientras lo esperaban en la puerta de una, se piantó por la otra. 

Enseguida armó una carta detallada del funcionamiento del centro clandestino de detención (con nombres de represores y secuestrados, con planos) y envió copias a las embajadas de Francia y Estados Unidos, a las agencias de noticias internacionales, a la jerarquía eclesiástica: fue poco antes del Mundial ’78 y resultó un relumbrón sobre los crímenes de la dictadura. Cada tanto llamaba por teléfono a la ESMA y decía: “¡Ya les va a llegar su Nüremberg, hijos de puta!” En octubre de ese año lo asesinaron. Cuarenta años después Facundo y María, sus dos hijos, viajaron desde Santa Fe a Buenos Aires y por primera vez entraron al sitio en el que estuvo detenido su padre, hoy Museo de la Memoria, y lo recordaron en “La visita de las cinco”, el encuentro mensual que allí se organiza para sostener, reconstextualizar, robustecer estas historias. Cuarenta años después allí estaba el laburante portuario que los protegió en aquellos tiempos, cuando eran chicos; cuarenta años después, allí mismo, uno de los visitantes se presentó y les reveló a los Maggio cómo fue que, en tres palabras y desde una cabina pública del Centro, le avisó a la madre del Nariz: “El pájaro voló”, le dijo, y cortó la llamada.

El de Maggio es uno entre los veintiséis textos que componen Crónicas de la memoria, el libro que Héctor Rodríguez estaba a punto de presentar en la librería Hernández (que lo editó, además) cuando la cuarentena nos mandó para las casas. La bajada que se lee en tapa orienta con nitidez un enfoque, una búsqueda: “Relatos sobre la última dictadura y sus ecos en el presente”. En efecto, cada historia que narra el autor remite a la militancia y al terrorismo de Estado en los ’70 (y consigna sus raíces incluso más atrás en el tiempo) y traza sus líneas de entonces hacia algún suceso de los últimos años, un tránsito determinante a través de la democracia en clave social, política y cultural. Rodríguez da cuenta de esos ecos en aquí y allá, diversidad de tiempo, espacio, circunstancia: a veces cuenta a partir de lo que genera la elaboración y colocación de una baldosa en el lugar en el que vivió o fue secuestrada alguna de las militantes que serían más tarde asesinadas; o del reciente veredicto que condena a genocidas en algún juicio de lesa humanidad; o de la aparición de algún nieto recuperado por abuelas. Por caso, la identificación/aparición de Ignacio Montoya Carlotto, el nieto de Estela, un suceso que produjo en agosto de 2014 una alegría colectiva, que el autor reenfoca hacia el descubrimiento adicional de la identidad del padre del muchacho, Walmir Oscar Montoya, el compañero de Laura Carlotto, un militante que llegó a La Plata desde un pueblito santacruceño, Cañadón Seco, y fue secuestrado a fines de 1977. Sus restos fueron hallados en 2009 por el Equipo Argentino de Antropología Forense en el cementerio de Berazategui.

En algunas historias las memorias se van eslabonando, y así es como uno de los recordatorios sobre los desaparecidos que este diario publica desde sus comienzos se entrevera con alguna baldosa conmemorativa y con algún libro, o un documental: la historia de Patricia Dixon, evocada por su hermana Alejandra, de quien Rodríguez recoge el testimonio de primera mano. Al intento de la Corte Suprema en mayo de 2017 por aplicar la ley del 2×1 para reducir las condenas de presos por delitos de lesa humanidad lo anuda con la masiva marcha de repudio a Plaza de Mayo (que forzó la marcha atrás judicial), con una reunión previa de convocatoria en la Comisión de la Memoria en la que participó una de sus activistas, Graciela Villalba, y con la historia de su papá, Mauricio, un obrero de Astilleros Satarsa que fue secuestrado en su casa dos meses después del golpe: la crónica recoge la voz de ella en el juicio en el que fue condenado a prisión perpetua el general Santiago Omar Riveros. “Cuando yo empecé con esta historia tenía 22 años –dice Graciela ante los jueces, en la previa a la sentencia-. Tenía una vida por delante, recién me había casado, proyectaba tener hijos, proyectaba trabajar, tenía sueños. Hoy me doy cuenta de que mi vida pasó, que tengo 60 años y que he vivido solamente para llegar a este momento. Porque lo tuve que hacer yo, porque la Justicia no investigó”.

El libro está organizado en tres partes: “Historias militantes”, “Experiencias” y “Semblanzas”. Entre estas últimas aborda las figuras de Adelina Alaye, una de las primeras Madres de Plaza de Mayo, que fotografió marchas y documentos desde 1977 y fue componiendo un archivo fenomenal; de Delia Belardinelli, activista por los derechos humanos, esposa del legislador peronista Ricardo de La Lama, secuestrado y desaparecido; de Chicha Mariani, la emblemática Abuela de Plaza de Mayo, y su búsqueda de Clara Anahí. Esta misma sección contiene un texto dedicado al genocida Luciano Benjamín Menéndez en la hora de su muerte, “El lado oscuro de la condición humana”; y también una recorrida por declaraciones, gestos y textos de Borges en torno a la dictadura, desde aquel famoso almuerzo de intelectuales con Videla, en 1976, hasta su asistencia al Juicio a las Juntas en la jornada del 22 de julio de 1985: “Tengo la sensación de que he asistido a una de las cosas más horrendas de mi vida –dijo en la puerta del Palacio de Tribunales-. Siento que he salido del infierno, espero que la sentencia sea ejemplar”.

Una de las crónicas entrelaza la historia de Marie-Anne Erize, la joven que militó junto a Carlos Mugica en la villa de Retiro (asesinada y desaparecida en 1976 en San Juan), y la canción “La Montonera”, compuesta por Serrat (asunto del que el cantante prefiere no hablar). Dos aniversarios funcionan como excusa para abordar el Mundial 78’, utilizado por la dictadura como fachada y distractivo: a cuarenta años de aquello, el defensor Jorge Olguín aceptó una invitación al Museo de la Memoria, donde se había montado la muestra “El Mundial en la ESMA”. “Yo te alentaba desde el sótano, engrillado”, le dijo a Olguín el ex detenido Ricardo Coquet. Cuando se cumplieron treinta años se organizó en la cancha de River “La otra Final, el partido por la Vida y los Derechos Humanos”, un encuentro entre dirigentes de Derechos Humanos y ex jugadores de aquella selección: plantea Rodríguez que fue una decepción que entre los veintidós futbolistas de aquel plantel solo participaran Julio Ricardo Villa, Leopoldo Jacinto Luque y René Orlando Houseman, pero el homenaje, y en particular una foto preciosa del saludo entre Nora Cortiñas y Houseman, lo habilitaron para retratar a ese futbolista fabuloso que fue El Loco, un wing peronista que siempre reivindicó su origen villero. “Yo no sabía lo que pasaba en el país. Si lo hubiera sabido renunciaba a la Selección, aunque al día siguiente podía aparecer tirado en el río”.

Cita el autor a Juan Gelman, de arranque: “No se puede dejar descansar a la memoria, no se puede uno arrellanar en la comodidad del olvido, porque el hombre, ¿es memoria o qué?” La temática, sostiene Rodríguez, domina su atención. “Sus crónicas son la bitácora de una generación diezmada por el Terrorismo de Estado y un mensaje de esperanza al mismo tiempo –subraya en el prólogo Gustavo Veiga-. Porque nos hablan del pasado que perdura en el presente para resignificarlo”. 

Crónicas de la memoria de Héctor Rodríguez fue publicado por Hernández Editores.

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Fuente: www.pagina12.com.ar

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