Aquí un  estimulante testimonio periodístico de Alberto  Catena, enviado especial a Chile para cubrir la elección del 4 de septiembre de 1970 que  otorga la victoria a Salvador Allende y a la Unidad Popular,  alumbrando  un desafiante  ciclo transformador en la  república hermana. A partir de ahí, Catena continuaría su original periplo, pisando toda  la tierra chilena incluyendo la Operación Verdad (abril de 1971), donde un  centenar de intelectuales del mundo también accedían  a esa suerte de milagro que se operaba en Sudamérica. Y, en paralelo, el autor acota y extiende sus reflexiones hasta la  Guerra del Vietnam, donde las fuerzas del Frente  de Liberación (Vietcong) se aprestan a conquistar militarmente Saigón dando paso a la unificada República Socialista del Vietnam. Tiempos donde las ensoñaciones por la democracia social, la equidad y la justicia, podían ser acariciadas.

Faltaban diecisiete días exactos para la llegada de la primavera austral, ese advenimiento donde todos los años la naturaleza, según nos contaba el mito griego de Perséfone y Deméter, viene a alegrar la vida de los humanos con sus “primeros verdores” y la mayor calidez de un sol que se ubica sobre el ecuador celeste y torna de igual duración los días y las noches. Pero esa jornada del 4 de septiembre de 1970, nadie dudó (entre quienes habían votado por la Unidad Popular y oyeron sobre la medianoche el resultado de los comicios consagrando como nuevo presidente de Chile a Salvador Allende) que esa estación de los perfumes, el amor juvenil y los colores intensos, por lo menos en su traducción a los códigos del lenguaje social y político, se había adelantado a su fecha en el calendario. Un equinoccio novedoso y distinto exaltaba los corazones de los chilenos: el del ingreso esperanzado a una etapa histórica que fue única por las expectativas despertadas y sus extraordinarios logros, pero también por la desgarradora tragedia causada a su pueblo y sus líderes por la dictadura militar que tronchó la continuidad del gobierno legal y la vida de Allende a los dos años y medio de haber iniciado su gestión. Calamidad causada por el odio animal de quienes se sintieron afectados -y en algunos casos realmente lo fueron- por un proyecto de sociedad más equitativa y libre, que se no se olvidaría a través de las décadas que siguieron.

Medio siglo después, quienes fueron protagonistas y testigos aún vivos de esa epopeya, o aquellos que pudieron conocer sus duras y variadas peripecias a través del relato oral o escrito, sea en Chile o en la parte del planeta que se sensibilizó admirada por su desafío, recordarán en ese día el germinal asomo de aquel diamante que no hace tanto tiempo hechizó y encendió el alma y la mente de tantos millones de habitantes de la tierra con su resplandor de entrega y ebúrnea honestidad. Y podrán comparar, al hacerlo, el abismo intelectual y moral que separa a los impulsores de esa gesta, de los deslucidos truhanes que hoy cumplen funciones al frente de la Casa de la Moneda, albaceas todos de la herencia política y económica neoliberal que les legó el carnicero de Valparaíso, y responsables de haber hundido a la nación trasandina, igual que muchos de sus antecesores, en una de las peores situaciones de miseria y desigualdad de América Latina. El llamado “milagro chileno” -sí, claro, pero para los bolsillos de los grandes empresarios y plutócratas-, que, aún antes de que el Covid 19 surgiera, ya había provocado una catástrofe de proporciones en su sociedad, agravada claramente por la pandemia y la desacertada estrategia con que se la enfrentó.

Tuve la dicha de estar en Santiago de Chile ese día del festejo, uno de los más hermosos de mi vida. Trabajaba por entonces en Buenos Aires en la prensa comunista, que me envió al otro lado de la cordillera a cubrir esa elección que prometía convertirse en un acontecimiento de repercusión internacional. Y lo fue. Era la primera vez que llegaba a ese país donde me recibió otro periodista de izquierda, el amigo Marcel Garcés, al que en 2003 tuve la fortuna de ver de nuevo, en ocasión de una visita que hizo a Chile el escritor José Saramago, al que me habían enviado de otra revista argentina a entrevistar. Marcel fue mi hospitalario cicerone y quien me hizo conocer a muchos otros periodistas y dirigentes políticos y sindicales de la Unidad Popular y me orientó por las calles de la ciudad para que la conociera. Lo que más recuerdo de aquel día es la salida masiva de la gente a la calle que, en oleadas de contingentes de distinta edad y sexo, inundaron la famosa Alameda de la capital con una algarabía estridente y contagiosa, que se expresaba en gritos, cantos y consignas, algunas muy graciosas, y un mar de banderas. Una de las primeras muestras del humor chileno lo comprobé el día que llegué al aeropuerto y al viajar hacia el centro de la ciudad vi varios afiches de la Unidad Popular que exponían una foto o caricatura del ex presidente Jorge Alessandri, uno de los candidatos en la puja electoral, sentado en una escupidera y una mención al lado que lo denominaba “Don Nica” y le auguraba poco éxito en la contienda. Le pregunté entonces a Marcel por qué lo llamaban así y me contestó riendo: “Porque dicen que no sale presidente nica…gando.”

El otro hecho todavía fresco en mi memoria es que ese día, o el siguiente, Marcel me invitó a una fiesta nocturna de despedida a un periodista y abogado llamado Carlos Berger, quien se marchaba a la Unión Soviética con una beca para estudiar marxismo. Allí me presentaron al agasajado, un joven muy agradable de 27 años, ojos celestes y rostro varonil, con el que tuve un intercambio de solo algunas palabras. Viajaba al otro día a su destino y conversaba con todos los presentes. El resto de la historia de su corta e inolvidable vida me la contó Carmen Hertz, una valiente abogada defensora de los derechos humanos durante la dictadura de Augusto Pinochet, que fue su esposa. Me había hecho amigo de ella en 1971, cuando trabajé como periodista durante el primer semestre de ese año en Chile, pero nunca me enteré de que conocía al que sería su futuro marido y que mantenía con él, todavía en Moscú, un vínculo epistolar. Y a mi regreso a Buenos Aires, supe por la carta de un amigo que Carlos había retornado antes de lo previsto a su país -ya que no se quería perder la experiencia de la Unidad Popular- y tras el reencuentro con Carmen se casó con ella y estaban esperando un hijo. En los últimos años del régimen dictatorial, sería por 1984 (el plebiscito que impidió la continuidad de Pinochet fue en 1988), volví a Chile luego de varios años de ausencia, y ubiqué a Carmen, ya de vuelta de su exilio, en la Vicaría de la Solidaridad, donde trabajaba en la defensa de los presos políticos y sociales víctimas de la tiranía y me relató qué había pasado con Carlos, quien a los 30 años había sido fusilado, junto a otros 26 detenidos, por un comando militar en la criminal operación represiva conocida como la Caravana de la Muerte.

Arrestado en el estudio de Radio Loa por negarse a dejar de transmitir noticias y mensajes a los habitantes y trabajadores de la zona sobre los episodios vinculados al golpe de Estado, Berger fue trasladado a la cercana cárcel de Calama. La emisora, que el propio Carlos dirigía, estaba en la región de Antofagasta, próxima al antiguo campamento minero de Chuquicamata, hoy cerrado. En ese lugar se había instalado el periodista, con su mujer y su hijo Germán, enviado por los comunistas para conducir ese medio comunicacional estratégico por ser muy escuchado por las poblaciones vecinas a su radio de transmisión. Su aprehensión se produjo el mismo día del golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1973. Y un tribunal de guerra lo condenó días después a sesenta días de prisión por desacatar la orden de cesar sus emisiones. Pero el 29 de octubre, mientras esperaba que se cumpliera la sentencia, un grupo militar conducido por el general Sergio Arellano Stark, pero siguiendo órdenes estrictas de Pinochet, lo sacó de la cárcel junto a sus demás compañeros y los fusiló a todos enterrándolos en una fosa común. Muchos años después se descubrieron algunos restos óseos de Carlos y fue enterrado en el Cementerio de Santiago. Crímenes como esos se perpetraron por miles en esos años, solo para vengarse de la osadía de un gobierno y sus seguidores, que solo quisieron hacer de Chile un país más justo -el más grave de los pecados capitales para los acumuladores de riqueza- y se animaron para ello a tocar intereses sagrados de las grandes corporaciones extranjeras y de sus obedientes aliados locales. Muchos de esos hechos ligados a Carlos Berger están narrados en un conmovedor documental denominado Mi vida con Carlos, filmado por su hijo Germán Berger Hertz, que hoy es un conocido cineasta en Chile.

Después del viaje para escribir sobre la jornada electoral, y durante la presidencia de Allende, estuve dos veces más en Chile, siempre en misión periodística.

Una en noviembre para cubrir la asunción presidencial de Salvador Allende el 3 de ese mes ante el Congreso, que poco antes había reconocido el triunfo del candidato de la Unidad Popular frente a Jorge Alessandri. No habiendo obtenido ninguna de las dos primeras minorías más del cincuenta por ciento de los sufragios en la votación de septiembre, ese organismo parlamentario, fiel a la tradición de otorgarle la victoria a la fórmula que había sacado el porcentaje superior, admitió por amplia mayoría que Allende era el legítimo ganador. Antes de ese reconocimiento, y frente a la imposibilidad de lograr apoyo en el Congreso para obstruir la asunción de Allende, el gobierno norteamericano de Richard Nixon había llevado a cabo, por intermedio del general Roberto Viaux, un plan desestabilizador, que culminó en el secuestro, y de inmediato el asesinato ante su resistencia a que lo capturaran, del general René Schneider, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Nixon, desde luego, no cejaría en su campaña contra el líder de la Unidad Popular, empezando por indicar a la agencia de noticias The Associatead Press que todos los cables que se escribieran en relación a la situación chilena presentaran a Allende como el “presidente marxista”. Definición que, por cierto, no era inexacta, pero que incitaba, insidiosa y subliminalmente, a una lectura evocadora del lenguaje de la guerra fría y el vocabulario de los políticos del sistema habituados a aterrorizar a sus votantes con el “peligro rojo”, ese cuco que amenazaba con llegar al poder, apropiarse de los niños y arrancarles la propiedad a todos.

Lo que demuestra que la manipulación de la mente y los temores más ocultos de los sujetos sociales menos advertidos es un viejo y sucio truco de los dueños del poder, tan longevo como la injusticia o las chalas de Jesucristo. Y cada vez más usado por las grandes corporaciones de la información que, a través del fuerte monopolio que tienen sobre los medios audiovisuales, se han transformado hoy en usinas incansables de fabricación de mentiras, invenciones disparatadas o toda clase de deformaciones de la realidad, confiadas en que el diluvio sin pausa ni distinción de noticias de toda naturaleza contribuye a debilitar la selección del lector o espectador, confunde y satura la memoria. El día de la asunción, o tal vez el que le siguió, no lo tengo muy claro, asistí también al festejo del triunfo en el Estadio Nacional -que luego serviría de campo de reclusión colectiva las primeras semanas posteriores al golpe- y en mi cabeza aparecen nítidas las imágenes de dos figuras entrañables: Julio Cortázar y Agustín Tosco, a los que por timidez ni siquiera saludé.

Lo que siguió a los viajes en septiembre y noviembre de 1970, fue un tercer periplo a comienzos de 1971 con el fin de trabajar durante seis meses en Santiago como corresponsal de una agencia de noticias, tarea que combinaba con la redacción de notas destinadas al suplemento cultural del diario El Siglo. En ese tramo que fue muy feliz y en el que construí nuevas y duraderas amistades, algunas de las cuales cultivo hasta hoy, observé y seguí de cerca algunas de las medidas aplicadas en los primeros meses por la Unidad Popular en varias regiones del país, que se desarrollaban en un clima de gran vitalidad, firmeza y pasión de parte de sus ejecutores. Una de experiencias consistió en participar en la conocida Operación Verdad, un viaje organizado por el nuevo gobierno para una amplia y representativa lista de intelectuales y artistas de distinto origen interesados en ver con sus propios ojos la atrevida aventura política que se había propuesto encarar el pueblo chileno. Entre algunos de los que participaron en esa gira de algo más de una semana en marzo estaban figuras tan prestigiosas como el compositor Mikis Thedorakis, creador de la música de Zorba, el griego; el escritor y pintor italiano Carlo Levi, autor de la novela Cristo se detuvo en Éboli; Giorgio La Pira, senador democristiano,  ex alcade de Florencia; el crítico de arte José María Moreno Galván; el teólogo católico italiano David Turaldo (CD Juan XXIII) ; Roberto Rosellini (h) cineasta italiano,  el dramaturgo Alfonso Paso (que fue acompañado por su simpática mujer, Margarita Jardiel) y el neurólogo, psiquiatra y escritor Carlos Castilla del Pino, todos ellos españoles, entre otros más. En Santiago había estado también el músico italiano Luigi Nono, donde asistió a la conferencia de prensa que tuvieron los invitados con el presidente Allende, aunque no recuerdo haberlo visto luego en la delegación. Ésta se dirigió en distintos días a tres ciudades al sur de Santiago: Talca, Chillán y Concepción, ésta última aun poco más de 500 kilómetros de la Capital, aunque de allí nos llevaron también, en una de esas jornadas, a Los Ángeles, más hacia el sur. En esos lugares el grupo se encontró con diversos colectivos de obreros, campesinos, sociales y políticos y dialogó sobre cómo vivían el nuevo proceso en sus áreas de trabajo específicas.

Además de ser incluido en esa delegación como periodista, por gestión del director de El Siglo en esos días, Rodrigo Rojas, tuve la suerte de que también la integrara un amigo argentino del alma, Norberto Vilar, también periodista y por entonces director de la agencia de DAN (Distribuidora Argentina de Noticias) que, mucho más fogueado que yo en la profesión (por ese tiempo él tendría unos 34 años) y una superior labilidad para las relaciones sociales, me introdujo durante la travesía en variadas conversaciones a las que es difícil que hubiera podido acceder debido a que me sentía un poroto al lado esas personalidades y no sabía muy bien qué preguntar. Y en realidad lo era, porque me sobraban ganas pero me faltaba rodaje. Y así fue que Norberto me salvó el viaje, uno de los que atesoro con más cariño entre mis andanzas periodísticas por varios países. Disfrutábamos mucho del buen humor que presidía los encuentros y los chistes que hacían de los miembros del grupo, en especial el de los españoles, al que, con toda seguridad, lo sentíamos más próximo a nosotros. Norberto es hijo de un catalán y yo nieto de un andaluz. A la vez, como buenos porteños sobradores, y más allá de la admiración que nos despertaban esas personalidades, cuando pescábamos algún detalle gracioso en sus conductas o algo particular en su aspecto exterior que nos llamaba la atención no perdíamos ocasión de reírnos entre nosotros. Algo que me quedó muy grabado fue que al querido Moreno Galván, que vestía un hermoso saco negro de corderoy, se le precipitaban sobre sus hombros finas y pequeñas escamas de caspa, que Norberto, para bromear, decía que se parecían a la caída de una lluvia de nieve invernal, pero que se presentaba fuera de tiempo, porque recién estábamos llegando al fin de verano austral.

El otro gran personaje de esa excursión de conocimiento fue un simpático vietnamita que llegó a Chile para participar en la Operación Verdad representando al Frente Nacional de Liberación de Vietnam, que por entonces peleaba en el sur de su país en la guerra contra el gobierno de Saigón y los norteamericanos. Era pequeño y muy dinámico, siempre sonriente y afable, y en cada lugar al que llegaba, fueran fundos, fábricas o universidades, empezaba su discurso, registrado en un grabador, con un saludo infalible: Compañeros campesinos (cambiaba de sujeto según fuera la condición de aquellos a quienes se dirigía, podían ser trabajadores, intelectuales, etc.): traigo para ustedes un profundo saludo de combate del pueblo vietnamita que, como dijo el Tío Ho (se refería Ho Chi Minh), y ahí largaba el resto del discurso. Y luego, durante las celebraciones, que solían seguir a esos encuentros, donde se saboreaban bocados regionales y otras comidas, no perdía la costumbre de acercarse nosotros -nos reconocía porque lo saludábamos todos los días con deferencia y empatía al cruzarnos con él en el hotel por las mañanas- para brindar con la bebida que con más frecuencia se nos servía en esos lunches: la chicha, un trago obtenido por fermentación de diversas frutas a las que se le suele agregar aguardiente. Y allí, con la mejor sonrisa que era capaz de mostrar, se nos acercaba y golpeando los vasos nos decía: ¡Rica chicha!, que era seguramente una de las palabras que más recordaba entre las expresiones que oía en español. Viéndolo tan enjuto y en apariencia frágil, pero a la vez tan seguro en sus determinaciones, y una mirada que entremezclaba la inteligencia con la astucia, uno no podía menos que pensar en el mito de David y Goliat y en las desiguales batallas que se han dado en la historia en procura de la equidad. Y en cómo un pueblo lejano y muy pequeño en extensión territorial como Vietnam, golpeado ya por otras guerras previas como la de Indochina con los franceses (1946-1954) y desprovisto de la exuberancia de bienes materiales, instrumentos de guerra y accesos al gran consumo de la que presumen los dioses de esta nueva Roma Imperial que es Norteamérica en la contemporaneidad, pudo llevar a cabo una tarea tan gigantesca como la de vencer al ejército más poderoso poderoso del mundo. Derrotarlo y hacerlo huir humillado del suelo que había vejado y destruido durante veinte años (1955-1975). Se han escrito infinidad de libros narrando las alternativas de aquella guerra maldita, algunos muy buenos y documentados, pero casi todos coinciden en que, además de la solidaridad internacional, en especial la de los soviéticos y chinos, los vietnamitas ganaron la contienda gracias a la enorme inteligencia de sus estrategas militares y la capacidad de sacrificio sin igual de sus combatientes apoyados en todos lados por su pueblo. Hay pocos ejemplos en la historia de un heroísmo semejante.

Escribiendo de aquel Chile y de lo que pudo ser, y comparándolo con el Vietnam de estos días, meditaba también, estimulado por la lectura de un artículo del periodista independiente Andrés Vitchnek, que salió en Gracus, acerca de las conquistas que pueden lograr los pueblos cuando son guiados por gobiernos cuya meta central es ampliar y proteger los derechos de sus ciudadanos y mejorar sus condiciones de existencia. Vietnam es hoy un ejemplo de eso, una especie de piedra preciosa dentro del vasto continente asiático, a la que cada vez más sus vecinos prestan atención por sus avances, no desde luego los medios occidentales, que optan por silenciarlos. Y alcanzó esa meta después de una guerra demoledora de años y años que le costó a su pueblo infinitos sufrimientos. Chile intentó concretar durante el gobierno de Allende un modelo con fines similares, pero su proyecto de llegar al socialismo por la vía pacífica fue ahogado en sangre. La comparación entre ambas historias nos parecía pertinente porque, no obstante la radical diferencia en los caminos que ambos movimientos eligieron para llegar al gobierno y eventualmente al poder, los unía un idéntico desvelo por liberar a sus pueblos y, también, algunas sugerentes proximidades en el tiempo donde se tomaron decisiones claves para para su permanencia o su interrupción.

Cuando se desarrolló la Operación Verdad y con Norberto conocimos a aquel vietnamita que evocamos aquí, y cuyo nombre nunca sabré, a Salvador Allende -admirador indiscutible de la lucha de Ho Chi Minh y los suyos- le faltaban, sin que él lo supiera, dos años y medio para ser derrocado. El 27 de enero de 1973, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz de París, ese plazo se había achicado: faltaban ocho meses aproximados para que los aviones del golpe militar bombardearan La Moneda. Esos acuerdos protocolizaban el comienzo del retiro definitivo de las tropas estadounidenses de suelo vietnamita. Aunque todavía seguía al frente del gobierno de Saigón un nuevo títere de Washington y permanecían no pocos de los efectivos enviados por la Casa Blanca en diferentes épocas, el convenio de paz era la confesión velada por parte de los invasores de que habían sido finalmente doblegados y en toda la línea. El 30 de abril de 1975, en plena primavera boreal, cayó Saigón y el ejército revolucionario tomó el palacio presidencial, paso previo para empezar a reconstruir la unidad de esa nación. Pinochet ya estaba desde hacía un año y medio en el poder. O sea que, mientras Chile iniciaba un proceso descendente, de decadencia para las mayorías bajo la bota dictatorial (y enriquecimiento colosal para algunas minorías), en una época cercana Vietnam se decidía a marchar hacia un horizonte por completo distinto al del duro infortunio que le había tocado en suerte sufrir. Vidas paralelas en cuando al deseo de emancipación que se proponían ambos movimientos en ese tramo corto de los setenta, las semejanzas fueron borradas abruptamente y a costa de un dolor inmenso para los chilenos. Nixon había entregado una torre para evitar el jaque mate, pero a la vez había dispuesto reforzar en su campo la línea de los peones para seguir jugando con alguna posibilidad.

Volviendo a Vitchnek, su artículo señalaba la existencia de un estudio titulado Una buena vida para todos dentro de los límites planetarios, realizado por diversos investigadores de la Universidad de Leeds, Nest Yorkshire, Inglaterra, y reproducido por el Informe Globe del Sudeste Asiático, a finales de 2018. El trabajo, que describía cómo Vietnam se había convertido en uno de los países más cómodos y pujantes de su región, sacaba esas conclusiones luego de realizar en varios países una encuesta en la que se analizaba la calidad de vida de las personas versus la sostenibilidad ambiental. Evaluadas 151 naciones, Vietnam había logrado mostrar los mejores índices sociales de satisfacción en relación a los siguientes temas: existencia, empleo, nutrición, educación y calidad democrática. A lo que habría que agregar, como afirma el propio Vitchnek, sus altas inversiones en materia salud y atención médica, que le han permitido ser uno de los territorios que mejor enfrentó la pandemia del Covid 19, a pesar de ser vecino de China y uno de los pioneros en recibir al virus. Todo esto no es una bendición del cielo, es el producto de la dedicación de un país conducido por dirigentes que se preocupan por la vida de sus habitantes. Las cicatrices dejadas por la guerra en Vietnam fueron terribles: millones de muertos, el setenta por ciento de su industria destruida, el campo arrasado por las explosiones de las bombas comunes y las de napalm, fósforo y otros materiales letales; infinidad de aldeas y viviendas destrozadas en toda su geografía. La realidad no podía ser más cruel con ese pueblo, que sin embargo emergió de las cenizas y hoy vive feliz, procurando ser cada día un poco mejor y no destruir la naturaleza.
¿Qué sería hoy de Chile si Allende hubiera podido seguir al frente del gobierno y avanzar en sus medidas transformadoras? Nadie lo sabe con exactitud, ni el oráculo de Delfos podría develarlo. Intentar hacerlo es un ejercicio de pura ucronía, es decir saber lo que habría pasado de no haber sucedido lo que ocurrió. El invento de una historia hipotética, conjetural, campo en el que gobierna la literatura. Pero aun aceptando la posibilidad de que el proceso de Chile se hubiera podido realizar con una relativa continuidad, tampoco eso garantizaría que los resultados alcanzados serían los mismos que en Vietnam, porque cada pueblo afronta las tareas de su liberación teniendo en cuenta su propia historia e idiosincrasia, la singularidad de sus rasgos. Y ese factor marca siempre diferencias. Pero sin dudas, eso sí, Chile hubiera podido también evolucionar en un sentido favorable a los intereses de los sectores más vulnerables y postergados de su historia. Pero apareció Augusto Pinochet, un chacal que jugó a la ficción de hacerse pasar por cordero y, ni bien pudo, clavó sus dientes sobre la democracia chilena. En los ocultos antros de la conspiración, y cebándolo para que fuera ser lo más feroz posible en su represión, estaba Richard Nixon, que seguía bombardeando Vietnam, pero sabía que el fracaso de sus tropas estaba sellado (solo faltaba apenas un capítulo más para el retiro total) y era menester recomponer fuerzas en su patio trasero. Así, entre lentas y secretas operaciones de muchos meses se fue construyendo al Golem chileno que vendría a restaurar la felicidad dañada de los ricos.
Es verdad que cuando alguien que se acerca a los ochenta años y evoca el paisaje de lo que vivió medio siglo antes difícilmente lo haga sin cierta nostalgia. Asumo que en mi caso es así. Pero en la línea de lo que decía Walter Benjamín, no dejo que ese sentimiento me arrastre a la melancolía o me lleve a pensar que todo tiempo pasado fue siempre mejor. Al contrario, como decía el filósofo alemán, aprovecho la nostalgia para ver qué elementos de lo que ocurrió en otros tiempos sirven para aplicar y mejorar el presente. Admito que en los setenta pensaba, con bastante ingenuidad, que todas mis utopías políticas a la larga o a la corta se cumplirían: confiaba en el triunfo de Vietnam, como confié en el de Cuba, que todavía me enorgullece, pero también en que el país de Pablo Neruda y Violeta Parra no viviría semejante tragedia. Tampoco pensé que mi Argentina daría tantos pasos en falso y repetiría, en una conducta a veces me parece realmente inexplicable, varios de sus peores errores. El haber elegido a Mauricio Macri es uno de ellos, tal vez el mayor. Es como haberle tendido una soga al verdugo creyendo que la usaría para sacarnos del pozo y no para colgarnos. En ese aspecto, hoy soy más escéptico respecto a lo que puede suceder en el futuro, lo que no significa que haya caído en el pesimismo. La civilización ha concretado adelantos científicos y tecnológicos dignos de la ficción, pero en materia de relaciones sociales ha retrocedido en muchos lugares al Medioevo, ha perdido muchas de sus convicciones más firmes, como eran la solidaridad y el sentido de la convivencia con el otro, del respeto al que piensa distinto. En nuestro país se nota a veces un odio tan irracional, que parece calcado del que sienten las crías fascistas que se entusiasman con Donald Trump o Jair Bolsonaro.
Y lo que es potencialmente más grave: hemos descuidado el equilibro ecológico, la salud del medio ambiente. Y lo seguimos haciendo, como lo prueba la permanente deforestación y los incendios del Amazonas, por citar solo un caso. Por eso, cuando leo que un filósofo como el italiano Franco Berardi afirma que el factor dominante de esta época es el caos y que la sociedad humana está ingresando a una etapa que la conduce a la inevitable extinción, salvo agrega que nos salve algún imprevisto, no me asombra demasiado, cuando en otro tiempo tal vez hubiera soltado una soberana puteada ante semejante profecía. En la actualidad tomo con cautela y precaución esas opiniones, porque sobran datos de la realidad que nos persuaden de no alentar optimismos zonzos. Lo que sí guardo para mí, tal vez como un viejo resabio de aquellos años de militancia y sueños, es una cuota de esperanza que, como el afecto de los seres queridos y amigos, desearía me acompañe hasta el final. Si algo aprendí en la vida es que cuando los hombres se proponen a cambiar algo en la sociedad en general pueden lograrlo. A veces se requiere para conseguirlo guías de la talla ética y humana o la insobornable voluntad transformadora de personajes como Salvador Allende, Ho Chi Minh -dos de los recordados en esta nota-, Fidel Castro y tantos otros. Pero, sobre todo, se necesita pueblos de pie que los respalden, no solo con la aceptación de sus liderazgos, sino a través de la participación en una actividad continua y organizada de iniciativas que, más que expresar el apoyo a ese movimiento de cambios, demuestre que también lo consideran suyo y se sienten responsables por su destino. El vietnamita fue uno de esos pueblos que entendieron a fondo dicha necesidad. En la Argentina estamos tratando de avanzar otra vez en ese rumbo. Y el pueblo chileno probó sobre finales de 2019 que no estaba ni dormido ni doblado. La post-pandemia nos revelará hasta donde esa fuerza, ese vigor, que tanta tradición ha tenido en su historia, permanece despierto. Entretanto tomemos un buen vino para celebrar aquel 4 de septiembre.

Fuente: Alberto Catena, editor de la revista cultural Florencio que publica Argentores, autor de ensayos y diálogos con Griselda Gambaro, Eduardo Rinessi, Ricardo Forster, Floreal Gorini, Andres Rivera y Stella Calloni, entre otros para www.gracus.com.ar

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