Párpados de charcos y de olvidos, labios de reses abatidas, manos como patios.

Por su pinta poeta de gorrión con gomina,

por su voz que es un gato sobre ocultos platillos…

¿Cómo escribir sobre el Gordo? ¿cómo hablar del Gordo? ¿Para qué? Al Gordo hay que dibujarlo con tinta china… y hacer silencio.

Troilo, hijo de los reyes Priano y Hécuba, príncipe que en la Guerra de Troya será víctima de un presagio funesto.

Para todos era el Gordo y el Gordo era de todos.

Gordo de panza amable y oferente, de ojeras salvajes, gordo de piel brillosa como fino bacará. La tinta se esparce, la línea se encorva.

De andar cansino que llegaba antes; sabía de la noche, del desnudo de vidrieras, de las águilas tauras.

Todos lo querían por bueno y por generoso. Generoso con los amigos y con los extraños, generoso con los que no conocía, con los de la calle. Generoso de cena de madrugada en El Tropezón, después de tocar y de dormirse en su fueye.

Su mejor homenaje, una mesa larga llena de amigos y un plato de penne rigatti a la putanesca.

…los enigmas del vino le acarician los ojos

y un dolor le perfuma la solapa y los astros…

Todos lo abrazaban y lo querían cerca: el Gordo era de todos, fervoroso para el arte y para la sobredosis de vida. ¿Quién no quería al dogor? se preguntó alguien una vez y nadie dijo nada, porque nada había que responder. Después de Troilo: nada.

“Creo ser un hombre bueno” decía, reflexivo. Su vida era la noche, los amigos y su amor, el fueye.

“Cuando toco el bandoneón, estoy solo o estoy con todos, que es lo mismo”.

Troilo era un mito viviente. En sus espaldas estaban Toda Mi Vida y Catunga, Goñi y el Marabú, Fiore y el Tibidabo, El Barba “de la vida en Orsay, del tiempo loco”, Discepolín y las migas de medialuna en el mármol helado.

Después de los penne rigatti y las alcaparras, un vaso de whisky, el amor oscuro del Gordo. “Tengo que largar el whisky porque me embala”, susurraba.

El embale eran los estimulantes, curas de sueño, “desapariciones”, abandonar la noche. Una línea que no deja de drenar nunca, la cara más profunda y deforme del Gordo.

¿Cómo se dibuja la debilidad, el sacrificio, los excesos?

Su amor profano, Zita, dijo una noche “hoy va a tocar como Dios. Siempre toca como Dios cuando está cerca del Diablo”.

Del brazo de un arcángel y un malandra

se van con sus anteojos de dos charcos,

a ver por quién se afligen las glicinas,

Pichuco de los puentes en silencio.

En silencio la línea se ensancha, la tinta se agiganta.

Pichuco, lo llamó su padre en recuerdo de su abuelo. Para el camandulaje era el Gordo, Dogor, Gordura, Pichuca, Aníbal, Ternura, Japonés, Gorrión con Gomina,El Buda, Siddartha.

Siddharta, más conocido como Buda, fue un asceta y sabio cuyas enseñanzas sentaron las bases del budismo. El Buda no es un Dios, es un “iluminado”.

Pichuco era un “iluminado” que caminaba derecho por atriles torcidos. Una madrugada dormía, abrazado a su bandoneón. Barquina advierte: “silencio, está cicatrizando”.

Se escribía sobre su debilidad y sus excesos, “de la vida en orsay, del tiempo loco”.

El Gordo sólo veía hacia adentro, pensaba y sentía por dentro, ojos cerrados y en trance sobre el fueye. Rodeado por todos, todas las noches; recibiendo las caricias en su cara redonda, el beso de los amigos, acunando el bandoneón en sus manos. El, siempre en el centro, como un Buda nocturnal.

La línea se encorva, se ensancha.

El Buda enseñó el camino medio entre la complacencia sensual y el ascetismo estricto.

“Estar en el misterio”, decía Homero Manzi: el misterio de andar, de ver con los ojos ciegos, como veía Pichuco tras sus anteojos de dos charcos.

Andar con paso oblicuo, ser de la noche aunque fuera mediodía, era estar en “el misterio”. Vivir solo de noche.

El Marabú era el ágora, el centro del universo y el universo el centro de Buenos Aires. Pichuco se había mudado a Belgrano y Entre Ríos. Zita lo encuentra tirado y llorando en un pasillo “Quiero volver a Buenos Aires”, le explicó entre lágrimas el Gordo.

Cómo dibujar el Ágora? Estar en el misterio era reírse del drama, porque todo no es más que una obra que estamos representando, un saber superior que viene después del dolor, de la pérdida, el de quien sabe que el destino es irremediable.

Era una aristocracia de atorrantes: Parravicini, Discépolo, El Gordo Amadori, el gallego García Jiménez, Pepe Barquina, Razzano, Catunga Contursi, se juntaban en el Marabú a escuchar y reverenciar al Gordo.

Una mañana de 1951 Homero Manzi, con un cáncer en el cuerpo, aguarda que lo operen en el hospital. Pide que retrasen su entrada al quirófano porque tiene un dato, una fija, en la segunda carrera de San Isidro y no la quiere perder, aunque está perdiendo la vida. Llama al Gordo para jugarla.

El escolaso, el otro amor de Pichuco, que Cátulo inmortalizó en el 3 y 2 de la parada inútil.

La mitad del Gordo Troilo era Homero Manzi. El día que murió se encerró en su cuarto y escribió RESPONSO.

De qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre

que en un fósforo ha visto la tormenta crecida,

que camina derecho por atriles torcidos,

que organiza glorietas para perros sin luna?

El tono de la tristeza es el re menor, porque tiene color gris. La gente que sufre está en re menor, decía.

Lerdo y oblicuo “yo no soy músico, soy apenas un hombre del tango, que siempre te espera”. El Gordo era el tango, la loza del tango.

Tocaba el bandoneón con los ojos cerrados, como si estuviera dormido, la papada colgando, la mirada fija en algún punto invisible, de tanto en tanto una lágrima surcando su rostro.

“A veces lloro -admitía- pero nunca lo hago por cosas sin importancia”.

¿Como se dibuja el re menor?

El bandoneón lo atrapó de pibe, cuando lo escuchó sonar en los cafés de su barrio. A los 11 años debutó en un escenario próximo al Abasto; bebió de Pedro Maffia, Carlos Marcucci, Pedro Láurenz, Ciriaco Ortiz. De todos tuvo algo pero, fundamentalmente, fue él mismo, por personalidad y sentimiento en la expresión, creando una forma de ejecución del bandoneón fina, suave, envolvente.

Integró la orquesta de Julio De Caro; pasó brevemente por las de Juan D’Arienzo, Ángel D’Agostino, Luis Petrucelli y Juan Carlos Cobián , hasta que el 1º de julio de 1937 en el Marabú, un letrero anunció:

«Hoy debut: Aníbal Troilo y su orquesta».

Su orquesta cultivó un estilo netamente tanguero, de corte decareano, equilibrado, sin efectismos. Fue decisivo el piano de Orlando Goñi; entre los bandoneones estaba Astor Piazzolla. Su cantor iniciático, Francisco Fiorentino, dejará una marca indeleble.

Pichuco fue, además, un refinado compositor e hizo propias versiones de obras ajenas, transformándolas en clásicos de todos los tiempos: Danzarín, Inspiración, Toda mi Vida, La Ultima Curda, Quejas de Bandoneón.

Sin una gran formación académica supo apoyarse en grandes arregladores como Argentino Galván, Julián Plaza, Héctor Artola, Astor Piazzolla, Raúl Garello, a quienes imponía su punto final desde su saber de milonguero.

La tinta china se expande ¿Cómo se dibuja la eternidad?

Cuando me fui de mi barrio, se pregunta el Gordo, cuando?

Aníbal Troilo, un eterno y taciturno niño gordo, madurado a golpes de noche, hizo el mejor tango de todos los tiempos. Fue uno de esos contados artistas que nos hacen preguntar por el misterio.

Pichuco se mudaba al paraíso y desde allí, con sus ojos ensoñados, acariciaba los botones del fueye con una ternura increíble; brotaban de él sonidos únicos, era el Troilo bandoneonista con la guitarra de Roberto Grela, cada nota que tocaba era magia pura.

El “bandoneón mayor de Buenos Aires” lo bautizó Julián Centeya; “Gordo triste”, Homero Expósito; lo eternizó Horacio Ferrer en su tema, Astor Piazzolla compuso la Suite Troileana, una sinfonía de los amores del Gordo.

Vendrán la artrosis, la enfermedad, los excesos, el final de una línea perversa. Un 18 de mayo de 1975 el bandoneón se le cayó a Pichuco de las manos.

En la esquina de Corrientes y Paraná un amigo, mirándome a los ojos, me dijo “nos quedamos solos”.

NOTA: Los poemas pertenecen a Horacio Ferrer, el Gordo Triste

FUente: www.losinsolados.wordpress.com

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