«Lo más preocupante hoy es la muerte del pensamiento crítico». El intelectual italiano 

Franco Berardi plantea unas «condiciones para producción de futuro». Ve posible, sin embargo, salvar el humanismo.

Además de activista, escritor y filósofo, el italiano Franco ‘Bifo’ Berardi es uno de los pensadores más comprometidos en examinar los modos como la revolución informática acelera las transformaciones de la vida social bajo el capitalismo actual, un reino de signos y bienes inmateriales (‘semiocapitalismo’) gobernado por fuerzas disolventes y mortíferas (‘necrocapitalismo’).
Si bien es pesimista respecto del presente, Berardi confía en que la interconexión solidaria de trabajadores del conocimiento en una escala global, como sucedió hace más de un siglo con el proletariado industrial, podría dar lugar a un nuevo sujeto de la historia. Esa es una de las hipótesis que plantea en ‘Futurabilidad. La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad’ (Caja Negra).

Para Berardi, en el presente se desarrolla la era de la impotencia, caracterizada según su óptica por el retorno del fascismo, la apoteosis de las políticas neoliberales, el imperio de las leyes financieras y la “guerra civil global fragmentaria”, expresión con la que alude a la proliferación de conflictos bélicos de diversa intensidad, como el terrorismo islámico, el supremacismo blanco y las matanzas ‘espontáneas’ que ocurren en varias ciudades de Occidente.“La actual depresión (tanto psicológica como económica) silencia la conciencia de que ninguna proyección determinista del futuro es cierta –escribe en ‘Futurabilidad’–. Nos sentimos atrapados en una maraña de automatismos tecnolingüísticos: las finanzas, la competencia global, la escalada militarista…”. Sin embargo, el filósofo advierte que en la realidad aún hay “condiciones de producción de futuro”.

Berardi, gestor de varios proyectos colectivos desde el Mayo francés en adelante, apuesta ahora por una plataforma tecnológica cooperativa que agrupe a ingenieros, artistas, ‘hackers’, científicos, activistas e intelectuales.

“Los pocos individuos lo suficientemente fuertes como para explotar y saquear lo que estaba a su disposición emergieron como los ganadores del juego de la Modernidad tardía. El problema es que prácticamente han destruido el mundo. Han empobrecido la clase trabajadora, han devastado el medio ambiente y han empujado a la mayor parte de las nuevas generaciones hacia el infierno de la precariedad, la soledad y la depresión epidémica”, escribe.
Y agrega: “La única esperanza a la que podemos aferrarnos en esta época oscurantista es la de crear solidaridad entre los cuerpos de los trabajadores cognitivos del mundo y construir una plataforma de colaboración tecnopoética entre ellos que nos permita liberar el conocimiento del dogma religioso y también del dogma económico”. A esa nueva clase revolucionaria le da el nombre de “cognitariado”.
A Berardi, que lee cinco o seis diarios por jornada, le preocupa menos la difusión de noticias falsas que la pérdida de decisiones políticas y la ausencia de pensamiento crítico. 

“La irracionalidad de la mente social no es un efecto de malas intenciones, que seguramente existen, sino de la muerte del pensamiento crítico”, señala.A distancia, y en una pausa entre sus lecturas y la reescritura de ‘Fenomenología del fin’, que Caja Negra volverá a publicar en una edición ampliada, respondió algunas preguntas por correo electrónico.

¿Podría explicar el concepto de ‘futurabilidad’ y su relación con las expectativas sociales acerca del porvenir?
La palabra ‘futurabilidad’ es un neologismo que se refiere a una posibilidad inscrita en el tiempo presente, una futuridad posible, pero no necesaria ni probable. Mi nuevo libro está dedicado a afirmar que la posibilidad de salvar la herencia progresista y humanista de la modernidad realmente existe en el presente, no es borrada por el proceso neorreaccionario que se está desencadenando como consecuencia de treinta años de violencia neoliberal y financiera. Esta posibilidad, que consiste en la inteligencia colectiva, con un uso igualitario y social de la tecnología, sigue existiendo, pero necesita una potencia cultural, psíquica y política que parece faltar en el tiempo presente. Una posibilidad se actualiza solo cuando hay una potencia capaz de actualizarla. En este momento histórico esa potencia falta, pero la posibilidad no desaparece. La posibilidad de la que hablo es la de una (posible) desimbricación del conocimiento y de la tecnología de la forma capitalista que conocemos.
¿Por qué afirma que vivimos en ‘la era de la impotencia’?
Lo digo por dos razones. La primera: el capitalismo financiero, en su matrimonio con la tecnología digital, ha producido una máquina automática de imposición. Mucho más que una dictadura política, el capitalismo financiero se manifiesta como inscripción de automatismos tecnolingüísticos en el conjunto de la comunicación. Lo que ha pasado en Grecia en 2015 es la prueba de eso: el 62 % de los griegos votaron contra el memorándum financiero, pero Alexis Tsipras fue obligado a aceptarlo por la fuerza automática de la imposición. Cada día experimentamos nuestra impotencia al afirmar el interés social contra el interés del capital financiero. Y cada día experimentamos la impotencia de la democracia frente a las imposiciones tecnofinancieras. De manera similar, no podemos parar la catástrofe ambiental porque todo el sistema de la vida económica se funda sobre automatismos técnicos que destrozan sistemáticamente los recursos naturales. Hemos trasladado la potencia del cerebro humano a la máquina, pero la máquina ha sido programada según un criterio antihumano: el criterio de la economía financiera. Hay un segundo nivel de la impotencia que me parece significativo a nivel global, pero sobre todo en el mundo blanco. Es el efecto del envejecimiento del género humano, de la prolongación de la edad media contemporánea y el desplome de las tasas de nacimiento. La impotencia senil masculina acompaña la pérdida de potencia política y produce una mezcla psicocultural que, por sí sola, puede explicar la ola de demencia nacionalista, supremacista, racista, y, al final, nihilista, que ha tomado el poder desde las Filipinas hasta la India, de Turquía a Polonia, a Italia, a Brasil, a Gran Bretaña, a Estados Unidos.
Ante ese panorama, ¿sigue siendo deseable un pensamiento humanista? ¿En qué términos debería expresarse?
No soy capaz de dar una sola respuesta a esta pregunta fundamental. Por un lado respondo que el humanismo está muerto, porque el futuro pertenece al automatismo cognitivo global y al caos inhumano del etnonacionalismo. Pero, por otro lado, pienso que solo desde el punto de vista del pensamiento humanista podemos entender por completo el proceso poshumano y antihumano que el capitalismo ha engendrado, y que solo desde ese punto de vista se puede fundar una ética autónoma, una ética que nos permita salvar el patrimonio del humanismo socialista. Solo el pensamiento humanista podría permitir la actualización de la posibilidad humana que sigue existiendo a pesar de la agresión inhumana.
¿Cómo se preserva lo táctil y lo sensorial en la era digital? ¿Cuál es su mirada sobre los usos de internet?
Cuando imaginábamos la red en los años 80 y 90, nos parecía una tecnología de liberación. Solo al final de los años 90, los efectos psicóticos vinculados a la mutación digital empezaron a emerger. Al final, internet ha predispuesto las condiciones técnicas para la construcción del automatismo cognitivo global, para la transformación de la mente social en un enjambre automático. La facultad conjuntiva, que se manifiesta en lo táctil, en el erotismo, en la sensibilidad, no desaparece, pero sufre de una contracción, de una aceleración patógena. Lo conjuntivo, subordinado a lo conectivo, se manifiesta esencialmente como sufrimiento psíquico.¿Qué piensa de los resultados de los partidos de izquierda en Europa y a qué se debe que ya no interpelen a los trabajadores? ¿Y qué piensa de la izquierda en general?

La izquierda está muerta, y lo merece. Los partidos de izquierda, en Europa, como el Partido Laborista de Tony Blair, el Partido Democrático Italiano, el Partido Socialista Francés de François Hollande y la socialdemocracia de Gerhard Schroeder han actuado como punta de lanza de la agresión neoliberal. La decisión de los trabajadores europeos de votar partidos fascistas, nacionalistas y racistas se puede entender solo como una venganza contra la izquierda culturalmente subalterna y políticamente traidora. ¿Habrá una nueva izquierda en el futuro? No creo que el problema se plantee aún en términos de izquierda y de derecha, porque no creo que la democracia política sea un territorio eficaz. El futuro no se decide en la esfera de la voluntad política. Se decide en la esfera psíquica, lingüística y tecnológica. El único espacio en el cual se podrá determinar una transformación es el espacio de la creación y de la invención. No es la voluntad política, sino la inteligencia social, la que podrá actualizar esa posibilidad si es capaz de desarrollar la potencia necesaria, lo que no es tan seguro.
¿Cuál es el sentido de practicar la filosofía en el siglo XXI? ¿Para qué sirve esa disciplina?
Qué es la filosofía lo han dicho muy bien Gilles Deleuze y Félix Guattari en su último libro: es la creación de conceptos que permiten capturar mentalmente el mundo, transformar el caos en algo comprensible y fundar la conciencia ética. Filosofía es la creación de puentes sobre el abismo del no ser, del sinsentido, el abismo del no existir de la verdad. La filosofía es la amistad del cerebro con el caos.
¿En qué trabaja actualmente?
Estoy escribiendo la nueva versión del libro ‘Fenomenología del fin’, que ha sido traducido al español por Alejandra López y fue publicado por Caja Negra. Es un libro que he terminado de escribir en 2014, pero los últimos cinco años han expandido tanto el campo de la mutación que me veo obligado a reescribirlo completamente. ‘Fenomenología del fin’ era y es un libro interminable; entonces, lo desarrollo sin esperanza de terminarlo en vida. Este trabajo de escritura es mi actividad principal y me consume muchísima energía.
Usted participó en importantes luchas estudiantiles y obreras en la segunda mitad del siglo XX. ¿Cómo es su vida cotidiana hoy?
Vivo en Bolonia casi seis meses cada año, pero en los últimos tiempos he viajado continuamente. Ahora me doy cuenta de que puedo viajar cada vez menos porque estoy un poco cansado. Soy jubilado, no enseño de manera regular, ya no doy clases. ¿Qué leo? Cinco o seis periódicos cada día; es como una forma de toxicomanía, un deseo maníaco de captar señales del devenir del mundo. Pero también leo gran cantidad de novelas. He leído mucho a Jonathan Franzen, Michel Houellebecq, Amos Oz. Y veo muchísimo cine, también. Las películas de Jia Zhang-ke, de Nadine Labaki, de Matteo Garrone me ayudan a entender el presente, tanto como el cine de Aki Kaurismaki, Emir Kusturica y Gus van Sant me ayudó a entender la mutación tardomoderna.

Fuente: Daniel Gigena para www.lanacion.com.ar y https://www.eltiempo.com/

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