La educación formal no prepara docentes para educar en las villas pero ellas y ellos eligieron hacerlo. Maestras y maestros que conocen las lógicas y los conflictos en las barriadas de la Ciudad de Bueno Aires.

En la huerta de la Geniso, el verde esperanza hace que las plantas de lechuga realcen por sobre el resto de las verduras de estación. Aunque también gana protagonismo el sector de compostaje: en él, alumnas y alumnos incentivados por el profesor de Biología, aprenden el proceso de descomposición de la materia orgánica. Entonces, todo trasciende en esa pequeña parcela, cobijo de quienes arrastran consigo los dramas de casa. “Los sacamos del aula y los traemos acá para que se despejen”, nos cuenta Luis, quien enseña hace 12 años en la EEM Nº3 “Carlos Geniso” del distrito escolar 19, en el Bajo Flores. “También tenemos un ropero comunitario”. Pilchas y pares de zapatillas, para que los pibes y pibas no dejen de asistir a clases.
Luis tiene bien presente el recuerdo crudo de los tres hermanos que se turnaban para faltar por tener un solo calzado. Y al mismo tiempo, los estudiantes se acuerdan de él, lo saludan por la calle, mientras nos agrupamos junto al resto de maestros y maestras para conocer el barrio y sus condimentos: las construcciones precarias que emergen de la nada, el barullo del ir y venir de las motos, los pasillos lúgubres, las miradas desconocidas, los puestos de Gendarmería y la inseguridad de sus armas; y un mural que denuncia la violencia institucional, y mantiene vivo a Ezequiel Demonty: Dolly todavía pide justicia por el asesinato de su hijo a manos de la Policía Federal en 2002.
“En las villas, los problemas atraviesan las paredes de la escuela. Este es un refugio donde los chicos son escuchados y se generan relaciones. Acá a veces uno es profesor, bibliotecario, enfermero, psicólogo, asesor laboral. Cumplimos un montón de tareas.”, explica Luis.

Isauro Arancibia, maestro rural asesinado durante la dictadura militar argentina, solía decir que “no hay maestro cierto y auténtico sino está relacionado con los padeceres, las luchas y los sueños del pueblo que lo acompaña”.

En las villas los problemas atraviesan las paredes de la escuela. Este es un refugio donde son escuchados y se generan relaciones.

¿Pero qué ocurre si esos maestros y maestras interactúan y trabajan en conjunto, si comparten experiencias, estrategias y saberes, si intervienen en pos de una educación consciente y alternativa que esté situada en contexto, donde el diálogo y el entendimiento con el alumnado se vuelven indispensable si lo que se busca es una solución real?; ¿Y si con todo eso se crea un lazo inquebrantable, entre la escuela y las comunidades de los barrios populares la Ciudad Autónoma de Buenos Aires? 

En la Carlos Geniso, la biblioteca también es popular y de uso comunitario. La mayoría no puede comprar sus libros. Por eso recurren a este rincón sagrado, donde se comparte y se hace la tarea. Esta tarde es lugar de encuentro y de charla, de historias y experiencias de vida, de los maestros villeros que ponen el cuerpo y el alma en las llamadas “zonas desfavorables” de la ciudad.

Maximiliano es docente de la Villa 21-24, en Barracas.  “Pedagogías sublevadas” dice su remera. Piensa que no es suficiente con el trabajo en el aula. Que hay que caminar, embarrarse los pies y conocer, para tener posibilidades de resolver los conflictos, con las lógicas y la dinámica del barrio. Así está pensada la pedagogía villera. “Busca transformar realidades y recuperar derechos mediante una construcción colectiva. Disputamos cuáles son los sentidos que se le debe dar a la educación, cuáles son los contenidos a enseñar”, explica. “Hay mucho de ensayo y error. No es la lástima lo que nos llama la atención, sino el empoderamiento. Estamos convencidos de que nuestros alumnos tienen el derecho a una educación digna y de calidad; y tienen que hacerlo valer. Que vuelvan a sentir que son capaces”, es el fin de Nazarena, quien participa del Plan Fines, y trabaja con adultos en la Escuela Nº 6 del distrito 5.  “Se trata de buscarle a cada chico el atractivo que necesite y respetarle el ritmo. Muchos aprenden después que los abrazás por un tiempo. Les abrís el corazón y la mente. Gracias a Dios, ninguno es igual al otro. Si fuéramos todos iguales sería muy aburrido”, reflexiona Marisa, que siente “honor” y “un placer extra”, al educar en la escuela Nº 11.

Acá disputamos cuáles son los sentidos que se le debe dar a la educación, cuáles son los contenidos a enseñar

Eugenia es maestra de primaria en el barrio Zavaleta. Por un momento se olvida de que el fracaso escolar y la repitencia son moneda corriente en las escuelas públicas y siente que logró cumplir algo de lo que se propuso: a su lado está Antonela, alumna ya egresada, quien hoy con 23 años toma la palabra y la acción, enseñando a leer y escribir a vecinos, vecinas, padres, madres y amigos, a través del Plan de Alfabetización “Decir es poder”, que llevan adelante los de guardapolvo blanco en la villa 21-24. “Me dieron ganas de hacer algo por el barrio. La gente se va empoderando y se forma un vínculo muy fuerte”, suelta Antonela.

Luis ha visto en reiteradas ocasiones maestros presentando la renuncia en la puerta del colegio, sin bajarse del auto. “Nos preparan para una escuela donde los chicos se sientan, escuchan, preguntan y leen la carpeta. No para esto”. Pero Luis sigue ahí, firme con sus ideales, para resistir y acompañar. Para romper con el destino manifiesto que arrastra pibes y pibas de la villa. Y qué mejor que el ejemplo del que llegó a ser radiólogo, trabajador social o profesor de educación física: “Tratamos de que ex alumnos vengan a dar charlas. Que cuenten cómo eran ellos cuando estaban en primero, por qué vinieron a la escuela y todo lo que les costó encarar un estudio terciario o universitario, y las cosas que lograron. Porque una cosa es que se lo diga un docente, un adulto; y otra es cosa es escucharlo de sus pares”.

Problemáticas de género y Educación Sexual Integral son temas que también preocupan e incumben en la pedagogía villera. “El sistema pretende homogeneizar todo y establecer normas que no son posibles de cumplir cuando hay realidades distintas. Hay que luchar contra la estigmatización. Armamos asambleas para que las pibas le expliquen a los pibes cómo se sienten cuando son discriminadas, qué se puede hacer y qué no. A veces te sorprende cómo se involucran cuando cuentan lo que les pasa”, dice Lucía, promotora de ESI en la EEM Nº3.

Claro que la escuela no es capaz de resolver todo. Mariana está a cargo de los más chiquitos en el jardín Nº6 de 19, donde a diario funciona un comedor. Todavía no puede creer cuando recibieron tres gajos de mandarina para “alimentar” a los pibes y pibas.  “Bajó la calidad y también la cantidad de comida”, reclama. “Los chicos tienen hambre. Muchos no pueden concurrir a la escuela porque llueve y no tienen una casa transitable. La integración urbana es una necesidad básica”, agrega Marisa, quien se alarma por la falta de alumbrado público, cloacas, medios de transporte y salas de atención sanitaria en las villas. “Querés explicar las partes de la casa, y los chicos viven en un dos por dos. La educación formal no sirve en estas escuelas”, señala Ayelén, profesora de inglés.

Las y los educadores coinciden en que, para ser horizontal en la búsqueda del enseñar a ser, resulta fundamental establecer una relación con las familias. Sin embargo, todo se vuelve más difícil si no hay un acompañamiento desde casa, y padecen la desprotección del Estado, y del hogar. “Les enseñamos que no son una cosa y valen mucho. Que tienen un gran futuro como personas”, asegura Marisa, quien no se queda de brazos cruzados: “Los llevamos a la cocina y les fregamos las manos con una esponjita y un cepillo, porque hace tiempo que no se las limpian como corresponde. Todo esto mientras aprendemos a leer y escribir, que es lo básico”.

Estamos convencidos de que nuestros alumnos tienen el derecho a una educación digna y de calidad; y tienen que hacerlo valer

A la emergencia educativa y alimentaria, se le suma la precarización laboral que sufren los maestros y maestras en el país, mientras continúan exigiendo un salario digno. Maximiliano lo ve como una “responsabilidad de lucha por nuestro trabajo y nuestros estudiantes”. Es el afecto y el compromiso ante el desamparo y la desigualdad. “La docencia es amor, es escuchar al otro. Estamos sufriendo pero, por más que nos golpeen, no vamos a dejar a los pibes de lado. No están solos”, sostiene Ayelén.

Fuente: Lautaro Romero para http://www.revistacitrica.com/

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