Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-Weimar, 1900) fue un filósofopoetamúsico y filólogo alemán del siglo XIX, considerado uno de los filósofos más importantes de la filosofía occidental, cuya obra ha ejercido una profunda influencia tanto en la historia como en la cultura occidental.

Escribió sobre temas tan diversos como el arte, la filología, la historia, la religión, la ciencia o la tragedia. Hizo una crítica de la cultura, la religión y la filosofía occidental mediante la genealogía de los conceptos que las integran, basada en el análisis de las actitudes morales (positivas y negativas) hacia la vida. Este trabajo afectó profundamente a generaciones posteriores de teólogosantropólogosfilósofossociólogospsicólogospolitólogoshistoriadorespoetasnovelistas y dramaturgos.
La apasionante biografía Soy Dinamita. Una vida de Nietzsche da luces para comprender los turbulentos tiempos actuales. “Nietzsche opera como un ejemplo siempre excesivo, como un modelo a seguir en la medida que no se le imite”, precisa Aldo Bombardiere.

Friedrich Nietzsche (1844 – 1900) uno de los pensadores occidentales más influyentes de su tiempo, captó certeramente la crisis de la modernidad, preludio de las grandes convulsiones del siglo XX.

Con motivo de la reciente publicación de Soy Dinamita. Una vida de Nietzsche, Editorial Ariel, 2019, de Sue Prideaux, conversamos con Aldo Bombardiere Castro (Santiago, 1985), licenciado en filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, para conocer algunas claves de este pensador plenamente vigente.

Aldo, reiteradamente aparecen en los rallados de diferentes calles del país alusiones a Nietzsche, ¿Qué es lo que atrae de él?
“Nietzsche es un pensado irreductible a estereotipos. Es mucho más que un pensador, que un filósofo o un anti-filósofo: es fervientemente diverso y movedizo, casi inaprehensible en su vitalidad. Me parece que su poder de atracción reside en su crítica a los valores establecidos, en su profecía de destrucción de los ideales tradicionales cuyos soportes (morales, éticos y epistémicos) sólo son aparenciales y bajo los cuales se ocultan una serie de fuerzas oscuras y anuladoras del ser humano. Además, creo que esa atracción hipnótica se da porque su escritura y su propia personalidad son así: embriagantes y arrolladores hasta la posesión, hasta lo dionisíaco. Criticar los valores establecidos, o sea filosofar con el martillo –tal cual él mismo lo escribió- es un acto que viene aparejado con una belleza poética capaz de conferirle un estilo inconfundible.

Por ello, Nietzsche opera como un ejemplo siempre excesivo, como un modelo a seguir en la medida que no se le imite, sino que se acepte su invitación a problematizar la obviedad de la realidad desde la singularidad de cada lector: nos invita a construir una identidad móvil y un estilo propio, pero sin apropiación”.

Un genio precoz, un hombre atormentado que, al fin de sus días, cayó en la demencia. ¿Qué puede decirnos de Nietzsche?
“Su vida fue tan apasionante como lo es su obra. Hijo de padres luteranos, desde pequeño tuvo una estrecha relación con la música y la literatura. Compuso una serie de lieds a temprana edad, musicalizando poemas de autoría propia. Durante su juventud y adultez temprana se vinculó con la filosofía de Schopenhauer y con la ópera de Wagner, a quien conoció personalmente entablando una tensa amistad.

Después, pero aun siendo muy joven, Nietzsche hizo clases de filología en la Universidad de Basilea hasta que su salud se deterioró y le obligó a retirarse. Desde aquel retiro, paseó por los países del centro y sur de Europa buscando un clima adecuado que le ayudase a mejorar sus constantes mareos y dolores corporales. A finales de la década de 1880, cuando recién rondaba los 45 años, Nietzsche pierde el juicio, pasando la última década de su vida internado”.

Nietzsche llegó a describirse cómo el filósofo del quizás. Sostuvo que la verdad no solo no tenía una única definición, sino que podía examinarse desde distintas perspectivas. Señala Prideaux: “Todas las verdades son tan solo interpretaciones personales. No somos más que nuestra memoria y nuestros mentales en la sociedad a la que pertenecemos”.

En 1886, el crítico literario J.V. Widmann, al referirse a “Más allá del bien y el mal” de Nietzsche, lo calificaba como un libro peligroso. Escribía Widmann: “Esta designación no implica el menor reproche contra el autor y su obra… Los explosivos intelectuales, como los materiales, pueden servir a propósitos muy útiles… Pero conviene decir con claridad dónde está almacenado ese explosivo: Aquí hay dinamita. Nietzsche es el primer hombre que encuentra una salida, pero es tan aterradora que a uno lo asusta de verdad”.

Nietzsche ha influido en pensadores decisivos del siglo XX como Heidegger y Foucault. ¿Qué piensa de ello?
“La influencia en Heidegger se halla muy asociada a la voluntad de poder, a un ímpetu por la lucha existencial, la actividad del pensamiento y la afirmación de la vida. La interpretación que Heidegger hace de Nietzsche apunta a vitalizar el plano del Ser, tan olvidado en un mundo dominado por la tiranía de la técnica como fue el siglo XX. En el caso de Foucault, su influencia guarda relación con asuntos vinculados a las relaciones de poder y, en particular, con los dispositivos de saber-poder que se instalan en sociedades disciplinares. A su vez, también tuvo influencia en Chile, sobre todo durante los años 60. Algunos estudiantes de esa época luego profundizaron en su obra, convirtiéndose en grandes nietzscheanos, como fue el caso del profesor José Jara. En definitiva, creo que Nietzsche, tal cual él mismo lo vaticinó, abrió un gran horizonte de sentido”.

“Filósofos contemporáneos ven en Nietzsche al padre de la posmodernidad. Esto significa que lo valoran como un precursor en el ataque contra las estructuras donde se asienta o asentaba la modernidad: la claridad de la razón, la transparencia de los actos morales, el ideal de verdad de las ciencias. Nietzsche nos enseña que debemos sospechar de la autonomía de nuestra razón, de nuestras buenas intenciones, de nuestra propia conciencia, para “hacernos cargo” de los sufrimientos que nos atormentan y de la contradicción de los afectos corporales desde una perspectiva creativa. Y que ese “hacerse cargo” no debe ser una carga, sino todo lo contrario: un encarar con jovialidad el sufrimiento, un mirar a los ojos a nuestros propios demonios para enfrentarlos y crear algo noble a partir de ellos. Nociones como el Eterno Retorno o el Amor Fati (ama tu destino) van en esa línea: decirle sí al dolor, afirmemos nuestro destino y lo que somos sin arrepentimientos ni resentimientos”.

Aldo, considerando la reciente polémica, ¿es peligroso para una sociedad minimizar los estudios de filosofía en los planes de educación?
“Claro. El asunto de fondo es que esa minimización no tiene tanto que ver con menor cantidad de horas pedagógicas, sino con contenidos, habilidades y actitudes. Si sólo se enseña historia de la filosofía en los centros educativos no se sacará mucho. Como señaló Kant, uno no debe aprender filosofía, sino a filosofar. Filosofar es algo que está al alcance de todos y que orienta y potencia al ser humano en su camino reflexivo y creativo. Por el contrario, si nos dedicamos a aprender filosofía, terminaremos siendo especialistas en determinados filósofos, pero incapaces de pensar. Parafraseando al gran filósofo chileno Humberto Giannini, debemos apreciar la filosofía como un “pensamiento pensante”, vivo en sí mismo, por sobre un mero “pensamiento pensado”, a modo de pieza de museo”.

Fuente: Mario Rodriguez Órdenes para https://diarioelcentro.cl/

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