Nicaragua ha perdido el domingo 1/3/20 al prolífico poeta Ernesto Cardenal, quien falleció a los 95 años tras permanecer cuatro días hospitalizado por problemas respiratorios; su vida trascendió no solo por ser uno de los poetas más importantes de Hispanoamérica, que le hizo ganar el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2012, sino por promover la Teología de la Liberación en América Latina.  

En 2005, estando con una exposición en el Instituto de Historia, en Managua, tuve la fortuna de conocerlo y que accediera a darme una entrevista que después se publicó en la revista «Acción», del IMFC. Se las dejo a modo de modesto homenaje a alguien a quien admiré profundamente, Julio Päntoja.Las mañanas son cálidas en Managua. Y las tardes, y las noches… en invierno y en verano (las otras estaciones se hicieron la rabona del diccionario nica).

Sin embargo, de pronto, una brisa matinal que disimula la humedad pegajosa trae consigo a la figura del poeta. Etéreo, de camisola blanca -cotona, así se llama-, luce jeans gastados y sandalias franciscanas que se completan con la típica boina negra, “calada al estilo del Ché”, como diría Joaquín Sabina. Entra despacio, como disfrutando cada paso, a la galería “Casa de los tres mundos”. Aquí, en una de las callecitas retorcidas de Managua, Ernesto Cardenal, sacerdote, revolucionario, poeta y escultor, tiene su escritorio en un cuartito de color verde claro desde donde mira a la sala contigua que acoge a sus esculturas, fruto de su actividad menos conocida. – En esta etapa, ¿se siente más escultor o poeta? – Es como hablar de las caras de una misma moneda. Yo creo que se parecen mucho ambas cosas. Prácticamente desde siempre hice las dos actividades, siempre convivieron; lo que pasa es, simplemente, que en los últimos años le dediqué más tiempo que antes a las esculturas y tal vez eso hizo que se difundiera tardíamente este aspecto de mi obra. Uso esto como terapia. Cuando me canso de escribir, descanso esculpiendo.

Por eso mismo no tengo un taller. Trabajo en mi casa. – ¿Qué temas elige para sus esculturas? – La naturaleza. Al principio trabajé mucho con animales y últimamente hice muchos trabajos sobre plantas. Pero no es excluyente. De vez en cuando pueden aparecer también figuras humanas. – ¿Recuerda cuál fue su primera escultura? – Sí, fue justamente una figura humana: un Cristo de arcilla. Estaba trabajando en la huerta de un monasterio y allí modelé una figurita que ganó mi entusiasmo. – ¿Sigue modelando con arcilla? – No tengo prejuicios con los materiales. Uso lo que me viene bien, lo que tengo a mano: barro, yeso, madera, vidrio… de todo, y metales también. – ¿La estilización y lo despojado de su obra escultórica tiene alguna referencia en otro autor? – Aunque no lo conocía cuando empecé a esculpir, la obra de Constantin Brancusi me gusta muchísimo y debo admitir su influencia. La mirada se le escapa hacia sus aves y plantas que conviven con esas pinturas de tratamiento casi infantil, tan características de Solentiname, la isla de sus amores que fuera bombardeada por Somoza.

La vista vuelve y, de reojo, espía ahora los títulos de los diarios que lo esperan sobre su escritorio. Menea la cabeza y rezonga con las noticias. Mientras, en una repisa del fondo descansa un ejemplar de «La revolución perdida», su último libro, donde habla de sus esperanzas y decepciones.- ¿En este momento tiene actividad política? – Había decidido alejarme de la política partidaria en los ‘90, pero estoy replanteándome esta idea para enfrentarme a Daniel Ortega. Este hombre es un autoritario, se volvió un dictador que traiciona cada día a los ideales con que hicimos la revolución. Y es quien encabeza a los que se enriquecieron gracias a la «piñata», ese modo espurio de quedarse con bienes expropiados, pervirtiendo lo que se había logrado; estoy hablando de gente como Tomás Borge o Bayardo Arce. Le aseguro que antes de la revolución no había millonarios entre los sandinistas. – ¿Lamenta la división del sandinismo? – Por supuesto, pero no por eso podemos permitir que en nombre de Sandino se haga cualquier cosa. En este momento nuestras banderas están en las manos de Herty Lewites, quien fuera alcalde sandinista de Managua; él fue elegido candidato para enfrentar a Ortega.

Cardenal se saca la boina, mira al suelo, esquiva las miradas como sintiendo vergüenza ajena, y, mientras se recompone, propone cambiar de tema. – ¿Qué opina sobre el proceso iniciado por Chávez en Venezuela? – Chávez ha retomado el sueño de Bolívar: la unificación de los pueblos de América Latina. No en vano allí se escucha todo el tiempo el adjetivo «bolivariano» Si hasta le hizo cambiar el nombre a la república. Y no es una extravagancia o algo superficial. Simón Bolívar fue el primer hombre en nuestro continente que se dio cuenta del peligro que Estados Unidos significaba para nosotros. Sin un gobierno americano unificado, decía, nuestros pueblos se verían envueltos en guerras civiles y a merced de bandidos; que es lo que ha sucedido de algún modo. Chávez entendió esto. – ¿Y dentro de Venezuela? – El trabajo social que está haciendo es realmente revolucionario. Yo fui testigo de la tarea gigantesca de su gobierno, pero poco se sabe de eso. Así como las revoluciones cubanas y nicaragüenses han sido calumniadas todo el tiempo, con la de Venezuela, la táctica ha sido silenciarla. No hay que olvidar que nueve transnacionales de la comunicación producen el noventa por ciento de la información mundial y la revolución de Venezuela, obviamente, no está entre sus intereses. – -¿Qué nos puede decir de Cuba? – Cuba es un país increíble. Y de eso sabemos mucho y bien, aunque en su suelo se están cometiendo atrocidades que tenemos que denunciar: en Guantánamo.

Ahí hay cientos de prisioneros que no saben de qué se los acusa y no han sido juzgados, y mucho menos condenados, y no tienen defensor, y están cumpliendo una sentencia infinita, porque no se le ha puesto término. Están padeciendo las peores condiciones carcelarias del planeta. Estos presos en Cuba no están presos por Fidel Castro, sino son los presos del presidente Bush. – ¿Cómo fue aquello del reto que recibió del papa Juan Pablo II? Se acomoda la boina y sus facciones se transforman. El rostro calmo se sonroja en un indisimulado enojo y parece querer acentuar cada sílaba que pronuncia. – Una de las primeras cosas que hizo al llegar a Nicaragua, en 1980, fue humillarme públicamente en el aeropuerto. El Nuncio ya me había advertido que eso podía pasar. El Papa no quería que ninguno de los sacerdotes en el gobierno estuviera recibiéndolo. Yo no quería estar allí, y pedí que mejor me negociaran por cualquier otra cosa. Porque para la venida del Papa todo era negociación. Pero los comandantes dijeron que debía estar allí, porque además de ser miembro del gabinete era una gloria nacional.

Al final se acordó que el Juan Pablo II pasaría saludando de lejos a los ministros, y así no tendría que toparse conmigo. Pero el Papa rompió el trato y después de los saludos de protocolo le preguntó a Daniel, que lo llevaba del brazo, si podía saludar también a los ministros, naturalmente le dijo que sí; y se dirigió a nosotros. Fue dando la mano a todos, y cuando se acercó a mí hice lo que había previsto: quitarme reverentemente la boina en señal de respeto, y agacharme para besarle el anillo. No permitió él que lo hiciera y blandiendo el dedo me dijo en tono de reproche: ‘Usted debe regularizar su situación’.

Como no contesté nada, volvió a repetir la admonición. Me parece que todo esto fue totalmente premeditado. Y que las cámaras de televisión estaban sobre aviso. – ¿Tenía fundamento la reprimenda? – No, era injusta, porque yo tenía regularizada mi situación con la Iglesia. Los sacerdotes con cargos en el gobierno estábamos autorizados por los obispos, y eso era público. Fue mucho después que el Vaticano nos prohibió estar en esos cargos. – ¿Cuál cree que era el motivo de fondo? – Estaba fastidiado por encontrarse con algo totalmente distinto a lo que esperaba. La revolución nicaragüense no perseguía a la Iglesia. El deseaba, como en Polonia, que aquí hubiese un régimen anticatólico en un país mayoritariamente católico, y por lo tanto impopular. Lo que menos quería era una revolución apoyada masivamente por los cristianos y, que para colmo, tuviera sacerdotes entre sus dirigentes. – ¿Y qué opinión le merece Joseph Ratzinger, el nuevo papa? – Es un reaccionario.

El era el encargado de la represión dentro de la Iglesia, el jefe de la Inquisición. Es un verdadero desastre para todos, una fatalidad. No cabe duda de que hará cosas perores que el papa anterior, que ya era pésimo, un conservador acérrimo. Estoy seguro que va a generar una gran crisis dentro de la iglesia, que puede terminar en un cisma. Va a haber una ruptura, lo presiento. Aunque habría que analizar si esta crisis no termina siendo buena para poner las cosas en claro, porque es evidente que, desde la Iglesia, hay dos modos muy distintos de ver al mundo. – ¿Pudo haber sido de otro modo? – Sí, claro, yo tenía la esperanza de que el papado pudiese haber recaído en alguien progresista, o al menos en algún moderado. Pero sucedió lo peor. Pasa que el pueblo católico es muy sumiso. Eso es lo que yo veo en esa elección: se encerraron allí, anunciaron que ya había Papa y ahora se nos ordena creer que fue escogido por el Espíritu Santo. Creo que podemos tener dudas al respecto. Esa elección pudo haber sido robada, no lo podemos saber, los cardenales no lo pueden decir, porque Ratzinger dominaba a la curia -y luego al cónclave- desde antes que muera el papa. Sólo se vuelve a relajar mientras camina entre sus esculturas, mostrándolas y posando para las fotos.

Es interesante observar que mientras las aves son diáfanas y casi etéreas, tal vez símbolos de vuelo y libertad; las plantas son metálicas y pinchudas, espinosas, y con brillos espejados del acero inoxidable con que trabaja últimamente. Pero el cura trapense se siente cómodo ahí, aún entre las espinas, se le nota. – ¿Cómo fue su experiencia, el año pasado, en Argentina? – Muy interesante, me invitaron al III Congreso de la Lengua que se hizo en Rosario, ahí pude defender mi punto de vista sobre la necesidad de respetar la diversidad del idioma. También estuve en el congreso paralelo, el Congreso de las Lenguas, en plural, donde se bregaba por la defensa de las lenguas indígenas; y como soy indigenista, me sentí muy cómodo. Los ochenta recién cumplidos parecen no pesarle. Sin embargo elude la charla sobre los festejos que en toda Nicaragua se organizan a lo largo de este año en su honor.

El cura, el poeta, el hombre humilde y sencillo, se siente incómodo ante tanta lisonja. Recientemente, en Granada, su ciudad natal, en un simposio organizado por la «Comisión Nacional Pro Celebración de los ochenta años de Ernesto Cardenal» (www.ernestocardenal.org), presidida por Sergio Ramírez, una treintena de intelectuales y artistas de todo el mundo festejaron su cumpleaños proclamándolo candidato a Premio Nobel de literatura por considerarlo poeta más importante de América Latina. Esas cosas lo incomodan. 

Fuente: Julio Pantoja https://m.facebook.com/story.php?story

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