José Pablo Feinmann (Buenos Aires1943) es un filósofodocenteescritorensayistaguionista y conductor de radio y televisión argentino. Sus libros han sido traducidos al francésalemánholandés e italiano. Es licenciado en Filosofía por la UBA y profesor de la misma casa de estudios, entre 1968 y 1974, siendo uno de los protagonistas del movimiento de las Cátedras nacionales, junto a Amelia Podetti y Guillermina Garmendia, entre otros. En 1973 fundó el Centro de Estudios del Pensamiento Latinoamericano (CEPL), en el Departamento de Filosofía de la UBA . Posteriormente trabajó como colaborador en diversos medios periodísticos. Fue un activo militante de la Juventud Peronista en los ‘70, pero siempre se opuso al uso de la violencia con fines políticos, sobre todo a la teoría del foquismo guevarista, el cual -años después del triunfo de la Revolución cubana- se volvió bastante popular dentro de algunos sectores de la izquierda peronista y marxista, como las guerrillas del ERP, Montoneros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Ejército Guerrillero del Pueblo y las Fuerzas Argentinas de Liberación. En 1985 abandonó el Partido Justicialista. Se opuso enérgicamente a las políticas del gobierno de Carlos Menem durante la década de 1990. En 2001 recibió premio Konex de platino en la disciplina Guión de Cine y Televisión, en 2004 el premio Konex (Diploma al Mérito) en la disciplina Ensayo Político y en 2014 otro Diploma al Mérito en la disciplina Ensayo Político y Sociológico.

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El siglo XXI se caracterizó –hasta el presente- por una aceleración del ritmo histórico. Tuvo un inicio estruendoso y espectacular, las Torres Gemelas. Empezó temprano, no como según dice Eric Hobswaum, empezó el siglo XX. Que sería con la Gran Guerra del ’14. Pero, si se piensa más adecuadamente (con todo el respeto que merece Hobsbawm) no hubo una “guerra del ‘14” y luego otra del ’39 al ’45. Esas dos guerras suman una sola, larga y sanguinaria, con más de cien millones de muertos. La Gran Guerra del ’14 al ’45. Del horror de las trincheras y los gases venenosos al horror de Hiroshima y Nagasaki. Fue, así, una guerra de treinta y un años. No puede explicarse el ascenso de Hitler al poder sin la humillación que significó el Tratado de Versalles para Alemania. Eso que los historiadores llaman “período de entreguerras” (1918-1939) no fue sino una paz violenta, llena de enfrentamientos, en la que Alemania se rearmó, le dio ardor y furia al espíritu nacional y encendió un odio ilimitado hacia el judío como causante de todos los males. Pero el siglo XX no empezó en 1914, sino en 1912 con el gran fracaso de la técnica capitalista burguesa ante la naturaleza. Ahí muere la idea decimonónica del avance indetenible del progreso. Un iceberg bastó. El Titanic, ese barco que jamás podría hundirse, se fue a pique de punta hasta el fondo del mar. Ahí, en la modalidad de la catástrofe, se inicia el siglo XX.

El siglo XXI presenta ese matiz que mencionamos: el ritmo histórico se acelera. En América Latina, la primera década presenta gobiernos populares y distributivos. A la luz del gobierno de Hugo Chávez –que se declara admirador de Perón- surgen los gobiernos de Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Lula en Brasil y Kirchner en Argentina. Acá, entre otras cosas, en Mar del Plata, se boicotea el proyecto imperial del ALCA y se impone el UNASUR. Era bastante increíble. Luego de años de gobiernos socialdemócratas o neoliberales surgían otra vez gobiernos nacionales y populares. Basados, todos, en una visión populista de la historia, que es el capitalismo en su versión más humanista y distributiva.

Entre tanto, herido por el acontecimiento histórico-universal del derrumbe de las Torres, Estados Unidos pone su foco en el Islam e inaugura su Guerra contra el Terror. Deja en paz a su “patio trasero”. Sus embajadas no actúan como bases militares según su hábito y todo se hace más posible. Sin embargo, hay una derecha (basada en el poder mediático) que no se detiene. Se instaura el sistema siniestro del “law fare” y se produce un golpe abierto y desenfrenado por parte de lo que empieza a llamar “el campo”. La lucha del gobierno de Néstor Kirchner por llevar justicia a los represores de la dictadura cívico-militar ha levantado objeciones en los círculos de la derecha más concentrados y belicosos. En suma, llega la segunda década del siglo XXI y los gobiernos nacional populistas de la primera empiezan a caer. No han durado mucho. El periodismo de las “fake news” y los medios radiales y televisivos, a los que se suma ahora el trollismo de las redes sociales, lleva a cabo una tarea erosionante poderosa. Aquí, por primera vez, un partido de gente de pro que se llama justamente PRO, gana las elecciones de 2015. Y arrasan con el país. Lo endeudan con dineros que van a parar a sus ávidos bolsillos. Todo muy rápido, como si les escaseara el tiempo. No saben gobernar. Ni siquiera consiguen inversiones de sus amigos externos. Pero son maestros en el arte de endeudar al país. Irresponsablemente, el FMI les concede los préstamos más elevados de su historia. Quieren que el jefe, MauMac, gane las elecciones de agosto y octubre de 2019. Que no retorne el maldito populismo encarnado en la figura a la que conceden todo su abundante odio, Cristina Kirchner.

Pierden. Pero llegan al 40,8 por ciento de los votos, algo que los dinamiza y los hace sentir capaces y merecedores de cualquier cosa. Impulsan una oposición feroz contra el gobierno de Alberto F. Quieren desgastarlo y llevarlo al abismo. Para eso la pandemia les viene como anillo al dedo. ¡La maldita pandemia que iba a volver más generosos y solidarios a los seres humanos! No, nada. Es un arma poderosa en manos de los destituyentes. Quienes se creen los dueños naturales del país. Durante estos días estalló un conflicto en la familia Etchevehere. Los chacareros fueron como patota a rodear el campo de la hermana Dolores. Que tiene fuerte temperamento y los echó. Ahí se quedaron y el jefe de la asonada habló con los medios. Dijo –serenamente- que esa tierra es de la familia y no de su hermana. Dolores dice que ella es parte de la familia y esa tierra le pertenece. De pronto, el mandamás Etchevehere exclama por micrófono: “¡No vamos a ser Venezuela!” Y acusa al gobierno nacional de apoyar a su hermana y a “los negros de Juan Grabois” que quieren tomar ese campo.

¿Qué arreglo tendrá esto? ¿Se arreglará? El patrón Etchevehere –entre tanto- cerró la tranquera con candado y encerró a su hermana y a quienes están con ella. Los encerró como ganado. Para él son eso.

Esta gente está llena de odio racial y político. Dicen cosas delirantes. Que van traer –Dolores y Grabois- tres millones de “negros del conurbano” para ocupar la propiedad. Uno llegó a decir que va a salir armado a “matar negros” y que después se pega un tiro él. La cosa es “no ser Venezuela”.

Creen que son los dueños del país. Que les pertenece. Hay una identificación profunda entre ser dueños de la tierra y ser dueños del país. La patria es la tierra y ellos la tienen. La han heredado. No en vano dicen con orgullo: las tierras no se compran, se heredan.

Fuente: www.pagina12.com.ar

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