En su discurso del 13 de abril/20, el Presidente francés anunció un punto de inflexión. La palabra clave de su discurso fue la “solidaridad”, que él felicitó, animó y volvió a poner en el centro de nuestro espacio político. Si este discurso es el resultado de una toma de conciencia que reoriente la acción de su gobierno, será bienvenido en una nación que lo necesita.

La crisis sanitaria y económica provocada por la propagación del nuevo “coronavirus” y las respuestas que ha generado están en la raíz de esta conciencia colectiva expresada por el Presidente. El Estado, los servicios públicos, las instituciones, los trabajadores y los profesionales han vuelto a ocupar un lugar central ahí donde los negocios y el deseo desenfrenado de autonomía y enriquecimiento los habían desalojado. El pueblo reapareció unido en el respeto del confinamiento sanitario y en los aplausos que cada tarde, a las veinte horas surgen de las ventanas en reconocimiento a quienes lo protegen arriesgando sus vidas.

Pero es necesario volver a la conflictividad que precedió a la epidemia si queremos repensar nuestra vida colectiva de después de la crisis. Seis movimientos sociales diferentes han sacudido nuestro espacio público. Los chalecos amarillos, la defensa del servicio público (el hospital y la salud pública, la escuela y la universidad y los hogares de ancianos y personas dependientes), la defensa de la solidaridad salarial y profesional (movilizaciones contra la reforma del código de trabajo y del sistema de pensiones), la ecología (en defensa del clima y por una mejor producción alimenticia), el movimiento feminista (contra la violencia y por el fin de las desigualdades), el movimiento de los suburbios, las “banlieues” (denunciando el racismo y exigiendo la integración de una parte de nuestra juventud). Estos conflictos han sido provocados en parte por formas de injusticia que se han vuelto insoportables, en parte por las reformas que el gobierno ha promovido, percibidas con razón como ataques a nuestro modelo de solidaridad y como intensificadores de la injusticia. Estos movimientos sociales portan consigo, cada uno a su manera, una forma de proyección hacia el futuro.

La solidaridad evocada como rasgo cultural y como llamado a la unidad nacional corre el riesgo de dejarnos impotentes o incluso de vaciar el discurso. Tal vez sea preferible distinguir sus formas y sus diversas funciones. Hay una primera forma de solidaridad que requiere la mediación de las instituciones para existir. Reemplaza, la mayoría de las veces, los vínculos sociales de proximidad en beneficio de la cooperación impersonal. Así, allí donde cada quien se ocupaba de sus mayores, la institución de la jubilación permite a una generación dotar a la anterior de cierta independencia. Este es el espíritu de nuestro servicio público y de la seguridad social. Esta forma de la solidaridad necesita instituciones tan sólidas como estables e innovadoras, y la condición de funcionario público, con empleo estable, de tiempo completo y protegido, es su columna vertebral y su denominador común.

Esta solidaridad se construye alrededor del Estado, que nos protege de los riesgos, la enfermedad, los accidentes, el desempleo, la vejez… La introducción del anglicismo “gouvernance” en nuestro lenguaje político ha tenido efectos corrosivos. Gouvernance ha venido a remplazar la palabra “gobierno” y así despolitizar la gestión de las instituciones. El despliegue de una evaluación ejercida exclusivamente con criterios de rendimiento y contabilidad socavó su función de solidaridad. La “gobernanza”, versión española del anglicismo que también se ha colado en el castellano, pertenece al mundo de los negocios y obliga a la institución pública a una forma de heteronomía en la que se evalúa a sí misma según criterios ajenos a su misión primera, la solidaridad. Así es como desnaturalizamos el hospital con este sistema llamado “pago por acto médico” en el que una dotación presupuestaria estable es remplazada por una gestión que contabiliza y busca rentabilizar y monetizar cada prestación médica como en una clínica privada; la forma francesa de esa ”gobernanza”. Así es como el espíritu de la universidad y la investigación se pervierte con la introducción de lógicas “darwinianas” de competencia, propias del mercado. La búsqueda de nuevas moléculas para curarnos y de vacunas para protegernos no puede obedecer a la búsqueda de recursos sino a una reflexión colectiva sobre el bien común.

Hemos multiplicado irresponsablemente las formas precarias de contratación dentro de las instituciones, contratos cortos, tiempos parciales… Una crisis sanitaria que puso en peligro nuestra capacidad de curar habrá sido necesaria para que comprendamos que el funcionario que garantiza un servicio público y lo renueva necesita un estatuto que le proteja tanto de la precariedad como de los intereses naturalmente inscritos en el mercado. ¿Cómo podemos creer que los cursos universitarios serán mejor preparados por un docente precario que por un profesor e investigador titular? El aumento de la inseguridad laboral en la administración pública es un cáncer que acabará con la forma institucionalizada de nuestra solidaridad, y esta no podrá ser cubierta por formas interpersonales de cooperación.

Justamente, otras formas de cooperación no dependen de las instituciones y poseen otras funciones. Son aquellas de la solidaridad interpersonal, entre pares, en la familia y entre vecinos, entre amigos. Requieren de proximidad y presencia. Los muchachos de las “banlieues” se dicen de “hermanos”, nuestras feministas hablan de “sororidad”, los chalecos amarillos se redescubrieron unidos en los cortes de ruta, los trabajadores sindicalizados en la huelga. Aquí coexisten dos formas de solidaridad. El primero da lugar a una de las modalidades más creativas y vivas de nuestra vida colectiva a través del asociacionismo, el mutualismo y el cooperativismo. El encuentro de ciudadanos libres es aquí la base de una solidaridad que no requiere ni profesionalización ni institucionalización. Una forma de solidaridad que es más fermental que protectora.

Por último, una última forma de solidaridad vive desde hace tiempo como solidaridad de clase. Es la solidaridad del mundo popular, obrero o campesino, la de los barrios, que a menudo adopta dos formas: la solidaridad profesional y la solidaridad territorial. Una está enraizada en la experiencia común del trabajo, la otra en la vivienda, la familia y el vecindario. Esta solidaridad es tan esencial como las anteriores porque permite movilizarse para asegurar la sobrevida cotidiana de los más débiles. Ante la amenaza de la enfermedad y el confinamiento, estamos viendo lo preciada que es esta forma de solidaridad. Inscribe al individuo y al ciudadano en categorías y grupos que lo sobrepasan; es arcaica en el sentido de que no es el resultado de una afinidad elegida. Pero es sobre esta base que se articula una modalidad fundamental de la movilización colectiva. Bajo esta forma, la solidaridad produce cooperación y antagonismo. No para dar lugar al corporativismo, sino para enfrentar las fuerzas que socavan la cohesión social. Es a partir de ella que se organizan los conflictos, esenciales a la vida democrática. Esta solidaridad hace posible el surgimiento de visiones del mundo, puntos de vista y voces que vendrán luego a expresarse en el espacio público. Está en la raíz de las modalidades más profundas de socialización política. Por eso la promoción de “cuidados” o del “care” es insuficiente e incluso contraria a su espíritu. Estas últimas institucionalizan o incluso mercantilizan lo que debe permanecer vivo en la esfera social, fuera de la empresa y la institución.

Sin estas formas de solidaridad, los poderosos se convierten en titulares de todos los derechos. Dos grandes peligros acechan a la salida de la crisis. El primero es tecnológico y los mayores inversores se están preparando para avanzar en esta dirección. Las formas actuales de la economía digital son capaces de multiplicar los servicios disponibles y hacerlos mucho más accesibles para la mayoría, porque son más baratos. Esta es su gran fuerza, y en este sentido la tecnología digital representa una verdadera revolución que penetra hasta los más pequeños intersticios de nuestra vida social. Pero para lograrlo, estas empresas están licuando todas las formas de la solidaridad. Este es el inmenso peligro del uso y la promoción de los servicios a distancia. Extrae al trabajador de la solidaridad nacional, conspira contra la proximidad y la copresencia, hace invisibles las relaciones de mando y dominación porque son impersonales. Y el Estado se ve poderosamente seducido por este canto de sirena. La telemedicina y la enseñanza a distancia pueden promover servicios más baratos, pero no fortalecen la solidaridad. En un caso como en el otro, es como si nos ayudara y nos controlara una computadora o un teléfono. Pero las máquinas no dominan a los hombres. Por eso un proyecto de desarrollo tecnológico urgente debe regular estrictamente esta gallina de los huevos de oro. Y aquí es donde yace el segundo peligro, del cual el Covid-19 es probable que se convierta en una metáfora. El llamado a la solidaridad sin adversarios es como declarar la guerra a un virus. En la vida social hay peligros naturales, por supuesto, pero los enemigos y adversarios de la solidaridad son siempre humanos. Y como tales conviene identificarlos. El modelo de desarrollo que nos está llevando a la crisis, el de la globalización descontrolada y el del todo al mercado, que hoy en día hace que la solidaridad esté amenazada, es el proyecto de aquellos que tienen interés en él y que constituyen los grupos dominantes de nuestra sociedad.

El Presidente de la República, con razón, no mencionó a estos poderosos cuando nombró a los héroes de la situación actual, ni en la primera línea del personal de salud, ni en la segunda de quienes se ocupan de la logística, el transporte o la recolección de residuos, ni en la tercera en lo que respecta a los productores de alimentos. Olvidar la conflictividad que habitaba nuestra sociedad hasta hace un mes como si ya no existiera es la mejor manera de hacer inútil el llamamiento a la solidaridad y de prepararnos a que todo vuelva a ser como antes. Así continuaremos deslizándonos hacia lo desconocido.

Fuente: Denis Merklen, Sociólogo, profesor en la Sorbona de París, para https://www.mateamargo.org.uy/  

Artículo publicado en L’Humanité el 15 de abril de 2020, la traducción publicada por El Mate ha sido revisada y adaptada por el autor. https://www.humanite.fr/ traducción Natalia Marcovecchio, Gabriela Marcovecchio

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