La situación sin precedentes que planteó la suspensión de las clases presenciales a escala generalizada dejó en evidencia las dificultades de los sistemas educativos y al mismo tiempo una capacidad de adaptación y redireccionamiento en un tiempo record. Si tantas veces se ha planteado que en educación los cambios son lentos, atraviesan resistencias y requieren tiempo, el cierre de los establecimientos condujo a continuar con la escolaridad por otros medios. La escuela presencial sucumbió al homeschooling y al uso de la tecnología disponible para seguir allí en pie. Es interesante porque la respuesta global ante este momento de excepcionalidad ha sido continuar con el funcionamiento escolar, inclusive en los países y regiones donde la pandemia alcanza niveles críticos. La maquinaria educativa no se detuvo y transmutó por otros medios a algunas nuevas prácticas y probablemente a muchas otras antiguas.

Revisando artículos publicados a lo largo de estos días acerca de las respuestas de diferentes naciones ante la situación educativa se registran problemas recurrentes; las grandes desigualdades se hacen presentes tanto en los países latinoamericanos como en los centrales. Así, las brechas en el acceso a la tecnología, las dificultades para llevar adelante la escuela en los hogares en virtud de las condiciones de vida y los estímulos culturales de las familias, la atención de la escuela de necesidades básicas como las alimentarias y de contención social, los límites en los repertorios pedagógicos de los docentes, las condiciones de trabajo de los profesores y el escaso reconocimiento social en el que estaban sumidos son algunos temas que se tratan.

Pese a todo lo anterior, hace semanas millones de personas (niños, jóvenes, docentes, administradores educativos y familias) estamos inmersos en un experimento social que muy probablemente remodelará las escuelas, la idea de la educación y cómo se entiende el aprendizaje en el siglo XXI. La pandemia está obligando a todos estos actores a pensar críticamente, a resolver problemas, a ser originales, a comunicarse, a colaborar y a aumentar la velocidad de respuesta. También está revelando que hay otra manera posible de educar.

La pandemia llevó las escuelas a los hogares e hizo visibles las condiciones en que enseñan nuestros sistemas educativos. Con ancho de banda o mediante fotocopias con tareas escolares distribuidas podemos tener un termómetro del estado educativo en términos pedagógicos y de los aprendizajes que las escuelas promueven. No es una cuestión de cuántos artefactos, apps y bytes estén en circulación o cuántas restricciones de acceso hay, sino de los saberes que la escuela está poniendo en juego, las chances que brinda a los niños y jóvenes de saberse parte de ese conocimiento y reconocer sus potencialidades para producir ideas, soluciones y reflexiones sobre el mundo que los rodea. En síntesis, se trata de sintonizar la escuela con el planeta que, como dejó en evidencia esta pandemia, se encuentra en plena transformación.

Antes de la cuarentena me encontraba escribiendo un artículo sobre las innovaciones en educación. La tesis central que planteaba era que históricamente los cambios educativos más profundos fueron impulsados por fuerzas extrínsecas al propio sistema escolar. En ese texto, aún inconcluso, intentaba argumentar que las grandes transformaciones desde la Didáctica Magna de Comenio en adelante respondieron a necesidades y demandas extraescolares que fueron vehiculizadas por la educación y devinieron en opciones pedagógicas. Esa observación procuraba discutir la idea ingenua de que el impulso de los cambios más disruptivos se generan por la acción del microclima escolar.

La situación actual constata en parte esa idea y hace pensar que, cuando pase la pandemia, las escuelas pueden ser revolucionadas por esta experiencia o pueden volver a la vida de todos los días y a hacer lo mismo que antes (como en su momento ocurrió con la situación de cierre de escuelas por la gripe A). Sin embargo, el mundo post-coronavirus, marcado por el aumento del desempleo, la probable recesión, la transformación social, la revisión de paradigmas y formas de vida, probablemente exija cambios, aunque las escuelas sean renuentes.

La crisis está dando oportunidades de buscar soluciones alternativas, de juntar recursos dispersos, de conectar plataformas disponibles, de generar comunidades de práctica donde se adaptan ideas y se comparte con velocidad vertiginosa aquello que funciona y aquello que no. También hay un crecimiento acelerado de plataformas que usan inteligencia artificial y se han abierto para su uso gratuito en este contexto (cuestión que redundará en su desarrollo), así como organizaciones globales que están recopilando las mayores innovaciones en tiempo de pandemia para potenciarlas. Todas prácticas inexistentes cuando acudíamos a los edificios escolares.

Una incógnita a plantear es si este empujón forzado nos dará la chance de desarrollar opciones educativas que transformen la escuela moderna que insistía en seguir indemne en un mundo que ya era y es otro.

Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos, ¿qué haremos con la educación cuando pase el temblor?

Fuente: Sandra Ziegler, Coordinadora académica de la Maestría en Ciencia Sociales con orientación en Educación de FLACSO, para www.flacso.org.ar

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