Francis George Steiner (Neuilly-sur-Seine1929CambridgeReino Unido2020), conocido como George Steiner, fue un profesor, filósofo, crítico y teórico de la literatura y de la cultura franco-anglo-estadounidense, especialista en literatura comparada y teoría de la traducción. Autor de numerosos ensayos sobre la teoría del lenguaje y la traducción, y sobre la filosofía de la educación, es más conocido por su crítica literaria, en particular en The New Yorker y The Times Literary Supplement. Escritor políglota (traductor en francés, alemán, inglés, italiano, griego, latín) y trilingüe perfecto, tiene tres lenguas maternas (fue educado simultáneamente en alemán, francés e inglés). Se definió como una persona extraterritorial. Arquetipo del intelectual europeo, estuvo inmerso en muchas culturas gracias a su educación trilingüe. Ardiente defensor de la cultura greco-latina clásica, y de la ineludible tarea de formarse en letras clásicas de quien aspire a ser humanista, fue uno de los pensadores europeos contemporáneos que podían leer obras escritas en muchos idiomas (además del griego y el latín, dominaba cinco idiomas vivos). Fue profesor emérito del Churchill College de la Universidad de Cambridge (desde 1961) y del St Anne’s College de la Universidad de Oxford. Su ámbito de interés principal fue la literatura comparada. Su obra como crítico tiende a la exploración, con reconocida brillantez, de temas culturales y filosóficos de interés permanente, contrastando con las corrientes más actuales por las que ha transitado buena parte de la crítica literaria contemporánea. Su obra ensayística ha ejercido una importante influencia en el discurso intelectual público de los últimos cincuenta años.

A un nivel más restringido, pues eso supera un poco mis posibilidades, abordamos la semántica, es decir, el sentido del sentido, el estudio del misterio del sentido, la comprensión de la intencionalidad a la que se dirigen todos mis libros, de un modo u otro. Entonces, vuelvo al método medieval, que contiene cuatro etapas que recorren la lectura. Una lectura que se impone tanto y está tan presente que es posible confesar que no se comprende un poema o un párrafo y necesitamos aprenderlo de memoria. Eso no depende de técnica alguna sino de una metafísica que se hace amor, que se hace Eros. 

Pues lo que se sabe de memoria es inalienable; es imposible quitar a nadie lo que lleva en sí mismo de conocimiento, en un mundo donde reinan la censura y la opresión, el ruido, el exilio en una condición humana que no se limita a una seguridad material vacía de cualquier interioridad. Grandes espíritus han sobrevivido a la opresión porque sabían de memoria algunos textos. Saber de memoria una página de prosa no es un ejercicio, pues ese logos penetra en nosotros, demasiado difícil o violento tal vez, inaceptable, pero significa que le invitamos a acomodarse en la casa de nuestro ser y que aceptamos vivir juntos. 

Es arriesgarse a que, cierta noche, un texto, un cuadro, una sonata llamen a nuestra puerta –Reales presencias gira por completo en torno a esa imagen- y es posible que el invitado destruya e incendie por completo la casa. Es posible también que nos desvalije con un gran aletazo. Pero es preciso aceptar al texto en nosotros mismos, no tengo palabras para describir la riqueza de esta experiencia que he hecho mil veces, especialmente leyendo la Ética de Spinoza, que es para mí una referencia última. 

Leo cada día Heráclito y algunos poetas modernos, como Paul Celan, y aunque no comprendiera esos textos, los aprendo de memoria para que formen parte integrante de mi ser. De pronto la obra me acoge, sin explicarse, y tengo por fin acceso al poema. Pero no por ello puedo regresar a mis seminarios gritando que he comprendido por fin la obra, algo que sería arrogante y pretencioso a la vez. Es cierto, no obstante, que la incomprensión se ha transformado en amor, en fertilidad, en acto de confianza hacia algo que se me escapa. 

Me gustaría ilustrar mis palabras con una experiencia que realicé, sin éxito, en Estados Unidos. Fui introducido en un grupo de terapia gestual donde me propusieron tener acceso al nivel elemental de meditación dejándome caer hacia atrás, sin tener miedo, porque se pondrían a mi espalda para cogerme. Fracasé en el ejercicio, que me turba mucho. Realmente lo intenté, veía que otras personas abandonaban con absoluta confianza y se dejaban caer hacia atrás cerrando los ojos, pero no llegué al mismo resultado, pues para realizar bien la experiencia es necesario estar relajado en el plano espiritual, at homeless, es decir, estar en la vida como en la propia casa, tener el alma en paz. 

Experimento esa sensación, pero cuando leo los grandes textos de filosofía y metafísica o cuando enriquezco mi cultura artística. Entonces me abandono y, a veces, caigo al suelo pero aprendo a cómo confiar en lo absoluto y lo inaccesible. Mi más ferviente deseo sería haber pasado la vida leyendo, leyendo en el sentido más amplio de término, como se dice en inglés I read a paintingI read a symphony, es decir, haber incluido en esa práctica las bellas artes y la música. 

Toda mi obra se funda en la primera línea de Tolstoi y Dostoievski que toda crítica verdadera es un acto de amor. Eso me coloca a contrapelo de las disciplinas modernas, ya sean críticas, académicas, deconstruccionistas o semióticas. A mi entender, cualquier buena lectura paga una deuda de amor.

George Steiner
Entrevista con Jahanbegloo

Foto: George Steiner en su casa de Cambridge
Fuente: Le Monde

Fuente: https://calledelorco.com

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