Federico García Lorca fue dramaturgo y prosista español, conocido por su destreza en muchas otras artes. Adscrito a la generación del 27, fue el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo xx. Como dramaturgo se le considera una de las cimas del teatro español del siglo xx, junto con Valle-Inclán y Buero Vallejo. Murió asesinado un mes después del golpe de Estado con el que tuvo lugar el inicio de la guerra civil española, en agosto de 1936. El centro que custodia su legado en Granada inauguró este año «Jardín deshecho», la primera gran muestra de la institución

Semanas antes del estallido de la guerra civil, en tren regresando los dos de Córdoba, Federico García Lorca improvisa en un papel unos versos para Juan Ramírez de Lucas, su último amor, que dicen: «Aquel lindo de cintura, / rubio galán sin sombrero, / sembró por mi noche obscura / su amarillo jazminero. / Tanto me quiero y le quiero, / que mis ojos se llevó». Federico tenía entonces 38 años y apenas unos meses después, la mañana del 18 de agosto de 1936, fue asesinado en el barranco de Víznar por secuaces fascistas. Las cartas que Federico escribió a su joven novio y que él guardó con celo y secreto hasta el último día de su vida son una de las piezas más valiosas de la exposición Jardín deshecho: Lorca y el amor, la primera gran muestra que organiza el Centro Federico García Lorca de Granada, que custodia su obra, abierta hasta el día de Reyes del año próximo.

Que un poeta hable y escriba de amor se antoja una redundancia. Pero que sea Lorca quien lo haga constituye un pleonasmo aún mayor. Y es que no hubo en el pasado siglo un autor más atado a esa irracionalidad, a esa «norma que agita igual carne y lucero», nadie cuya obra anduviera tan mojada de deseo, voz, hambre, carnalidad, presagios y dolor. La muestra, inaugurada ayer por el ministro de Cultura en funciones, José Girao, y por la consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Patricia del Pozo, hurga en tres palabras sobre las que Federico pensó y escribió sin descanso hasta su temprana muerte unas semanas después de dar comienzo la guerra del 36. Amor, deseo y sexualidad son tres conceptos próximos, pero de significado diferente que él gozó y padeció en porcentajes similares.

La exposición está comisariada por el hispanista estadounidense Christopher Maurer que en declaraciones a este periódico ha recordado cómo Federico no estuvo jamás interesado en añadir teorías al amor. «Él solía repetir de modo insistente: ‘Solo quiero amar y ser amado’ y su obra, vista y analizada con perspectiva, es un reflejo de ese sencillo empeño», dice Maurer.

Luego está el título de la exposición que es un brillante hallazgo: «Federico vislumbra el encuentro amoroso en los jardines románticos -sostiene el comisario de la muestra-, una suerte de espacio de creación literaria donde halla descanso su deseo homoerótico y los hombres a los que amó». El jardín es una elegía de Lope y recuerda aquella frase deliciosa de Pedro Soto de Rojas que rememoraba «los jardines abiertos para pocos». Que sea un jardín deshecho tiene que ver con el rumbo que cobró su vida, su trágico final, aquel «yo le metí dos tiros en el culo por maricón» que vomitó esos días terribles un conocido personaje granadino.

Lorca y el amor ocupa todas las salas expositivas del centro ubicado en la plaza de la Romanilla, a la sombra de la Catedral de Granada. En 1937, Vicente Aleixandre dijo de él: «Amó mucho, cualidad que algunos superficiales le negaron. Y sufrió por amor, lo que probablemente nadie supo». Las cinco salas en las que se divide la muestra son otros cinco grandes momentos de su vida. La primera rememora sus inicios como poeta entre 1916 y 1918, los amores imposibles o no correspondidos y el nacimiento a una conciencia social que lo acompañará durante las dos siguientes décadas. La segunda sala detalla su relación con Salvador Dalí qué el pintor calificó como «un amor erótico y trágico por el hecho de no poderlo compartir» y que el poeta tuvo siempre como uno de los más apasionados y sinceros de su vida. En la tercera sala, Federico marcha a Nueva York, compone su Poeta, la célebre Oda a Walt Whitman y su valiente drama homoerótico titulado El público. Las dos últimas salas están dedicadas a sus años en Madrid, su madurez como dramaturgo y a la relación que mantuvo con Rafael Rodríguez Rapún, quizá el amor de su vida, que lo acompañó los primeros años treinta con el grupo teatral de La Barraca.Federico decía de sí mismo: «Soy un hombre hecho para desear y no para conseguir». Y antes de que lo mataran sostuvo: «Que no se acabe nunca la madeja / del te quiero me quieres». Lorca desdeñó siempre la homofobia que sentía tan cerca y las murmuraciones a propósito de su deseo hacia los hombres. Tan solo se cuidó para que su familia no sufriera a causa suya. El autor de La Casa de Bernarda Alba no pensó jamás que moriría de un tiro, una mañana muy temprano en un paraje a las afueras de su Granada. Antes de recluirse en la casa de los Rosales en aquellos días negros del comienzo de la guerra, Federico habría de recordar sus «Sonetos del amor oscuro» donde transparenta la literatura del renacimiento, de Petrarca a San Juan de la Cruz, la poesía árabe que tan cerca tuvo, la alargada sombra de Santa Teresa, la visión permanente del amado y ese irrenunciable anhelo por convertir cada verso suyo en un acto legítimo y sincero de amor. A modo de testamento, Federico dejó escrito: «Quiero dormir el sueño de las manzanas, / alejarme del tumulto de los cementerios. / Quiero dormir el sueño de aquel niño / que quería cortarse el corazón en alta mar».

FUENTE: MANUEL MATEO PÉREZ  PARA HTTPS://WWW.ELMUNDO.ES/

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