Los que aprendimos a leer con Mafalda, los que nos llevábamos la historieta a la cama antes de que fuera hora de levantarnos del todo, los que la usábamos de bálsamo para transcurrir las horas muertas de una siesta paterna obligada, los que entendimos algunos chistes al principio y después otro, y otro más a medida que pasaban los años, sentimos que también representa la juventud rebelde. 

Las ideas más progresistas de Mafalda tienen que ver con sus aportes humanistas y transformadores. Sueña efectivamente con cambiar el mundo, y sabe que los jóvenes son el motor. “Si no cambiamos el mundo rápido es el mundo el que nos cambia a nosotros”.

Quino, su creador, va eligiendo el camino de un humanismo universal, que expresa al ser humano de naturaleza libre en todas las épocas y lugares, y es por esto que puede ser retomado hoy, tanto en Europa como en Medio Oriente. En un reportaje de 1987, Quino dice estar “convencido de que si alguien no modificaba un gen del hombre, éste desaparecería a corto plazo”.

Mafalda se conmueve por la pobreza, es capaz de increpar a sus padres, a sus maestros, a los viejos conservadores en la calle, a sus amigos más queridos. Como ícono simboliza el compromiso y la acción. Su autor, Quino, la eligió como líder, ya que incluso muchas veces la hace interpelar al lector. Pero hay algo más: Mafalda es Mafalda gracias a sus amigos (y su hermanito), quienes al fin de cuentas son quienes la terminan de construir. Quizás por oposición, por contradicción, por incorrección o resquicio de humanidad, entre todos arman la síntesis que (creemos) Quino estaba buscando desde el principio. Después de los 70, Quino parece apreciar más a sus personajes secundarios y abandonar la tendencia a la funcionalidad con respecto al principal.

En realidad, todos los personajes van reforzando el programa de Mafalda. Felipe es el más simpatizante de sus ideas, pero a veces, por debilidad política, no la sigue. Miguelito, en cambio, vive en su mundo de fantasía.

Sus sueños de ser intérprete de la ONU tienen que ver con el rol de intermediario, de favorecer el diálogo entre los distintos sectores que no se entienden entre sí. Pero al mismo tiempo critica este organismo por inservible e inútil. Y en una carta al director de Siete Días, Mafalda le aclara que si tiene que mentir en la traducción para que los países se entiendan, lo va a hacer.

A partir de allí se permite desarrollar cada una de sus personalidades en un juego magistral del absurdo y la cotidianeidad que será muy difícil de repetir en el humor gráfico argentino. El dibujo justo, el gesto exacto, los ojos como dos puntitos que hablan (“¡No logro entender cómo es posible que a veces tengo que borrar 15 veces un puntito hasta que sale con la expresión que quiero darle!”, dijo una vez), y el chiste que surge al mismo tiempo desde el ingenio y la ingenuidad.

Es este universo el que le da vida a Mafalda, y cada personaje es una pieza indispensable.

Ideario de Mafalda

  • Desarme mundial por la paz (es la consigna más reforzada a lo largo de toda la tira)
  • En contra del hambre y la pobreza en el mundo (“Techo, trabajo y bienestar a los pobres” dice en una oportunidad)
  • El mundo está enfermo (“tiene un comunismo que vuela”)
  • Los derechos humanos están torcidos (cuando Manolito cree que se refiere a los árboles de la plaza)
  • Democracia y mandato completo de los gobiernos (“gobiernos caramelo” que no terminan por culpa de los golpes militares, “otra vez sopa”)
  • Autodeterminación de los pueblos (el pelo de Manolito que se rebela ante la gomina)
  • Amor a la Patria todos los días (no sólo en las fechas patrias) y defensa del idioma nacional
  • Antiimperialismo (en un chiste en torno al chupete de Guille, se pregunta si los países grandes le sacan el chupete a los chicos)
  • Antiglobalización (en un sueño, un capitalista que dice no pertenecer a ningún país, “oprime” la cabeza de la estatua de la libertad para usarla como encendedor)
  • Antiextractivismo (queda claro en un chiste donde Guille es amamantado por Raquel, y Mafalda lo compara con la “No se qué Oil-Company” en Venezuela)
  • Igualdad trans (Felipe con la flor en la cabeza, mientras un viejo pacato le dice: “qué asco de generación”)
  • Educación constructivista (crítica a la educación depositaria, la cabeza como envase, cuando Mafalda se mide la cabeza para saber si le va a entrar todo el conocimiento escolar)
  • Familia moderna (burla a la educación represiva de los “comandos paramaternales”)
  • Cultura progresista (defensa ¡a muerte! de Los Beatles)
  • Rol político de la mujer (más que una crítica al patriarcado es un reclamo a la mujer para que salga del cascarón: Mafalda va contra la idea de “ver la vida a través de un rulero”)
  • Crítica al conformismo adulto (sobre todo a su padre y a su maestra)
  • Crítica al asistencialismo y la caridad (Susanita con su “Fundación de Ayuda al Desválido”)
  • Espacios públicos libres (si a Mafalda le indignaban los carteles de prohibido pisar el césped podemos suponer que hoy le hubieran indignado las plazas enjauladas de la ciudad)

Universo de personajes

Manolito

Manolito (de apellido Goreiro según firma en sus inconcebibles pruebas escolares) va conformando una especie de filosofía o religión del Almacén Don Manolo. “Teología del endeudado”, dícese de la invocación divina en la cama (“ay dios”) antes de dormir, que según Manolito aumenta a medida que avanza el mes. O la plegaria cuando escucha a dos personas que caminan por la calle y uno de ellos (en una especie de milagro terrestre) dice que no tiene intención de cobrar una deuda: “De todo hay en este supermercado de Dios”.

En su afán por aumentar las ventas del almacén, Manolito recurre al único amigo que puede ayudarlo, quizás involuntariamente, sin saberlo (quedan descartados por supuesto Mafalda, Felipe y Susanita) el inofensivo Miguelito, quien se presta a hacerle publicidad a cambio de unos míseros caramelos de dudosa fecha de vencimiento.

En la oscuridad de su depósito no sólo encuentra los productos malolientes que irán directo a la oferta, sino también las ideas que irán dándole forma a su táctica vanguardista de ventas. ¿Dónde más puede tramar sus grafitis? “Fideos sin complejos Almacén Don Manolo”, un producto innovador que según Manolo, “les importa un pito el qué dirán”.

Y en sus estrategias alguna tal vez le salga mal, como el abuso de sus clientes ante el beneficio de la Manolo´s Card… ¡Mecacho!

Sin embargo, sus amigos lo admiran porque es el único que sabe lo que quiere. Sus sueños se mezclan con una cadena de supermercados en todo el mundo, incluso en el mundo comunista, donde podrá lucir el slogan Almacensky Manolov Vende Baratiushka.

¿Su enemigo? Susanita. Y una vez le dijo a Guille, cuando quiso tocar la canasta de compras: “¡Largá vos improductivo!”, pero no creemos que lo odie por eso.

Susanita

La relación de Susanita con sus amigos es un poco conflictiva. Ellos no la entienden ya que prefieren jugar a los pistoleros antes que a las mamás: “¡Más vale aburrirse sola que alternar con antimamistas!”, les grita ella enojada. Sus insultos son exabruptos funcionales: “¡Manga de renegados hijos de peatones! ¡Materialistas!”. No deja de hablar de sí misma y de sus sueños de doña conservadora. Cuando Felipe le pregunta cómo está, aprovecha y descarga toda su comunicación incomunicada: “Hoy me siento autobiográfica…” arranca. Ya nadie la escucha. “¡No sos abierta al monólogo!”, le increpa a Mafalda. Pero tiene a quién salir. Ella misma siente vergüenza cuando la madre habla por teléfono con su amiga: “Te juro que mal mirado el asunto es apasionante”. Admiramos a Susanita por su humor ácido y su inteligencia puesta en función de conseguir sus ambiciones: “Requiem para un gusanito” le dijo a Felipe antes de que mordiera su manzana y en el cuadro siguiente la vemos con el trofeo en su boca.

 Miguelito

Miguelito (Pitti, según sabemos por la maestra que toma lista mientras él aplaude su apellido) es el más “entero” de sus amiguitos. Igual que Guille, tiene todo el narcisismo que les falta (juntos) a Mafalda y a Felipe. Pero a diferencia de Susanita, que tiene un egocentrismo propio de la inseguridad, de la imposibilidad de ascenso social, Miguelito tiene un ego sano, salido de su más profundo y resguardado “pastito interior”, famosa frase que él mismo acuñó.

Como un niño sin culpa ni pecado original, Miguelito disfruta del egoísmo inofensivo de la primera edad. Cuando Susanita le pide un bocado de su helado, a pesar de la advertencia muy probable de engendrar un sapo en la barriga, le contesta sin levantar la mirada: “A decir verdad, los egoístas nunca dimos mucho crédito a esa leyenda repugnante”.

A lo largo de la tira se gana su lugar, a fuerza de parecer antisocial. Como aquella vez que todos sus amigos hablan al mismo tiempo y él les pide unos segundos de silencio: “Gracias, sentía nostalgias de estar un poquito conmigo”. Si bien tenía todos los síntomas del hijo único, sufría una gran castración por parte de su madre obsesionada por la limpieza. En su hogar, donde tiene que entrar con patines encerados, siente una presión enorme de ser la única diversión infantil: “Tengo que apechugar yo solito con ser la alegría del hogar”, le explica a Mafalda, que lo tiene a Guille. La relación con su madre es conflictiva. Miguelito, en su máxima sabiduría, no entiende por qué son necesarias tantas prohibiciones para ser feliz: “¿De qué te sirve ser niño si no te dejan ejercer?”

Un día, Miguelito se levantó pedante. Así se lo dijo a Mafalda. “Hoy me levanté pedante. Me da mucha rabia, no puedo evitarlo”. Sus amigos lo fueron a visitar más tarde, para saber cómo estaba, y él les contestó: “Convencido de que si no llego a nacer ¡Qué golpe para la humanidad! ¿Ehé?”. Ojalá tuviéramos la sinceridad de Miguelito. Nos tendrían más paciencia en muchísimas situaciones.

Su maldad no tiene límites. Su perversión más grande es esconderse tras una medianera y gritarles con voz de perico a las señoras mayores. Una vez que la señora huye asustada, Miguelito reconoce preocupado, como si luchara contra un vicio: “¡Esta es una de las facetas más deplorables de mi personalidad!”. Es cierto, a veces siente vergüenza de sus propios escrúpulos, pero no parece seguro de querer superarlos. Si habla de sí mismo como si fuera otra persona, cosa que todos hemos hecho, se mofa estresado: “Esta doble vida me tiene los nervios a la miseria”.

Y hablando de enemigos (porque para Quino, en boca de Susanita, la docencia es la patronal) está su maestra, esa que les pregunta a los alumnos las cosas que ya sabe (“¡Y yo contestándole todo a esa estúpida con mi estúpido tonito paternal!”), a quien pone a prueba con su ignorancia desconcertante: “Los que conocemos nuestras propias limitaciones sabemos 8 x 5”

Tal vez no sea más que esa parte de la edad en la que uno forja su carácter. Su lucha contra el exterior llega incluso a disputarle importancia a sus zapatos: “¡Vieron cómo sin mí no son nadie!”; o al propio semáforo: “¡Pero también cuando YO quise cruzar!”… Pero en el fondo sabe que la debilidad también puede llegar a ser un valor, siempre y cuando uno se sienta orgulloso de llevarla a cuestas. Escondido tras un arbusto, lejos de la arañita que hizo salir de su escondite con su ramita molesta, le aclaró en voz alta: “¡Pero a que en mi lugar no tendrías el coraje de afrontar el papelón de ser un cobarde!”

Y cada tanto exterioriza, como un grito de justicia, su poder de niño: “¡Lo que es tener el chupetín por el palito eh!”, o “¡Si ésta (la pistola de juguete) fuera de carne y hueso ya verías!”. Quizás el personaje más impulsivo, sin filtros de ningún tipo, listo para la revuelta ya sea social o deportiva, el niño cabello de lechuga se muestra en completa guardia: “¡¡Un día de estos doy el Miguelazo!!”

 Felipe

Felipe muestra todas las debilidades del ser humano en la pre-adolescencia. Según el propio Quino, es el personaje más autobiográfico, no sólo por su timidez sino también por el vicio de las historietas y el gran poder de imaginación que le juega muchas veces en contra. También se dice que fue inspirado en su amigo Jorge Tamossi, por los dientes delanteros sobresalidos.

Admirador del Llanero Solitario, Felipe es la lucha interna entre la comodidad de su reducto privado (“¡Qué desastre! Hasta mis debilidades son más fuertes que yo”) y el enorme esfuerzo que implica salir de él para enfrentarse al mundo, ya sea la escuela (con todas las amenazas sociales, represivas y educativas) o la aceptación de su amor imposible y lejano, la pequeña Muriel (“la taradita”, según Susanita). Cuando llega tarde, aunque lleve una justificación de la madre, la escuela se transforma en un campo de concentración: “Der justifikativen Von Meine Mamá”.

Sólo una cosa lo puede movilizar para no quedarse dormido, y su madre lo utiliza astutamente: la posibilidad de dejar libre su lugar en el aula: “¡Jamás le daré esa oportunidad al cretino del gordito Bartolucci!”, grita a viva voz.

“La Tarea” es el terror. Lo inmoviliza. Tirado en un almohadón Felipe descubre que no le da vergüenza la vagancia: “Nunca termina uno de conocerse”. En esa lucha, sufre una especie de personalidad desdoblada, donde es más fuerte el lado más débil: “Ya tuve que dejarme influenciar por mí”.

Tan grande es el mundo interno de Felipe que caben en él historias de todo género, desde la ciencia ficción hasta las películas de vaqueros, mezclándose continuamente con una realidad de baja intensidad. Por la calle, bien vestido de Llanero, listo para enfrentar a los malvados que quieren destruir el mundo. El pajarito en el árbol parece sospechoso. ¡Bang!… pero no pasa nada… “¡Qué sabia es la naturaleza! Si ese pajarito caía muerto yo no pegaba un ojo en tres meses”.

Guille

Guillermo, el niño que consume chupete on the rocks, es quizás el más rebelde de todos. Expresa, junto con Miguelito, el germen de una nueva generación no traumada (el amor de sus padres, “loz viejoz”, no lo conmueve, prefiere soñar con el televisor). De chiquito es “candidato a los gases lacrimógenos” por su poderosa antifilosofía, tan cuestionadora como la filosofía de Mafalda. Y lo sabe, porque resguarda su fuente de inspiración peinándose con la cortina, ya que los peines pinchan las ideas.

Autónomo. Espera que todos se vayan para arrancar con la joda, los crayones y una botellita de coca. Salvo que Mafalda (a la que también llama vieja, “o te hacéz la joven ahora”) se quede, inesperadamente, para cuidarlo mientras todos creen que duerme: “¿no te ibaz con los viejoz voz?”. En la pared, como siempre, un garabato que posiblemente tenga un título como “paisaje pop”. Y las manchas en la cortina, seguramente obra de un gigante (los deditos manchados no significan nada, son por la propina que le dio).

Sofisticado, inconformista y exigente. Según Mafalda, “odia el éxito fácil”, por eso abandona el juguete nuevo, un artefacto lanza burbujas que funciona a la perfección. A pesar de todo, su hermana es su mejor amiga, por eso le queda un huequito en el alma cada vez que ella se va a la escuela. Con el viejo le pasa algo parecido, pero debe cuidarse de que su amor no provoque una catarata de llanto en su cabecita despeinada. Pero mientras ellos se desviven en el trabajo y la escuela, la casa queda para él y la vieja. Por las dudas lo confirma, a pesar de que la madre transpire la camiseta con la escoba: “¿nosotros piolaz?”.

 Libertad

Tan chiquita, transparente (sin filtro) y fugaz que casi no se nota, salvo cuando interrumpe los juegos invocando la revolución social. En la escuela casi no la ven cuando pasa al frente. Mejor, así no desvela más a su maestra haciéndole creer que el triángulo que tiene todos sus lados iguales no es el equilátero, sino el triángulo socialista.

Fuente: Martín Azcurra para   https://antiprincesasyantiheroes.wordpress.com/

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