¿Por qué las carreras tradicionales siguen siendo las más elegidas? El psicólogo Sergio Enrique asegura que en el imaginario social se las considera “garantía de éxito profesional”. Un debate de nunca acabar que trasciende las fronteras.

Las carreras universitarias tradicionales siguen siendo las más elegidas a la hora de estudiar. Los datos del último boletín estadístico de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) así lo demuestran: las Facultades de Ciencias Médicas, Económicas y Derecho reúnen la mayor cantidad de estudiantes. El psicólogo Sergio Enrique, especialista en orientación vocacional educativa, afirma que —entre otras razones— aún sigue pesando en el imaginario social que estos estudios “garantizan mayor prestigio y éxito profesional”.

El último Boletín Estadístico de la UNR señala que la Facultad de Ciencias Médicas es la que cuenta con más estudiantes: 17.457, a la que le siguen Ciencias Económicas con 12.654 alumnos y Derecho con 8.686. Y luego está Humanidades y Artes con 9.021, considerando que esta facultad dicta ocho carreras de grado diferentes. Otra de las facultades con una buena cantidad de alumnado es Psicología: son 6.844. En Ciencias Exactas (las ingenierías) hay 6.032 estudiantes y en Ciencia Política 4.915. En tanto que en Arquitectura 5.198, en Bioquímicas 3.826, en Agrarias con 1.871, en Veterinarias 1.554 y Odontología 1.524. Por otra parte, las tecnicaturas del Politécnico suman 1.747 estudiantes y la del Superior de Comercio con 422.

¿Por qué pesan tanto los estudios tradicionales en las y los jóvenes al momento de decidirse por una carrera universitaria? Sobre esta pregunta el psicólogo Sergio Enrique propone varias hipótesis como respuestas para reflexionar.

“Existen múltiples causas” es lo primero que define el educador y enseguida analiza algunas de esas razones. Desde el campo de la orientación vocacional y desde la psicología, señala que la decisión por volcarse a una carrera tradicional es una constante que se repite a nivel local, nacional y mundial. “El boletín estadístico de Unicef 2016 muestra porcentajes muy similares de egresados de carreras tradicionales y menos de las vinculadas a lo científico técnico”, apunta.

Analiza que se trata de carreras ofertadas por una gran cantidad de casas de estudios y con gran cobertura en las grandes ciudades, lo cual deja en desventaja a otras profesiones.

Un tema clave que pesa en estas definiciones estudiantiles es el lugar que tienen en el imaginario social. “Son carreras, sobre todo medicina, derecho y económicas, que gozan de estatus social, legitimidad y de prestigio social. En el imaginario son carreras que todavía son consideradas modelos de éxito profesional y personal. La realidad del empleo y trabajo profesional es distinta”, aclara Enrique.

A otra de las razones el psicólogo la ubica en la fuerte incumbencia profesional con que estas profesiones intervienen en la sociedad y se relacionan con el medio. Y para las familias que acompañan estas decisiones de sus hijas o hijos, tienen representaciones sociales construidas que les “asegurarían” un futuro empleo. Desde esa perspectiva, estos estudios parecieran ofrecerles “un futuro menos incierto”.

Esa creencia de tener un “futuro asegurado” con los títulos de medicina o derecho, por ejemplo, por lo general se da de dos maneras. “Una es la reproducción de las elecciones familiares, la otra porque la idea de ascenso social a través de estas carreras sigue pesando en el caso de quienes son primera generación en acceder a la educación superior”, dice el especialista.

En el primer caso se inscriben los ejemplos de las familias de abogados o de médicos, en el segundo lo que tan bien cuenta la literatura a través de la obra de Florencio Sánchez con M’hijo el dotor. “Son las figuras representativas frente a la sociedad y que atraen más”, agrega Enrique.

Otro de los argumentos que explican por qué tantas chicas y chicos se inscriben en estas formaciones es por la exigencia social establecida de que al terminar la escuela secundaria hay que elegir una carrera sí o sí. Algo que va, en muchos casos, —asegura el psicólogo— en detrimento de otros proyectos e intereses que puedan tener las y los jóvenes.

Enrique apunta que aquí es donde se suele escuchar a las familias advertir: “Bueno, hacé eso, pero estudiá algo”, como si “eso” para hacer no fuera lo deseado también.

Las trayectorias escolares, en particular lo aprendido en la escuela secundaria, son otras de las motivaciones que determinan qué seguir a nivel superior. A veces esos conocimientos, en particular matemática, física o química, “son vistos por los jóvenes como muy inadecuados para otro tipo de elecciones, como las llamadas áreas duras”, en las que se inscriben las carreras científicas. “La falta de preparación hace que no se identifiquen con esas carreras que tiene alta demanda y escasos graduados”, dice.

Sergio Enrique ha participado y participa de diversos proyectos que analizan el campo de las orientaciones vocacionales profesionales. Un dato que surge en ese trabajo es el “escaso acompañamiento en los proyectos de la vida de los jóvenes en el sistema educativo”.

“Un buen número de jóvenes ingresa a la universidad sin la información necesaria para poder elegir y construir proyectos de vida a largo plazo. Las políticas públicas muchas veces hacen agua y no abordan la diversidad de las transiciones estudiantiles y juveniles existentes”, expresa y cita como ejemplo el Programa Nexos del Ministerio de Educación de la Nación que no acompaña la elección de todos los jóvenes sino que se limita a un número reducido de escuelas, que por lo general están en mejores condiciones que el resto.

Esa falta de acompañamiento adecuado hace que cuatro de cada diez alumnos que comienzan una carrera universitaria la dejen o cambien en el primer año. “El 40 por ciento de los jóvenes que está en primer año abandona o cambia de carrera. Esta es una constante que se va incrementando”. La hipótesis que comparte Enrique sobre estos números es la dilatación de una decisión vocacional.

Mayor difusión de las posibilidades de estudio, trabajar más en el sistema educativo, desde el último año de la primaria y en todo el secundario en el campo de la orientación vocacional seguramente redundará en un mejor acompañamiento de los estudiantes, también que se inclinen por otras carreras.

A esas estrategias que cita Enrique agrega las de garantizar desde el Estado la igualdad de ofertas, porque justamente la mayor parte de los estudios que se inscriben en los de “las nuevas demandas” se ofrecen en el ámbito privado. “Eso condiciona la elección de los jóvenes porque prima la cuestión económica, y terminan eligiendo una que se le parezca en el ámbito público”, manifiesta.

Sergio Enrique es psicólogo, especialista en orientación vocacional educativa. Trabaja en la Universidad Nacional de Rosario en el área de orientación, también es orientador en la Escuela Integral de Fisherton. Otra de sus áreas profesionales está ligada a la Fundación Eduardo Schwank , además de enseñar en la formación de grado y posgrado.


Fuente: Marcela Isaías para http://www.lacapital.com.ar

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