Educación intratable

La educación es una cuestión de debate constante en los discursos mediáticos. Es un gran tema que aglutina controversias, tensiones y sentidos políticamente correctos. Es una tónica que atraviesa numerosas emisiones del programa televisivo Intratables en la pantalla de América TV. Se apela a ella cuando la agenda mediática hegemónica la reactiva en circunstancias coyunturales o bien cuando es necesario correr levemente el eje de temáticas que cuestionan la legitimidad del proyecto político del macrismo.

Así se ganaron escenas de pantalla con voces autorizadas que mencionaban la tragedia educativa que asola a nuestro país, de la importancia de un plan a largo plazo y la confirmación de que a los políticos esta cuestión no les interesa. Supimos, por ejemplo, que el abuelo de Santiago del Moro fue hasta segundo grado pero que eso no le impidió tener muchos libros en su casa. Algo que es necesario destacar como preocupación de ese hombre. Pero una anécdota sin contexto y relaciones argumentales poco aporta a una discusión que se presupone a largo plazo. La suma de anécdotas no hace una política pública.

La concepción de lo educativo que tienen las voces de Intratables se liga a visiones enciclopedistas, con dimensiones neutras y apolíticas de los contenidos, de adquisición de competencias para una sociedad más tecnologizada, donde el esfuerzo propio garantiza la superación y el ascenso social. Bajo el agite del lema de sociedad de conocimiento se agrupan imaginarios de lo más diversos acerca de lo que debería hacer la escuela. Para el panel de periodistas, esto es lo central para mejorar la “educación de nuestro país”. Cuando la conflictividad de la vida en común se cuela en las aulas es el elemento sustancial para espectacularizar, nuevamente, la tragedia educativa argentina.

La figura docente que rescatan en el programa es aquella que tiene una práctica individual, proclive a las narraciones de heroicidad mediáticas y cuyo esfuerzo se supone no es reconocido. Fueron presentadas como casos de este tipo la docente que le escribió la carta a Lionel Messi para decirle que salir segundo es importante, la maestra rural que atraviesa el campo inundado subida a un tractor para llegar a la escuela. Ahora bien, cuando esas figuras docentes se organizan colectivamente para que sus esfuerzos sean reconocidos salarialmente, al igual que sus demandas por mayor infraestructura, capacitaciones y materiales para trabajar, son ubicadas como maestras que tienen de rehenes a sus alumnos para no trabajar.

El panel les pide a los chicos –así en masculino y plural– que tienen que aprender a leer, a argumentar racionalmente, a escuchar, ser críticos, a escucharse porque el mundo del futuro se los exigirá. El mundo adulto céntrico les señala estas consignas para poner en práctica. Justamente, lo solicitan periodistas que a apelan a “son todos chorros” para salirse de discusiones de las que ya no tienen argumentos para exponer, que elevan el tono de voz para dar la presunción de un mayor peso específico de su discurso, que la historización y la contextualización de problemáticas sociales es algo infrecuente. Pero también lo hace un mundo adulto que apela a la descalificación personal del otro para menospreciar su lectura del mundo y pensar que la suya es superior. Un relator de fútbol televisado que no sabe si fue gol o no le pide a los docentes que no sean vagos y laburen y a los chicos que estudien. La admisión del error, como parte inherente de los procesos de formación, no se contempla como educativo.

En Intratables se apela a que un chico –insisto con el masculino– de la Puna tenga los mismos aprendizajes que otro de Buenos Aires. En sí mismo, esto es algo para destacar como una aspiración a reducir las desigualdades, si no fuera porque en realidad esconde la necesidad de atender los contextos. La educación se supone un universal abstracto, un valor independiente de la historia y los contextos ensamblados. De esa forma, el sentido común de lo educativo configurado en Intratables construye un sistema híbrido de evaluación de la educación a partir de la combinación de los programas televisivos de preguntas y respuestas y los lineamientos de los organismos internacionales condensados en las pruebas PISA. Los saberes sociales y el pensamiento históricamente situado no caben en esa maquinaria de evaluación.

Paulo Freire sostenía que la educación es un acto político. Intratables –como un gran conglomerado argumental del sentido común– también lo sabe y lo hace jugar a favor de una mirada profundamente clasista, aunque lo niegue.

Fuente:  Darío G. Martínez (Becario postdoctoral Conicet, Universidad Nacional de La Plata) para www.pagina12.com.ar

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