Reforma del 18: homenaje y compromiso

En la celebración de su centenario, es alentador ver el amplio reconocimiento que la Reforma Universitaria de 1918 despierta en los más amplios círculos historiográficos e institucionales. Pero, la oportunidad es propicia para rescatar su naturaleza polémica, irritante, ajena a cualquier unanimidad. El papel de la Reforma ha sido crítico, liberador, aperturista, renovador e ilustrado. Aunque también tuvo sus traspiés, sus inconsecuencias y, en algunos períodos, una cierta tendencia a la inercia. Por eso los homenajes que se jalonaron en todos los años terminados en cero, hacen de la Reforma a veces un grito de denuncia y rebeldía, a veces un rito formal, acaso tibio y políticamente correcto.
Este cumpleaños secular, resumen de todos los homenajes hasta ahora conocidos, encierra algunos enigmas: ¿Qué facetas de la multicolor Reforma sobresaldrán? ¿Se fortalecerá la imagen de un reformismo cristalizado o renovado en contenidos contemporáneos? Frente a la comprobación de que este centenario es celebrado por diversas corrientes argentinas, cabe preguntase si el talante de desafío y osadía de la Reforma habrá quedado en el rincón de los recuerdos, como si ya no hubiera luchas para las cuales su estandarte morado pudiera ser símbolo y motivo. Es bueno el acuerdo generalizado sobre la trascendencia de un movimiento cultural proyectado al futuro. Pero, quizás no lo sea que el frío del bronce amenace su vitalidad, su fibra, su pulso contestatario.
Por eso, para evitar la quietud del mausoleo, es preciso recorrer una y otra vez sus orígenes, entender sus fuentes, el azar de su aparición y las constantes de su permanencia. Esa necesidad comprende a los mayores, que podrían ceder a la tentación consagratoria, pero en buena medida también a los jóvenes. El manifiesto decía que la juventud “vive siempre en trance de heroísmo”. Pero, cien años después cabe la duda. La juventud idealizada por la teoría generacional en que creían sus gestores –no sólo los muchachos, también los maestros- ya no está presente. La juventud de todos los tiempos tiene, sin dudas, sus caracteres propios y sus códigos de comunicación impenetrables para sus predecesores. Pero no hay juventud eterna.
El movimiento estudiantil es clave para que haya Reforma Universitaria, es su actor colectivo por excelencia. El relieve, la dinámica, la frescura y la audacia con la que los dirigentes estudiantiles de cada época van dejando testimonio de su paso por las universidades es el signo indiscutible para la recreación innovadora del movimiento. Los profesores, los directivos, los políticos con identidad reformista juegan, desde luego un papel importante. También los que no son reformistas por el reconocimiento que muestren, las controversias que susciten y los debates a los que estén predispuestos. Pero, la presencia activa de los estudiantes es la materia crítica para la continuidad y profundización de la Reforma. La continuidad del movimiento estudiantil en la Argentina, con su organización en agrupaciones, centros y federaciones regionales, hasta llegar a la Federación Universitaria Argentina es la garantía fundamental de esa persistencia.
Puede trazarse, entonces, la parábola que une la actualidad del sistema universitario nacional con la Reforma Universitaria a lo largo de un siglo. Primero, la combativa revuelta estudiantil; pronto, su carácter nacional, social y democrático; en seguida, la proyección latinoamericana; más adelante, el afianzamiento de un programa para organizar y asegurar una confluencia sólida entre pueblo, ciencia y libertad en las universidades públicas; después los contrastes, los retrocesos, las derrotas; por fin, hace un tercio de siglo la recuperación democrática y la reconstrucción institucional del sistema universitario hecha en su nombre, que llega incluso a estamparse como cláusula constitucional para plasmar la contemporánea configuración universitaria argentina.
En la médula de la configuración la autonomía, el cogobierno y los concursos públicos, es decir un mecanismo efectivo de articulación entre los grupos académicos, las conducciones institucionales y los elencos gubernamentales, canalizado a través de la participación política interna de docentes y estudiantes. La confianza del gobierno federal en esas microrepúblicas de ciudadanos universitarios a quienes delega importantes potestades públicas es el cemento básico. También contribuye mucho la relación entre todas ellas para complementarse, cubrir el territorio, desplegar las clásicas funciones de enseñanza, investigación y extensión y sumarles las nuevas: posgrados, vinculación tecnológica, evaluación y acreditación, educación a distancia, internacionalización, planeamiento para el desarrollo.
Pero, la dimensión de esos logros no disminuye el deber de definir para cada época los problemas que subsisten, los atrasos que deben reconocerse, las falencias que entraban y paralizan, las amenazas que se ciernen desde afuera y desde adentro. Esos diagnósticos pueden formar la agenda de la política pública que se ejecute a la par en el ámbito estatal y en el universitario. El consenso sobre las grandes tareas nacionales podría marcar la convergencia entre las variadas corrientes político-culturales de la Argentina. No obstante, la vertiente reformista tiene sobre sus espaldas, por su específica tradición y por la originalidad de su larga trayectoria, los deberes adicionales de cultivar valores y sentidos que desde 1918 los comprometen y de cumplirlos con al menos una pizca del coraje, la originalidad y el ingenio de los precursores.
Fuente: Adolfo Stubrin para www.nuevospapeles.com

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