Alumnos, no usuarios

Investigadoras, investigadores y profesionales de la educación y áreas relacionadas elaboraron un documento crítico de la “transformación educativa” que pretende implementar el ministerio de Educación. Cuestionan la falta de debate, el desconocimiento de la realidad educativa y los términos que definen a los docentes como “animadores culturales” y a los estudiantes como “usuarios”.

Un grupo autoconvocado de investigadoras, investigadores y profesionales de la educación de más de 15 instituciones académicas, entre ellas el Conicet, realizó un extenso documento de análisis crítico acerca del proyecto Escuelas del Futuro que impulsa el ministerio de Educación de la Nación.

El Gobierno ha presentado el programa como una “propuesta educativa pedagógica innovadora” para los niveles primario y secundario de todo el país, como “un puente a la construcción del futuro”, capaz de proveer “una verdadera educación de vanguardia”, “otorgando a los estudiantes oportunidades para adquirir nuevos conocimientos como la programación y la robótica para cumplir sus sueños y proyectos”.

Sin embargo, el grupo de profesionales de la educación autoconvocado exigió un “análisis exhaustivo y abarcativo por parte de los diferentes agentes educativos”. “El proyecto no ha sido debatido con un amplio abanico de expertos, así como tampoco con aquellos que forman parte del sistema educativo. Esa situación nos convoca a analizar a fondo de qué se trata este proyecto”, advirtieron.

El documento, que ya está en manos del ministro de Educación, Alejandro Finnochiaro, lleva como título “Diez argumentos que cuestionan el proyecto nacional Escuelas del Futuro como pretensión de transformación educativa” y hace un repaso sobre lo que los investigadores consideraron como los puntos más flojos de la propuesta gubernamental.

Entre las principales críticas, se apunta a que la “Escuela del Futuro” prescinde de un “diagnóstico integral de la situación educativa actual, sus principales falencias, tensiones y capacidades”. Según los investigadores, se limita “principalmente a la incorporación masiva, acrítica y desarticulada de tecnología”. Y a la “laguna de datos y análisis que habrían permitido justificar la dirección del cambio propuesto, se le añade la falta de discriminación entre la educación de gestión pública y privada, así como del reconocimiento de necesidades, recursos y problemas jurisdiccionales”.

En el segundo punto, consideran que se “sobrevalora la función de la tecnología digital en la educación”. “No podemos plantear que las tecnologías por sí mismas promueven posibles cambios en las sociedades contemporáneas, sino que debemos considerarlas en el conjunto del uso, la distribución y las legitimaciones sociales que las acompañan; de los nuevos relatos del mundo y del yo que contribuyen a construir, así como de las diferenciaciones que profundizan o generan”, apuntan.

También critican la intención de “desdibujar los roles de docentes y estudiantes”. La figura docente, dicen los investigadores, se licua en la de “animadores del conocimiento”, mientras los estudiantes son identificados como “usuarios” o como personajes de mundos ficcionales (“héroes” y “superhéroes”) y oníricos (“sueños). “Esto se inscribe en la tendencia a la marketinización de la educación”, advierten.

El documento cuestiona la falta de contemplación de los “perjuicios del sobreuso de la tecnología digital para el desarrollo saludable e integral de los estudiantes” y apunta que el programa “concibe la enseñanza de modo que limita el abordaje de las complejidades del conocimiento y su construcción en la escuela”.

En ese sentido, continúa el documento, se “prescinde del carácter corporizado, situado y diverso del aprendizaje y la enseñanza”. “Dado que hoy día muchos niños y adolescentes pasan largas horas con diversos multimedios digitales en sus hogares, es importante brindar en el ámbito educativo oportunidades diferentes vinculadas a la experiencia encarnada ―es decir, que viene de tener un cuerpo―, situada ―es decir, que ocurre en un determinado contexto histórico y socio-cultural― y diversa ―es decir que atienda a los variados contextos pluriculturales y plurilingüísticos de nuestro país―”, apuntan los investigadores.

Las crítica también se centra en la “banalización y confusión” del proyecto gubernamental “al formular los campos y orígenes de los conocimientos”. Dice el documento: “La oposición entre áreas ‘tradicionales’ y ‘emergentes’ del saber no contempla el interjuego dinámico que conecta la producción, comunicación, preservación y transformación del conocimiento”.

Para los investigadores el proyecto “carece de perspectiva histórica y promueve una visión de progreso acrítica” y “formula una propuesta educativa respondiendo a criterios propios de la mercadotecnia”.

Por último, advierten que la Escuela del Futuro “elige productos de marcas definidas sobre los que se asientan la propuesta y las guías didácticas”. Todos los “ejes de implementación” requieren Windows, pese al importante desarrollo de sistemas operativos sofisticados y robustos de acceso libre, apunta el documento. Además, el hecho que los “ejes de implementación” consistan en “kits comerciales específicos coloca a las comunidades educativas en situación de dependencia de los proveedores y canaliza la formación docente en estas áreas en el uso de recursos determinados y limitados”.

Patricia Sadovsky, Doctora en Educación, profesora e investigadora de la Universidad Pedagógica Nacional, explicó a Página/12 que el colectivo cree que “hay que ir hacia un cambio, pero claramente no es éste”. “Hay afirmaciones contundentes sin respaldo de investigaciones, y que surgen de los enunciados de la OCDE, con lo que se desconoce gravemente la producción local de conocimiento”

“Es importante enfatizar que todos tenemos preocupación por el desarrollo de la escuela, sobre todo de la secundaria, pero no nos basamos sólo en las evaluaciones Aprender, que es lo único que toma el Gobierno. La escuela tiene una diversidad enorme, no se puede hablar de una escuela”, añadió.

Sadovsky señaló que el proyecto del Gobierno es “sólo un enunciado, sin especificar el cómo, con una sobrevaloración de la tecnología, un abordaje muy flojo y una pretensión fundacional, iniciática, como si acá no hubiese experiencias ricas de las cuales extraer ejemplos”. “Hace mucho tiempo planteamos una revisión la manera en que se distribuye el conocimiento en la escuela. Pero ese debate es con los docentes, con los trabajadores, con los recursos reales de la educación”, advirtió.

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