El Ché y Manuel de Falla

José Luis Castiñeira bucea en aspectos poco sabidos de la biografía del músico en un filme rodado entre Granada, Cádiz, Buenos Aires y Alta Gracia

JOSÉ ANTONIO MUÑOZ  GRANADA
Viernes, 27 octubre 2017, 00:41

Pocas personalidades en el mundo de la música y la composición son tan respetadas en Argentina como José Luis Castiñeira de Dios. Su currículo incluye un premio César de la Academia de Cine Francés -por la película ‘Tangos, el exilio de Gardel’-, tres premios Cóndor de la crítica argentina y un premio Horizontes del Festival de Cine de San Sebastián por ‘Cautiva’, el filme de Gastón Birabén. Dirigió a la Orquesta de París y a la Nacional de Argentina, fue director nacional de Música y Danza, y dio el salto al largometraje con una obra aplaudida por crítica y público, ‘Manuel de Falla, músico de dos mundos’.

Ayer, Castiñeira pasó por Granada para clausurar el programa granadino del ciclo ’70 años, 7 ciudades’, que recuerda la obra de Falla en el 70 aniversario de su fallecimiento. Bajo el brazo traía ese mismo filme que el martes se proyectó en la Biblioteca de Andalucía, y que revela algunos datos muy interesantes de la vida del músico, ordenando, para quienes no conocen la estancia del autor de ‘El amor brujo’ en Argentina, tanto los acontecimientos acaecidos allí, como también los que le condujeron a su exilio.

El filme arranca, por cierto, con uno de los más curiosos: el encuentro entre Falla, un anciano en su exilio cordobés, y un púber llamado Ernesto Guevara, al que todos acabarían conociendo como ‘Che’. La anécdota la refleja el escritor Daniel Moyano en su obra ‘El trino del diablo’. Moyano compartió la historia con Julio Cortázar, que le animó a escribirla. La historia ha sido verificada por varias fuentes, además. «Moyano era amigo del joven Ernesto Guevara, aunque ‘Che’ era un poco mayor. Iban a robar fruta en el jardín de Falla, donde había un durazno, un melocotonero, como le llaman ustedes aquí». Cosas de niños. El encuentro entre las dos personalidades fue, por tanto casual, pero no por ello menos simbólico e indicativo de la transición entre la época bélica y la posbélica, que parte por el eje la historia del siglo XX.

Además de los espacios, la gran protagonista de la película de Castiñeira es la música del maestro

Falla era una absoluta celebridad antes de llegar a Argentina, y fue recibido allí como una estrella. El cariño de la gente le abrumaba, «firmaba autógrafos por la calle y la gente le besaba las manos», asegura Castiñeira. El filme, narrado en primera persona, cuenta el periplo de un periodista que empieza a elaborar un reportaje sobre Falla con escepticismo, para irse introduciendo poco a poco en el universo del músico. Tras seguir su pista y descubrir algunos aspectos poco conocidos de su obra, descubre en el fondo que, más allá de los hechos, está el espíritu, la impronta de un genio, que se manifiesta en su producción musical.

La belleza de Granada
Entre los escenarios que aparecen en la película, se encuentra la Casa Museo de Manuel de Falla en Granada, lugar que visita uno de los personajes y donde recibe las explicaciones de una de las guías del museo, Mamen Nicás, que se interpreta a sí misma. Un bello texto en off trata de reproducir las sensaciones que el músico vivió en su privilegiada atalaya sobre la ciudad.

Con todo, los grandes protagonistas de la película no son los espacios; ni siquiera lo es el propio personaje de Falla. La gran protagonista es la música, que jalona la hora y media del metraje, interpretada con maestría por la Camerata Bariloche, uno de los conjuntos de cámara más prestigiosos del mundo; la Orquesta Metropolitana de Córdoba, el Coro de la Cantoría de La Merced, la cantante Susana Lago, la clavecinista Mónica Kosachov y los guitarristas Ariel López, Esteban Falabella y Roberto López, entre otros, quienes ofrecen sus interpretaciones en escenarios como el Teatro Colón de Buenos Aires, el Museo Larreta, el Teatro Libertador de Córdoba y hasta la propia casa en la que vivió Manuel de Falla en Alta Gracia.

Castiñeira ha dotado, pues, a su obra de una profundidad, incluso musicológica, que se deja entrever en sus propias reflexiones: «Cuando Falla escribe sobre la guitarra, explica de forma muy original la influencia de la misma en la música latinoamericana, porque va más allá de su mero papel como instrumento. Para él, es una especie de sistema previo al sistema occidental bachiano que encontramos en ‘El clave bien temperado’, porque la afinación al aire de las cuerdas no se ajusta al sistema europeo, sino que se acerca mucho más a otras músicas del mundo, con cuartas, con quintas, con interválicas, que ofrecen un resultado modal».

Esta búsqueda de otros sonidos, de otras influencias, se manifiesta también, según Castiñeira, en la conferencia que sobre el flamenco ofreció Lorca en el Hotel Alhambra Palace en junio de 1922, inspirada por Falla, y en la que Federico muestra cómo el cantaor entra en una especie de trance tras mirar al infinito, oír la guitarra y empezar el juego con su voz.

Precisamente, la muerte del poeta universal granadino fue el desencadenante de su salida de nuestro país, como recuerda el director. El Falla que llega a Buenos Aires es un hombre avejentado, con un peso moral en las espaldas, pero que no quiere dejarse llevar. Por ello, cuida su salud hasta el detalle -cinco horas al día dedica a hacer ejercicios-, como forma, no solo de evitar el dolor físico, sino de estar en forma para terminar su gran última obra, ‘Atlántida’, que finalmente no completa.

¿Fue feliz Falla en su exilio argentino? La pregunta queda en el aire. «Tuvo momentos de indudable reconocimiento, y ello le espoleó. Pero nunca fue feliz. Casi nadie puede ser feliz lejos de casa, observando cómo la situación española, primero, y mundial, después, se deteriora tanto», dice Castiñeira. En cualquier caso, lo que sí fue Falla, en todo momento, fue un artista fiel a sí mismo, y eso le hace aún más grande.

Fuente: Jose Antonio Muñoz para http://www.ideal.es/

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