Gracias, Juan Carlos por Horacio Finoli

Me enseñaste que para saber de educación, no sólo hay que leer de
educación.

Insistías siempre que Finlandia, antes que el ejemplo a seguir,
es un país con pocas deudas sociales.

Mirando televisión o leyendo los diarios, me pregunto si tu preocupación
por la formación de los periodistas no fue inútil.

Hay que investigar mucho para descubrir si alguien hizo por la equidad
social a través del conocimiento, más que vos.

La aparición de “El año de la muerte de Ricardo Reis”, a mediados de los
ochenta, sirvió para que habláramos de José Saramago, que te encantaba,
y de literatura.

Fueron los años de tu obsesión porque se ensanchaban las desigualdades
en América Latina y decías que, para achicarlas, no alcanzaba el
diagnóstico.

Tengo presente a los que te corrieron por derecha, al incorporarte al
sistema de Naciones Unidas, y a los que lo hicieron por izquierda, cuando
fuiste ministro del peronismo. Ellos siguen jugando al mejor postor.

Te pusiste en el bolsillo la abstracción de la academia y no usaste la
camiseta del fanatismo en la política.

Tu impronta de tantos años en la UNESCO y en FLACSO, fue como el gol
del Chango Cárdenas en Montevideo al Celtic: quién no lo recuerda?

Buenos Aires te podía: viviendo en Ginebra, salías de tu casa para el
Bureau International of Education, con la frase: “…tomo por la Juan B.
Justo derecho y llego rápido a la oficina…”

Me recomendaste una bibliografía adecuada para un autodidacta…porque
aunque falten los clásicos, yo te sigo leyendo.

El traje de pibe de barrio, es el que mejor te queda, porque llegaste a ser
el virtual ministro de Educación del mundo…un cambio que verán los
docentes y los chicos del siglo XXI.

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