El polémico sistema de una potencia

China, protagonista en el medallero olímpico, saca réditos de sus duros métodos de entrenamientos con chicos. La sospecha del doping genético.

AFP Con una frase similar a la de George Orwell, el ex nadador chino Fan Hong intentó justificar por qué su país es una potencia deportiva que no para de evolucionar. “El deporte competitivo es la guerra sin armas”. Ya lo es a nivel mundial como la primera economía del mundo, impulsada por la fuerza de sus 1.300 millones de habitantes. Los Juegos de Beijing fueron el aviso al mundo de que es un gigante que despertó, y en Londres lo están confirmando. Pero lo que no explicó Fan Hong es cómo China llegó a tener ese nivel: reclutamiento militar de atletas, métodos de entrenamiento estrictos –llenos de lágrimas–, políticas de Estado que no conocen de límites presupuestarios, sospechas de doping y misterio, mucho, detrás de un régimen que sólo muestra lo que quiere. Con sus deportistas, China quiere –terminar de– conquistar el mundo.

Hasta los Juegos de 1984, en Los Angeles, China nunca había ganado una medalla de oro. En Beijing acumuló 51. Y en Londres ya lleva ganadas veinte en siete días de competencia.

El crecimiento, se ve, fue descomunal en los últimos 28 años. Copiar a la Unión Soviética fue una de sus estrategias, que comenzaron a principios de los 80. El deporte como método de asalto al escenario internacional fue uno de los objetivos del Estado. En China, 400 mil niños de entre seis y 16 años son enviados a tres mil centros de entrenamiento distribuidos por todo el país. En esos centros se les recuerda que ellos son propiedad del Estado y el objetivo es ser primeros. Los gimnastas, tal vez, son los que más sufren la dureza de los entrenamientos. Un video, no apto para gente sensible, así lo demuestra:

En Londres, la nadadora Ye Shiwen, de apenas 16 años y 1,72 metro de altura, revolucionó la pileta del Aquatics Centre cuando nadó los 400 metros combinados en 4 minutos, 28 segundos y 43/100. Récord del mundo. Sus últimos 50 metros fueron incendiarios: los completó en 28,93 segundos, 17 centésimas más rápido que Ryan Lochte (1,88 metro), campeón olímpico de la misma prueba entre los hombres. “Me hubiese ganado”, dijo el estadounidense.

La natación es uno de los deportes que eligió China para convertirse en potencia. Los otros: saltos ornamentales, gimnasia y halterofilia. A Ye Shiwen la eligieron para que fuera nadadora a los seis años. Fueron sus manos y pies grandes (calza 41) los que determinaron ese destino. Así, con ese parámetro, la maquinaria china elige a sus nadadores. Y como no tenían especialistas, fueron por ellos. Llevaron a sus nadadores a Australia, a la academia de Denis Cotterrell, famoso entrenador de fondistas, para que les perfeccionara su técnica.

Entre Australia y el centro de alto rendimiento construido en los pies del Himalaya, cerca del Tíbet, viven entrenadores y atletas. No se les permite hacer declaraciones ni dar entrevistas. La clavadista Guo Jinijng ganó cuatro oros, dos en Atenas y dos en Beijing, y se retiró. “Quiero una vida tranquila. Para ser entrenador hay que ser estricto con los jóvenes, y yo no podría hacerlo”, le declaró al diario inglés The Mirror.

La actuación de Ye Shiwen levantó suspicacias en Occidente, como si la Guerra Fría tuviese su versión siglo XXI. “Inquietante, sospechoso e increíble”, dijo a The Guardian John Leonard, estadounidense y director ejecutivo de la Asociación Mundial de Entrenadores de Natación. La respuesta llegó desde una editorial del Global Times de China, diario del Estado: “Si Ye fuese americana, el tratamiento de los medios de Occidente sería diferente. Michael Phelps ganó ocho medallas de oro en Beijing y nadie cuestionó la autenticidad de sus resultados, probablemente porque él es americano”.

Pero China sí conoce de escándalos de dopaje, sobre todo en natación. En los Mundiales de 1998, en Perth, los chinos arrasaron. Pero después se descubrieron cuarenta positivos. Hace unos días, Chen Zhanghao, médico del equipo olímpico chino en los Juegos de Los Angeles, Seúl y Barcelona, le admitió al Sydney Morning Herald, de Australia, que utilizaron hormonas, sangre modificada y esteroides en cincuenta atletas, en un plan sistemático de dopaje. “Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia también lo hicieron”, se defendió. A tono estuvo su colega Xue Yinxian, médico del equipo olímpico de gimnasia, que declaró que el uso de esteroides y hormona de crecimiento fue “rampante” en los 80. Antes de los Juegos de Londres, Li Zhesi, de 16 años y compañera de Ye Shiwen, dio positivo por EPO (eritropoyetina), la hormona que permite mejor rendimiento y recuperación.

Ahora, la sospecha de dopaje es mucho más sofisticada. Se trata de doping genético. En 2008, un documental de la televisión alemana mostró a las claras cómo un médico chino ofrecía inyectar células madre a deportistas. Pero el doping genético va más allá. Una técnica llamada Repoxygen consiste en inyectar el gen productor de la EPO como un virus, llamado vector. Ese virus no enferma a las células musculares, sino que hace que aumenten su capacidad de producir EPO cuando el nivel de oxígeno en sangre es bajo. “Si puede hacerse, no hay duda de que alguien en algún lugar ya está intentando hacerlo”, aseguró en 2008 Theodore Friedman, titular del área de Genética de la Agencia Mundial Antidopaje. Aún no se encontraron métodos para detectarlo. Todos los controles de Londres son guardados durante ocho años. Hay tiempo para las sorpresas, o las decepciones.

Fuente: Nicolás Castrovillari, para www.perfil.com

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