El mundo que viene según Haruki Murakami*

Vivimos en un mundo con un nivel de realidad aún menor que el mundo irreal. ¿De qué otra forma podemos llamarlo sino ‘caos’? ¿Qué tipo de significado puede tener la ficción en una era irracional y caótica? El papel de una historia es mantener la solidez del puente espiritual que ha sido construido entre el pasado y el futuro.

Ataque a las Torres Gemelas.
¿Cuáles fueron los acontecimientos que distinguieron el espíritu del siglo XXI del espíritu del siglo XX? Desde una perspectiva global fueron, en primer lugar, la destrucción del muro de Berlín y el subsiguiente final rápido del orden de la guerra fría y, segundo, la destrucción de los edificios del World Trade Center el 11 de septiembre del 2001. El primer acto de destrucción estuvo lleno de brillantes esperanzas, mientras que el siguiente fue una tragedia abrumadora. La convicción generalizada, en el primer caso, de que “el mundo será mejor que nunca” fue totalmente despedazada por el desastre del 11/S. Estos dos actos de destrucción, que se desarrollaron en cada lado del punto de inflexión milenario con una inercia tan ampliamente distinta, parecen haberse combinado como una sola dualidad que causó una gran transformación en nuestra mentalidad.

Durante los últimos 30 años he escrito ficción en varias formas, desde cuentos cortos hasta novelas completas. Las historias siempre han sido uno de los conceptos humanos más fundamentales. Aunque cada una es única, funcionan principalmente como algo que puede compartirse o intercambiarse con otras. Esa es una de las cosas que les dan su significado. Las historias cambian de forma libre conforme inhalan el aire de cada nueva era. Siendo en principio un medio de transmisión cultural, son altamente variables en lo que respecta al modo de presentación que emplean. Como diestros diseñadores de moda, los novelistas arropamos las historias, conforme cambian de forma de un día a otro, con palabras adecuadas a sus perfiles.

Desde una perspectiva profesional, parecería que la conexión e interacción entre nosotros y las historias con que topamos experimentaron mayor cambio que nunca en algún momento cuando el mundo cruzó (o empezó a cruzar) el umbral del milenio. Que haya sido un cambio para bien o un cambio menos bienvenido, no estoy en posición de juzgarlo. Todo lo que puedo decir es que probablemente nunca podremos regresar al punto de partida.

Hablando por mí, uno de los motivos por los que lo siento con tanta convicción es el hecho de que la ficción que escribo experimenta en sí misma una transformación perceptible. Las historias en mi interior cambian de forma constante conforme inhalan la nueva atmósfera. Claramente puedo sentir el movimiento dentro de mi cuerpo. Puedo ver que al mismo tiempo también sucede un cambio sustancial en la forma en que los lectores reciben la ficción que escribo.

Ha habido un cambio que vale la pena resaltar, especialmente, en la postura de los lectores europeos y estadounidenses. Hasta ahora, mis novelas podían considerarse en términos del siglo XX. Esto es, podían entrar en sus mentes a través de pórticos como posmodernismo o realismo mágico u orientalismo; pero prácticamente desde que la gente acogió el nuevo siglo gradualmente empezó a despojarse del marco de estos ismos y a aceptar los mundos de mis historias con mayor tendencia al como es. Percibía intensamente este cambio cada vez que visitaba Europa y Estados Unidos.Me parecía que la gente aceptaba mis historias totalmente –historias muchas veces caóticas, otras tantas carentes de lógica, y donde la composición de realidad ha sido reconfigurada–. En lugar de analizar el caos dentro de mis historias, parecen haber comenzado a concebir un nuevo interés por la propia tarea de encontrar la mejor forma de aceptarlas.
En cambio, los lectores medios de los países asiáticos nunca necesitaron el pórtico de la teoría literaria para leer mi ficción. La mayoría de los asiáticos que se propusieron leer mis obras aceptaron al parecer desde el principio las historias que escribí como relativamente naturales. Primero llegó la aceptación, y luego (de ser necesario) el análisis. En la mayoría de los casos, en Occidente, sin embargo, con cierta variación, el análisis lógico vino antes de la aceptación. Estas diferencias entre Oriente y Occidente parecen desvanecerse con el paso de los años al influirse recíprocamente.

Si tuviera que etiquetar el proceso que ha experimentado el mundo durante los últimos años sería realineación.

Una importante realineación política y económica empezó después del final de la guerra fría. No hay mucho que decir acerca de la realineación en el área de la tecnología de la información, con un impactante desmantelamiento y establecimiento de sistemas a escala mundial. En el turbulento punto medio de estos procesos, obviamente, sería imposible que la literatura fuera la única que no se realinearayevitara el cambio sistémico.

Una importante dificultad ocasionada por este proceso de realineación es la pérdida –aunque sólo temporal– de los ejes coordinados para formar estándares de evaluación. Estos ejes estuvieron ahí hasta ahora, funcionando como bases fiables para medir el valor de las cosas. Se sentaban en la cabecera de la mesa como pater familias de los valores, decidiendo lo que concordaba y lo que no. Ahora nos despertamos y hallamos la desaparición no sólo del jefe de la familia, sino de la misma mesa. Por todos lados, parecería, las cosas han sido –o están siendo– tragadas por el caos.

Caída del Muro de Berlín, 1989.
Cuando oigo la palabra caos, automáticamente me imagino las escenas del 11-S –esas impactantes imágenes mostradas millones de veces en televisión–. Los dos aviones incrustándose contra los muros de cristal de las Torres Gemelas, las propias torres derrumbándose sin dejar rastro; escenas que seguirían siendo increíbles después de ver-las más de un millón de veces. La trama que tuvo éxito con milagrosa perfección, una perfección que alcanzó casi un nivel de surrealismo. Si puedo decirlo sin temor a ser mal entendido, las imágenes parecían gráficos de ordenador para una película de Hollywood sobre el juicio final.

A menudo nos preguntamos cómo hubiera sido si nunca hubiera sucedido el 11-S o al menos si ese plan nunca hubiera sido tan exitoso de forma tan perfecta. El mundo habría sido muy distinto de lo que es ahora. Estados Unidos pudo haber tenido otro presidente (importante posibilidad) y las guerras en Iraq y Afganistán tal vez nunca habrían ocurrido (posibilidad aún mayor).

Llamemos Realidad A al mundo que tenemos actualmente, y Realidad B al mundo que pudimos haber tenido en ausencia del 11-S. No podremos dejar de observar que el mundo de Realidad B parece ser más real y racional que el mundo de Realidad A. Para decirlo en otros términos, vivimos en un mundo que tiene un nivel de realidad aún menor que el mundo irreal.

¿De qué otra forma podemos llamarlo sino caos?

¿Qué tipo de significado puede tener la ficción en una era como esta? ¿A qué tipo de propósito puede servir? En una era donde la realidad es insuficientemente real, ¿cuánta realidad pueden tener las historias ficticias? Sin lugar a dudas, este el problema al que hacemos frente ahora los novelistas, las preguntas que se nos han planteado. En el momento en que nuestras mentes cruzaron el umbral del nuevo siglo, también cruzamos el umbral de la realidad de una vez por todas. No tuvimos otra opción más que cruzarlo, finalmente, y, al hacerlo, nuestras historias se ven forzadas acambiar de estructura. Las novelas e historias que escribimos indudablemente serán cada vez más distintas en carácter y sensaciones que las que han aparecido antes, de la misma forma que la ficción del siglo XX se diferencia drástica y claramente de la ficción del siglo XIX.

Las guerras en Irak y Afganistán, el caos en perfecta forma.
El objetivo propio de una historia no es juzgar lo que está bien y lo que está mal, lo bueno y lo malo. Lo más importante es que determinemos si, en nuestro interior, los elementos variables y tradicionales avanzan armónicamente, determinar si las historias individuales y comunes se suman en la raíz en nuestro interior.

En otras palabras, el papel de una historia es mantener la solidez del puente espiritual construido entre el pasado y el futuro. Nuevas morales y orientaciones emergen con bastante naturalidad de tal empresa. Para que ello suceda, primero debemos respirar profundamente el aire de la realidad, el aire de las cosas como son, y debemos encarar pródigamente y sin prejuicios la forma en que las historias están cambiando dentro de nosotros. Debemos acuñar nuevas palabras a tono con el ritmo de ese cambio.

En ese sentido, al mismo tiempo que la ficción (narración) sufre actualmente una prueba severa, ello representa una oportunidad inusitada. Por supuesto que a la ficción siempre se le ha asignado responsabilidad y preguntas que afrontar en cada era, pero sin duda estas son ahora especialmente importantes. La narración o historia posee una función que sólo ella puede cumplir, y es la de “convertir todo en una historia”. Transformar las cosas y sucesos que nos rodean en la metáfora de la forma narrativa y sugerir la verdadera naturaleza de la situación en el dinamismo de esa sustitución: tal es la función más importante de la historia.

En mi última novela, 1Q84, no muestro el futuro cercano de George Orwell, sino lo contrario –el pasado cercano– de 1984. ¿Qué hubiera pasado en el caso de un distinto 1984, no el original que conocemos sino otro 1984 transformado? ¿Y qué pasaría si repentinamente nos lanzaran a ese mundo? Habría, por supuesto, tanteos hacia una nueva realidad.

En la brecha entre Realidad A y Realidad B, en la inversión de realidades, ¿en qué medida podríamos preservar nuestros valores recibidos y, al mismo tiempo, qué tipo de nueva moral podríamos llegar a parir? Este es uno de los temas de mi trabajo. Dediqué tres años a escribir esta historia, tiempo durante el cual simulé en mí su mundo hipotético. El caos sigue ahí, en perfecta forma.

Pero, después de abundantes pruebas y errores, presiento intensamente que finalmente lo estoy logrando plasmar en términos de una historia. Tal vez la solución parta de aceptar tranquilamente el caos no como algo que “no debería existir”, que debería rechazarse fundamentalmente en principio, sino como algo que “está ahí en calidad de hecho real”.

Tal vez sea demasiado optimista. Pero como narrador de historias, como esperanzado y humilde piloto de la mente y el espíritu, no puedo evitar sentirlo de esta manera, en el sentido de que el mundo, también, después de abundantes pruebas y errores, seguramente logrará nueva confianza de que lo está captando y descubrirá sin duda pistas que sugieran una solución, porque, finalmente, elmundo y las historias han cruzado el umbral de muchos siglos y han atravesado muchos jalones para sobrevivir hasta el día de hoy.

*Haruki Murakami es uno de los escritores más prolíficos y altamente aclamados de ficción y no ficción de Japón. Su novela más reciente es 1Q84, que en japonés se pronuncia igual que 1984.

Fuente: www.elarcadigital.com.ar

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