La ciencia del trabajo, por Armando Doria y Gabriel Rocca

El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva lleva poco más de cuatro años de existencia y Lino Barañao es quien continúa al frente. Después de una primera etapa con eje en la organización de la estructura básica del sistema científico, la promoción de subsidios y la financiación de proyectos, el ministro habló con el Cable sobre las deudas y los desafíos de su nueva gestión, con eje en la generación de trabajo de calidad.

- Se puede suponer que una segunda gestión permite trabajar desde una nueva perspectiva, partir de lo conseguido. ¿Cómo encara el Ministerio esta nueva etapa?

- La segunda etapa es un desafío para, por lo pronto, desvirtuar eso de que segundas partes nunca fueron buenas (risas). La ventaja que tenemos es que muchas de las acciones que llevamos adelante en la primera gestión tienen su inercia y eso nos da un poco de aire como para pensar cosas nuevas. Básicamente, el montado de la estructura del Ministerio, tanto en lo formal como en lo físico, está en marcha, es una realidad. Hay toda una serie de programas que tienen que ver con el fortalecimiento de la base, es decir, mejorar los sueldos, ampliar la cantidad de subsidios y las formas de acceder al financiamiento, que van a seguir.

-¿Qué es lo que está faltando?

-Lo que falta es algo que tiene que ver con ese otro rol de la ciencia, que es crear trabajo de calidad. Este es un rol que la ciencia nunca contempló en el país. Uno jamás hubiera pensado en [Bernardo] Houssay o [Luis Federico] Leloir como creadores de empleo. Siempre se vio a la ciencia como una actividad cultural y si había que asociarla con algo era con la educación. Esto no es lo que ocurre en los países desarrollados. Si uno analiza la productividad de los investigadores del MIT (Massachusetts Institute of Technology) y los de Exactas, por ejemplo, no son tan distintos. Si lo dividimos por dólar invertido, son mucho mejores los de Exactas, porque el costo de un paper en la revista Nature de un investigador de Exactas es claramente muy inferior. Años atrás –y no creo que ahora haya cambiado mucho– el MIT era responsable de uno de cada quince puestos de trabajo en los Estados Unidos. Eso es lo que está faltando en Argentina. Tenemos un motor tan potente como el estadounidense, salvando las distancias de tamaño, pero faltan las correas de transmisión. Entonces, una de las prioridades que tenemos, es lograr que parte de los conocimientos que se generan se transformen en emprendimientos que, a su vez, promuevan la creación de puestos de trabajo de calidad.

- ¿Cómo se hace para alcanzar ese objetivo?

- Yo rescato el concepto de empresa de base tecnológica, que es aquella en la que parte del proceso industrial tiene lugar en el cerebro de alguien, a diferencia de lo que puede ser una planta totalmente automatizada. Una empresa de software o una empresa que hace desarrollo de medicamentos no pueden automatizarse. De la creatividad de su gente depende el éxito de esa empresa y eso hace que el individuo tenga libertad para desarrollarse personalmente. Por lo tanto, ese nos parece un modelo deseable, porque además tiene un efecto derrame que no tienen otras actividades. Si tres chicos crean una empresa de videojuegos y les va bien, van a tener que contratar una secretaria, un contador, alguien que limpie, alquilar un local. Este proceso de creación de empresas se está dando pero, como en todos lados, lleva bastante tiempo que se desarrolle. Esto implica también repensar cómo estamos formando a la gente para que tenga posibilidades de insertarse en el ámbito productivo.

- ¿Hasta dónde el sistema científico puede dar cabida a todos los científicos que se forman?

- Ya tenemos el problema de que muchos de los profesionales formados en investigación no tienen inserción en el sistema científico. Esto crea un conflicto porque de alguna manera se consolidó la idea de que se los formaba para ser investigadores en el ámbito público. Para obtener investigadores, tiene que haber un proceso de selección como en cualquier otro ámbito laboral y eso genera un plus de individuos que tendrían que encontrar una inserción no menos digna en otro ámbito. Esta actividad de creación de empresas y de fomento de actividades tecnológicas tienen ritmos que son más lentos, tal vez, que el ritmo de formación de recursos humanos que estamos produciendo, por lo cual, tenemos que tener soluciones creativas. Por eso estamos pensando, además del proceso de inserción de becarios en empresas, que va a ir en crecimiento, implementar junto con el CONICET y la Federación Argentina de Municipios (FAM) el programa “municipios.doc” que consiste en financiar a los municipios para que contraten doctores para que se inserten en la gestión municipal. Se supone que una persona con esa formación debería ser capaz de presentar un proyecto de desarrollo tecnológico para aprovechar líneas de financiamiento que hoy están subutilizadas. Eso le va a generar una ventaja al municipio. Ahí estamos pensando en una contribución del sistema científico al desarrollo local para la mejora de la calidad de vida de la gente.

- ¿La idea es poder generar puestos de trabajo concretos?

- Sin dudas. El otro componente que queremos encarar ahora, tiene que ver con lo que se denomina innovación inclusiva, que viene a poner la tecnología al servicio de aquellos que nunca recibieron nada de la actividad de los investigadores. Tenemos que generar trabajo genuino, autofinanciable. Ahí es donde creemos que el Estado, y en particular nuestro Ministerio, tiene que avanzar un paso más. Hasta ahora el sistema científico en general, los institutos tecnológicos como el INTI, el INTA, lo que hacen es proveer información a un demandante, ya sea del sector público o privado, que viene con un problema que hay que resolver. El tema es que los actores sociales que nos interesan no vienen a preguntar cómo producir más arándanos sino que no saben siquiera si tienen que producir arándanos. Simplemente saben que no tienen trabajo ni capacitación.

- ¿Ustedes siguen algún paradigma al respecto?

- No. Estamos buscando un poco esto. Un modelo es la estructuración de microemprendimientos en red con una empresa integradora que es la que les da economía de escala y control de calidad. Eso es lo que pasó con el arándano en Simoca, en Tucumán. Había minifundios que venían de la época virreinal y que eran totalmente insostenibles para la producción de caña de azúcar. Hubo dos intendentes de Simoca que apostaron al arándano. Hicieron una inversión, apoyaron y hubo una empresa, Tecnoplant, que les vendió los plantines, les compró la producción e hizo toda la logística del frío y demás para exportar y ser primicia en Estados Unidos. Ese concepto, por lo menos en forma abstracta, me parece atractivo, no basta con tener el microemprendimiento sino que tiene que haber economía de escala, capacitación, un asesoramiento técnico y tiene que haber conocimiento de mercados externos y una capacidad de exportación importantes.

- ¿Hay municipios interesados en llevar adelante planes de estas características?

- Todos los días viene alguno. Todo el mundo quiere tener su polo tecnológico. De hecho, lo que nos está presionando es encontrarle a cada uno algo distintivo. Estamos haciendo polos en Mercedes y en Capitán Sarmiento para producción de plantas medicinales y aromáticas. En Punta Indio se va a instalar una fábrica de leds y la idea es hacer todo un polo de electrónica asociada a microcircuitos; en la Matanza, un polo de ingeniería biomédica. Tenemos financiamiento de estas actividades. Gracias a la política de la Secretaría de Comercio, tenemos una gran cantidad de importadores que quieren exportar lo que sea. La vez pasada estuvo gente de Cipolletti con el caso de un importador de pastillas de freno que quería saber si podía exportar pasta de manzana para poder balancear su cuenta. Nadie había estudiado qué hacer con el excedente de manzana que se produce. Es una oportunidad única. ¿Cuándo uno va a poder probar, con una tasa de rentabilidad cero, si puede abrir un mercado en otro lugar?

- Resulta sorprendente, a la luz de nuestro pasado, que intendentes y productores se acerquen al Ministerio de Ciencia en busca de proyectos.

- Eso es cierto. Es gente que antes no pasaba por esa puerta. Lo que tenemos que empezar a hacer es diferenciarlos para que no todos hagan lo mismo. El desafío es cómo darle gobernanza a estas cosas, porque nunca se hizo ni tenemos de dónde copiarlo.

- Parece una tarea bastante compleja.

- Estamos haciendo pruebas, viendo qué es lo que funciona y qué no. Lo que hacemos es ver si hay alguna fortaleza particular y de ahí en más tratamos de aportarle. Esto nos genera la necesidad de un perfil profesional que no tenemos en forma significativa: los gerentes tecnológicos. La idea es que los municipios los empleen para llevar adelante estos proyectos, porque se necesita de alguien que domine la tecnología y que sepa gerenciar. Lamentablemente, los científicos tienen una formación de laboratorio y los economistas tienen una formación de gerentes de grandes empresas. Tenemos que encontrar un mix adecuado para que alguien pueda llevar adelante este tipo de emprendimientos. Yo creo que este desafío vale la pena porque si al cabo de esta segunda gestión logramos mostrar que en algunos lugares hay una actividad económica que antes no había, que hay una cantidad de gente que tiene laburo y que no lo hubiera tenido si nosotros no hubiéramos ido a promocionar esto, entonces tendremos una prueba contundente que garantice que siga habiendo Ministerio. Porque si no, en épocas no tan florecientes de la economía, es grande el riesgo de que alguien se pregunte para qué poner plata en esto. Ya se hizo en los 90 el experimento de que con 50 dólares por mes los científicos siguen laburando.
Una puerta
- ¿Con qué logro se sentiría satisfecho al finalizar su gestión?

- Con la prueba de que hubo algunos cientos de personas que consiguieron tener un trabajo. Eso me dejaría satisfecho. Muchos sostienen que la función del investigador es construir el conocimiento universal. Ahora, la experiencia indica que si vos lográs alguna vez, de pura casualidad, acertarle a algo y publicás primero en una revista, entonces te citan dos o tres veces. A los seis meses aparece un estadounidense que lo hace un poquito mejor y fuiste, la cita es del otro. Entonces, me pregunto: ¿Tiene sentido que toda mi vida esté dedicada a un éxito transitorio? Hace poco reflexionaba sobre cómo influyen tus antecedentes familiares en la manera que hacés las cosas. En mi familia hubo gente que laburaba con las manos. Me acuerdo de que una vez, de chiquito, acompañaba a mi abuela a comprar a la feria, en Boedo. Ese día me llevó por otro camino, me paró frente a una casa y me dijo “¿Ves esta puerta? La hizo tu abuelo”, al que yo nunca había conocido. Yo vi la puerta y pensé que era algo concreto que perduró. Tal vez yo busque el equivalente a la puerta.
Fuente: www.exactas.uba.ar

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