La oca, por Manuel Vicent*

Pienso, luego existo, dijo Descartes. ¿Qué piensas? Nada. Bueno, no importa. Es el simple hecho de pensar, el mecanismo del cerebro buscándose la vida, lo que demuestra que estás vivo. Si la verdad se hallara en las entrañas de una oca, que grazna en el fondo de un bosque, lo importante solo sería el método o el camino que el pensador utiliza para llegar hasta la oca, pero no la verdad ni la oca propiamente dicha. Este principio filosófico de Descartes es aplicable a la informática, el nuevo cerebro de la humanidad. Al final de los años sesenta del siglo pasado llegaron las primeras computadoras a los bancos y a las grandes empresas.

El técnico informático, como enviado de las esferas, se encargó de convencer al director de las ventajas económicas de semejante cacharro. Recibido el ordenador con todos los honores, el técnico informático explicó sus claves secretas a los ejecutivos más listos, quienes dejaron de lado por un tiempo su trabajo de hacer banca, de hacer negocios, y se pusieron al servicio de este artilugio que parecía llevar en su interior un bosque tan misterioso como los de la Edad Media, donde graznaba una oca sagrada, poseedora de todos los augurios. Los ejecutivos lograron aprender pronto este enigmático sistema y a continuación lo fueron enseñando a los empleados más torpes.

Durante un tiempo toda la plantilla se puso al servicio del ordenador cuyas infinitas posibilidades tenían su tecla respectiva. Cuando todo el mundo estuvo ya a la altura del artilugio y por fin se disponían a aplicarlo al trabajo llegó el técnico informático desde las esferas con un nuevo ordenador más inteligente, más rápido, más barato, con más ventajas. Otra vez debía uno iniciar el camino a través del bosque. Desde entonces el manantial de la alta tecnología informática no ha hecho sino arrojar cada día cacharros de esta índole digital sobre nuestra vida y la mente humana ha sido condenada a desentrañarlos, acuciada por las nuevas generaciones de ordenadores que llegan por detrás. A medida que uno se adentra en su bosque se oye graznar a la oca sagrada, pero nunca se llega a atraparla, nadie puede abrir sus entrañas para interrogar su hígado, donde palpita la verdad. Ese augurio solo se conseguirá con un nuevo aparato. Y así sucesivamente.

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