Guepardos, por Manuel Vicent*

Quien albergue alguna duda sobre la bondad del creador del universo, para salir de ella no tiene más que ver un reportaje de National Geographic. Con el mando a distancia vienes huyendo de la violencia que emerge de los telediarios, de la basura política que vomitan en las tertulias algunos fanáticos, del hedor a estiércol humano que emana de los programas del corazón y tratando de purificar el aire te refugias en un documental de la naturaleza, pero allí te encuentras con un guepardo que descuartiza a una gacela, con una boa deglutiendo a un conejo, con un águila que se lleva a una cabra con las garras.

Cuando uno pasa la noche en la sabana africana o en la selva amazónica no deja de sobrecogerse ante el inmenso concierto de aullidos de muerte que sale del fondo de la oscuridad. Las fieras cazan y se aparean con un mismo estertor de agonía. Si uno busca la salvación contemplando el mar o las estrellas, en cuanto una mínima lucidez te descabalgue del romanticismo, debajo de la superficie azul de las aguas imaginarás el abismo lleno de monstruos cuyos iridiscentes colores van parejos a una espantosa e insaciable voracidad y si levantas los ojos hacia el cielo estrellado, cualquier documental sobre las galaxias te habrá hecho saber que los astros no son más que infiernos de fuego y que en el interior de esa lechada de constelaciones existen miles de millones de planetas habitables como el nuestro donde se celebra la misma alucinante carnicería.

La ley inexorable de que para vivir hay que matar con colmillos, garras y venenos la cumplen los animales con una inocente crueldad, inscrita en las entrañas, sin que los humanos hayan logrado desprenderse por completo de ella, según consta en los telediarios. Alto ahí. Este es el momento exacto para recordar con un whisky en la mano que en medio de ese absurdo cósmico hay también un espacio donde puede sonar una cantata de Bach, que existe todavía la gloria de las flores sobre el esplendor en la hierba y que en cualquier ciudad hay una niña que ayuda a cruzar el paso de cebra a un ciego. Si el mundo está tan mal hecho, queda al alcance de cualquiera la posibilidad de reinventarlo. Basta con crear ante la muerte un instante de belleza o de compasión a cambio de nada.

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