Lena Burtin: una capa roja y dos cafés, por Susana Pezzano*

A Lena Burtin la recuerdo, durante los meses de invierno, envuelta en su loden rojo, tan austríaco como sus fuertes convicciones, los ojos claros, la cabellera rubia y el tono de su acento con altos y bajos entre largas pausas. Era una mujer enfática y una periodista tenaz. A fin de mes cumpliría 81 años y hasta último momento escribió sus artículos, tenía un libro en imprenta y planificaba nuevos proyectos. Su verdadero nombre era Magdalena María Muchñack. La conocí en 1973. Ella cubría educación en Noticias Argentinas, yo trabajaba en prensa en el rectorado de la Universidad de Buenos Aires. Luego ingresé a La Opinión y compartíamos la cobertura de la fuente con Horacio Finoli. Los motivos personales convalidaron una amistad, nacida en el ámbito laboral, que se mantuvo hasta hoy cuando Horacio me avisó que Lena había fallecido.

Nuestro último encuentro fue en octubre. A las 8.30 de la mañana, en un típico café de la Recoleta. Estaba espléndida, física y mentalmente. Con su lucidez, no exenta de humor, analizaba la política argentina; en particular, la decadencia de los partidos políticos, la desmesura de la clase dirigente y el estado de anomia de la sociedad. Coincidíamos en las críticas al kirchnerismo, pero  mantuvimos diferencias sobre los orígenes y consecuencias de los problemas argentinos. Sin embargo, las discrepancias nunca fueron motivos de distanciamiento porque aprendimos a respetar nuestras divergencias. Nos preocupaban los fundamentalismos que convierten al adversario en enemigo triturable.

Las conversaciones no se agotaban en la política. Tenía una especial curiosidad por el impacto de las nuevas tecnologías, la psicología transpersonal, las corrientes filosóficas, los descubrimientos de las neurociencias, los viejos valores y las nuevas tendencias en las sociedades avanzadas. Me recomendaba artículos y autores, le sugería novelas y ensayos. Formaba parte de nuestro intercambio de “figuritas”.

Aquella mañana de octubre tuvo un gesto inusual. Me regaló un libro usado, uno de su biblioteca. Era “La Rueda del Tiempo” del polémico escritor y antropólogo peruano Carlos Castaneda. Contenía las lecciones que había recibido del chaman mexicano don Juan Matus, su mentor, acerca de la vida, la muerte y el universo. Era una especie de guía testamento. Evocado el gesto, ahora me doy cuenta que Lena tal vez intuyó su propia partida o, como apasionada jungiana, anticipó su muerte a través de los sueños.

Abro al azar el libro regalado por Lena. Repito el antiguo juego de descubrir meta mensajes entre las páginas de un texto. Y leo: “Cuando uno no tiene nada que perder, se vuelve valiente. Sólo somos tímidos mientras nos queda algo a lo que aferrarnos”. Y veo: a una periodista feliz que arroja su capa roja al escenario del mundo y dice adiós.

 

 *Periodista argentina.

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