Aventuras del capitán Russell, por Fernando Savater

Supongamos que usted, amable lector, nació en España entre principios de los años treinta y finales de los cincuenta del pasado siglo. Y supongamos también que usted es una persona normal, sana e inteligente, es decir, que durante su infancia y adolescencia (que bien pudiera haberse prolongado en ese aspecto hasta hoy mismo, como puedo personalmente atestiguar) disfrutó con los tebeos más que con nada en la vida. Pues si tal es el caso no debe perderse Tragados por el abismo (Edicions de Ponent), la estupenda historia del tebeo de aventuras en España escrita por Pedro Porcel, ilustrada con tan abundante generosidad y tino como para complacer al nostálgico más exigente. Una auténtica orgía con menores pero sin atisbo de violación ni abuso porque tales menores son los que cada uno llevamos dentro: esos niños nunca del todo “tragados por el abismo” del tiempo aniquilador.

Confieso que hoy muchas de las llamadas “novelas gráficas” son demasiado adultas para mi gusto

El estudio de Porcel no solo está bien documentado sino también escrito con gracia y soltura. Uno de sus aciertos es relacionar los argumentos y personajes de las historietas con sus precedentes en la novela o el cine. Otro, distanciarse de esa teoría reduccionista que descalifica a algunos héroes emblemáticos (El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín…) como simples emanaciones de la ideología franquista. Aunque jugaron con las cartas marcadas por la dictadura, tienen sus propios aciertos como estímulos ingenuos de la imaginación popular… que a fin de cuentas es la que termina sobreponiéndose a las grisáceas tiranías. Y que conste que hubo obras maestras en ese género, hoy ya en vías de olvido. ¿El Capitán Trueno? Desde luego, pero a mí que me entierren también con el Inspector Dan de Giner y el Cachorro de Iranzo…

Confieso que hoy muchas de las llamadas “novelas gráficas” resultan demasiado adultas para mi gusto. Se toman tan en serio su papel sociológico y sus denuncias históricas que terminan siendo tan cargantes como las novelas no gráficas que debemos padecer para edificación de nuestra alma. Por supuesto siempre puede uno refugiarse en el Hellboy de Mike Mignola, en las sagas italianas editadas por Bonelli (como Dampyr o el invariablemente entretenido Dylan Dog) y, cuando falta lo demás, en las reimpresiones hoy frecuentes de los clásicos de Buscema, Alex Raymond y compañía. Pero de vez en cuando aparece la novedad de una joya sin descoyuntamientos tenebristas ni realismo de telediario que es realmente “para todas las edades” como suele decirse, y que nos reconcilia con las posibilidades del género.

Tal es el caso de la que me parece la mejor novela gráfica de los últimos tiempos: Logicomix, editada en EE UU por Bloomsbury y, si no me equivoco, aún inédita en España. Su argumento se debe a los griegos Doxiadis y Papadimitriou, con dibujos de Papadatos y color de Annie di Donna. El protagonista de este cuento delicioso no es un guerrero ni un detective, sino el gran filósofo Bertrand Russell. Y en él aparecen como personajes invitados algunos de los mayores lógicos del pasado siglo, implicados en los episodios políticos y bélicos de su época, pero sobre todo en la mayor aventura épica imaginable: la búsqueda de la verdad racional. ¿Un tema árido y poco popular? Todo lo contrario, gracias al talento cándido pero también sabio de los guionistas y al enorme encanto de las ilustraciones de línea clara en las que encarna el relato. El manido lema de “instruir deleitando” suele sonar justamente ominoso a los más pequeños y también a quienes estamos de su parte: en esta ocasión, sin embargo, se cumple de forma casi mágica y a todas luces ejemplar.

*www.elpais.es

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