Alberto Maiztegui: devoción por la física, por Leonardo Moledo*

Sábato, Balseiro, Gaviola, el trípode del origen de la física en la Argentina tiene un centro en común. Alberto Pascual Maiztegui. Mito, figura clave, formador de varias generaciones de materia gris, fue director del Instituto de Matemática, Astronomía y Física –hoy Famaf—, de la Universidad Nacional de Córdoba. Y publicó con Jorge Sábato el libro Introducción a la física, ¿se acuerdan del “Maiztegui Sábato”? El 7 de abril pasado cumplió 90 años.

Usted ha sido más un pedagogo que un investigador…

–No me he dedicado a la investigación en física. No he sido un investigador que produce papers, fui un organizador. La formación inicial en el Normal Mariano Acosta de Buenos Aires me influyó en mi vocación docente.

–¿Y a qué atribuye su vocación docente?

–Recuerdo que tenía 27 años de edad y Gaviola me decía que ya estaba viejo, “usted es un pedagogo”, me insistía. Y acertó, porque dediqué mi vida a la docencia y a la organización de la docencia, conectando el ámbito universitario de investigación con el mundo del docente de primaria y secundaria, con el objetivo de despertar vocaciones. Ese sueño lo he cumplido.

–Puede hacer un balance, me imagino…

–Se ha logrado que tengamos un nivel de desarrollo tal que, a pesar de todas las dificultades, tengamos desarrollos, por ejemplo, en física nuclear, tanto en investigación como en alta tecnología. Considero que todo país que aspire a cierto grado de desarrollo tiene que conocer o dominar las bases de la actividad nuclear. Tiene que tener gente preparada para tomar decisiones autónomas.

–Incluso exportando tecnología…

–El reactor que nos compró Australia, a través de Invap, muestra que somos capaces de construir instrumentos de primer nivel y de negociar eficazmente. Construir, competir y ganar. El pueblo argentino no se ha dado cuenta. Todavía no le han explicado a la sociedad la importancia de haber alcanzado semejante desarrollo, compitiendo con las potencias. Ahí entra la función del periodismo científico.

–A ver, ¿cómo?

–La ciencia tiene que llegar a todos, por lo menos los conceptos elementales. Para que cuando alguien escucha acerca de un tema científico pueda barruntar, ¿qué linda palabra esa, no? Y comprender de qué se habla.

–Sí, linda. ¿A qué llama saber de ciencia?

–Saber de ciencia es tener una idea no errónea, aproximada. Saber, aunque sea lo elemental. Pero no quedarse al margen, ¿me permite una metáfora?

–Claro.

–Para que no se le cierren las ventanas y quede en una habitación a oscuras. La buena comunicación científica tiene el trabajo de lograr transmitir ideas que son difíciles de construir y expresar.

–Incluso explicar que aquella histórica exportación de tecnología fue en plena crisis del año 2002.

–Claro, ahí viene el espíritu que dejó Balseiro, porque del Instituto salieron las personas que trabajan en Invap.

–Sí, el mérito tecnológico está, pero usted recordará las controversias y el revuelo que se armó, porque se decía que la Argentina terminaría importando residuos nucleares.

–Mire, por entonces, como presidente de la Academia Nacional de Ciencias, nucleamos a todas las academias del país y públicamente apoyamos la exportación, pero pedimos que se informara más eficazmente. Nos rebelamos contra ese silencio.

–Entonces la Argentina tiene futuro.

–Sí, porque tiene argentinos como Balseiro. Y son muchos, y silenciosos. ¿Sabe usted que Balseiro nunca hizo un culto de la exposición mediática? Generalmente el científico es silencioso.

–Pero ¿no le parece que a los jóvenes investigadores de hoy les faltan modelos?

–Mire, los hay, pero hace falta descubrirlos. Lo fundamental es que el chico se atreva a buscar, que tome la iniciativa. Buscando va a descubrir qué le interesa o qué no.

–Cuénteme acerca de la organización del Instituto Balseiro.

–A mí me gusta decir que fue una hermosa locura. En el contexto en el que se llevó adelante, fue un verdadero disparate. Por empezar, las universidades nacionales tienen ingreso irrestricto, entonces, en Bariloche, alejados de todo, se inaugura un instituto con un cupo limitado de sólo quince vacantes por año, becados, fuera de las condiciones universitarias normales de la Argentina. Y esa idea se desarrolló en un entorno político feroz. La decisión de inaugurarlo fue en marzo de 1955, en el Curso de Física de Verano en Bariloche. Yo era alumno de Balseiro en la UBA y él nos llevó al Curso. En marzo se decidió y en abril comenzamos la organización. “No se dan las condiciones”, nos decían. Claro que las condiciones eran todas adversas. El 16 de junio de 1955, desde la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) veíamos los aviones bombardeando la Plaza de Mayo y seguimos organizando todo como si nada sucediera.

–¿A quiénes estaban dirigidos esos cursos de verano?

–El núcleo era la formación de los reactoristas que ya necesitaba la CNEA, entonces se aprovechaba la existencia del sitio que había dejado Richter en Bariloche. Para formarlos, además de estudiar las técnicas, le dábamos mucha ciencia básica. Ese fue el criterio con el que se manejó la CNEA, y rindió frutos.

–¿Y cómo se dio inicio a aquel curso?

–Entró Manuel Balanzat al aula y así empezó a dar clase, fue directo al núcleo, no hubo ni un acto, ni himno. Eso fue el 1° de agosto. Balanzat era una excelente persona y fue un pilar para Balseiro. Para el 16 de septiembre los gendarmes corrían con ametralladoras en el regimiento que está al lado del Instituto Balseiro, mientras por la radio seguíamos los acontecimientos, …pregúnteme ¿qué hicimos los profesores?

–¿Y que hicieron ustedes?

–Seguir dando clases.

–¿Y cuál fue su rol en esos cursos?

–Mi rol fue muy modesto, para 1955 todavía no había terminado la licenciatura en Física, estaba en quinto año. Me licencié en 1956 y era adjunto de la Universidad de Cuyo. Era ayudante de Balseiro, también de Wolfgang Meckbach. Mi rol ha sido acompañarlo a Balseiro. De Bariloche nos fuimos juntos en 1961, yo fui a Córdoba. Ese mismo año, Balseiro comienza con sus problemas de salud, y en septiembre le diagnostican que es leucemia.

–¿Qué recuerda de Balseiro?

–Además de ser profesor mío, éramos amigos. Lo conocí en 1945 en las reuniones de la AFA, y en 1947, cuando vine a Córdoba para trabajar con Gaviola. Teníamos prácticamente la misma edad, era un año mayor que yo. Lo que me llama la atención ahora, no entonces, era que como amigos era un tipo más, no tenía ninguna característica sobresaliente. Pero de los hechos de su vida resulta que tenía características muy particulares. Con su accionar, y las decisiones que tomó, dejó un espíritu en Bariloche que todo el mundo reconoció, sin ponerlo en palabras. Por ejemplo, cuando murió, la gente del Instituto pidió que lo enterraran allí, en el Instituto. Fue un pedido significativo.

–¿Cómo era Bariloche por entonces?

–La vida era cruda. La vida social era difícil. Había una sola calle asfaltada. Nadie tenía auto. Era la Bariloche de los pioneros. A mi señora no le gustaba Bariloche. Creo que me vino del cielo la oferta del Instituto de Matemática, Astronomía y Física (IMAF) para mudarnos a Córdoba.

–Y cuando llegó a Córdoba, ¿con qué se encontró?

–Me encontré con el IMAF en Córdoba, que estaba prácticamente en cero. Fui el séptimo director en el lapso de 1956 a 1961; había una inestabilidad total y no había rumbo. Tuve la suerte de acertar con los criterios para manejar el IMAF. Acerté en mostrarle al Consejo Superior los proyectos de manera clara.

–¿En qué acertó?

–No sé. Me manejé con el criterio de dotar a la institución con profesores con dedicación exclusiva. Todo fue orientado para que los estudiantes con el tiempo fueran madurando como científicos e incorporándose al cuerpo docente. Mi trabajo principal fue conseguir becas y lugares adonde ir a especializarse, con gente de primer nivel, capaces de formarlos como buenos científicos. Y ahí tuve suerte en obtener el número de becas suficiente. Los consejos superiores nos reconocieron la necesidad de dar salarios de dedicación exclusiva a los profesores. Hay un caso muy interesante: el matemático Carlos Loiseau, que no tenía ningún titulo, era un autodidacta de los buenos, y logramos la excepción y lo incorporamos a pesar de ese impedimento en lo formal.

–Todo un talento el de convencer autoridades.

–Sin dudas, pero Balseiro fue quien me ayudó a formar mis criterios para conducir una institución de esta naturaleza. Su ejemplo para mí ha sido fundamental. La devoción por la actividad científica.

–Ciencia devocional.

–Sí, consagración a la ciencia y a la institución. Desde que asumí, mi norte fue fortalecer, construir y sostener una institución capaz de formar la gente que el país necesita. Incluso hicimos algunas innovaciones para aquel entonces. En 1961 se graduó la primera cohorte que había ingresado en 1957, y no teníamos docentes para ese quinto año. Entonces logramos la autorización del Consejo Superior de la Universidad para que el quinto año los alumnos lo hicieran en Buenos Aires, La Plata y Bariloche, para completar el quinto año que no teníamos cómo darlo en Córdoba. Fue una novedad…

–¿Y cómo ve la formación de matemáticos, astrónomos y físicos en la actualidad?

–Hoy Famaf, en Córdoba, tiene distintas especialidades y tiene buenos grupos, hay gente muy capaz. Ha cumplido con el objetivo que nos trazamos hace cinco décadas de constituir un grupo fuerte de investigadores consagrados a la institución. La dedicación exclusiva es básica para el desarrollo de la actividad científica.

*leonardomoledo.blogspot.com y www.pagina12.com.ar

 
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