¿Cómo hacían los dinosaurios para subir pendientes?, por Susana Gallardo*

   

Un equipo internacional de paleontólogos del que forma parte Claudia Marsicano, integrante del Departamento de Ciencias Geológicas de la FCEyN, viajaron a Sudáfrica para investigar más de 250 pisadas de distintas especies de dinosaurios.

Las había descubierto un misionero francés en las décadas de 1960-1970 en Lesotho, Sudáfrica. Son más de 250 pisadas de distintas especies de dinosaurios. Ahora, un equipo de paleontólogos, un estadounidense, una argentina y un sudafricano, fueron al sitio para estudiarlas en detalle. En particular, analizaron las huellas de dos animales que caminaron en sentido contrario. Esas pisadas mostraron comportamientos diferentes, en particular al tener que enfrentar una ladera resbalosa. Los resultados se publicaron en Plos One.

“Estudiar las huellas resulta muy interesante porque es como ver a los animales en vida, uno los ve andar. Dan una información que los huesos nunca van a ofrecer”, afirma la doctora Claudia Marsicano, del Departamento de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, UBA. Y agrega: “Uno puede reconstruir un esqueleto, pero no dispone del correcto encaje de los huesos ni de toda la capacidad de movimiento que tenían esos animales. Las huellas dan esa información”.

Marsicano, junto con Jeff Wilson, de la Universidad de Michigan, y Roger Smith, del Museo Iziko, de Sudáfrica, mediante un escáner láser de mano, obtuvieron un mapa en tres dimensiones de la superficie con las huellas, con muy alta resolución. Ese mapa en 3D permite, en una pantalla de computadora, mover las imágenes y darles relieve.

Los investigadores seleccionaron dos secuencias de huellas (de unos 15 metros de longitud) correspondientes a dinosaurios de dos grupos diferentes. Uno es un terópodo, grupo de dinosaurios carnívoros y exclusivamente bípedos. El otro es un ornitisquio, dinosaurios herbívoros, tanto cuadrúpedos como bípedos. Ambos provienen de un ancestro común, pero las huellas de Lesotho, que tienen unos 200 millones de años de antigüedad, muestran que ambos grupos ya tenían comportamientos locomotores muy diferentes en las etapas tempranas de su evolución. “Eso significa que, en ese momento, ya estaban muy diversificados y diferenciados”, asegura Marsicano, también investigadora del Conicet. Los registros más antiguos de dinosaurios son de unos 220 millones de años.

En la orilla del río

Para que las huellas perduren en el tiempo, la superficie tiene que haber tenido un grado de humedad adecuado y, además, luego de imprimirse, haberse cubierto rápidamente. En este caso, estuvo cubierta por algas, que mantuvieron el sedimento cohesionado y con una humedad “ideal” para que las huellas queden preservadas. Después de su impresión, se cubrieron con sedimentos finos que trajeron las aguas del río al inundar la zona. Si las huellas hubieran estado expuestas mucho tiempo, la lluvia y el viento las hubiera borrado. Por ejemplo, la costa de un río o un lago presenta la situación ideal para que las huellas perduren.

Las pisadas de Lesotho se encuentran, precisamente, a lo largo de lo que fue la orilla de un río sinuoso; y evidencian que los animales se dirigían hacia el agua para beber o para bañarse. Pero para ello tenían que salvar un pequeño desnivel, una ladera barrosa y, seguramente, resbaladiza. “Las diferencias en las pisadas nos dicen que cada uno de los animales empleaba estrategias diferentes para no caerse”, señala Marsicano.

El ornitisquio superó la ladera caminando agazapado con sus patas separadas y apoyándose también con sus manos y, una vez salvado el obstáculo, se irguió y continuó su caminata en dos patas. Por su parte, el terópodo no abandonó en ningún momento su posición bípeda, y en cambio clavó sus garras en el suelo para no caerse. “Cada uno de los dinosaurios, frente al mismo problema, muestra comportamientos totalmente diferentes para poder estabilizarse mientras camina en una superficie resbaladiza”, asegura Marsicano, y continúa: “Estudiando sólo los huesos, esto no lo hubiéramos deducido”.

El hecho de clavar las garras para subir superficies inclinadas es típico de varios grupos de aves, que, precisamente, son herederas de los terópodos.

Lo cierto es que las garras de los ornitisquios son más cortas que las de los terópodos, y no son curvas. “Lo interesante es que el terópodo no apoyó las manos en ningún momento de su trayectoria, tampoco se agachó ni separó sus patas para darse más estabilidad”, precisa la paleontóloga.

Los dos grandes grupos de dinosaurios poseen una cadera muy diferente, lo que tal vez permitió a los ornitisquios una mayor capacidad de movimiento en sus patas a nivel de su cadera, de manera que podían separarlas y caminar agazapados.

El estudio de huesos fósiles de los ornitisquios muestra que, en la etapa posterior al tiempo de las huellas de Lesotho, éstos desarrollaron formas totalmente cuadrúpedas como otras bípedas. “Estas huellas indican que ya para el Jurásico muy temprano los ornitisquios podían fácilmente cambiar su forma de locomoción (de cuadrúpeda a bípeda) de acuerdo a sus necesidades. Los terópodos, por su parte, nunca abandonaron su postura bípeda erguida. Y su manera de sostenerse clavando las garras en la superficie inclinada está de acuerdo con una de las ideas sobre el origen del vuelo en las aves (sus descendientes): que los ancestros terópodos de las aves aprendieron a volar aleteando mientras trepaban superficies inclinadas clavando sus garras”, concluye Marsicano.

*El Cable (Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA)

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