Dura crítica de la Iglesia por la educación sexual escolar, por Jorge Rouillon*

   

El arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión de Educación Católica del Episcopado, monseñor Héctor Aguer, cuestionó con inusual dureza el enfoque de un documento del Gobierno sobre educación sexual, al que calificó de "neomarxista" y "totalitario".

 

El flamante ministro de Educación, Alberto Sileoni, dijo que se trata de material para la discusión docente, que "no llega a las escuelas".
Aguer, cuyas expresiones fueron respaldadas por fuentes cercanas al presidente del Episcopado, cardenal Jorge Bergoglio, adjudicó al texto una visión reduccionista, sin referencia al amor y la ética; constructivista, porque "detesta la distinción y complementariedad de los dos sexos", y neomarxista, por interpretar la sexualidad "según la dialéctica del poder".
El objeto de la discordia es el manual Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida, de 302 páginas, que procede de los ministerios de Educación y de Salud, y se basa en programas de lucha contra el sida de las Naciones Unidas y de otros organismos internacionales.
El arzobispo afirmó que el documento "parece otra imposición totalitaria del Estado" y constituye "una velada amenaza a la libertad de enseñar y aprender la verdad". El ministro Sileoni, en tanto, aclaró que se trata de un documento amplio destinado a ser discutido en los institutos de formación docente y no a ser aplicado directamente en los colegios.
Especificó que la posición oficial del ministerio está dada por un único documento: los Lineamientos curriculares para la educación sexual integral , aprobado por el Consejo Federal de Educación el año pasado, a partir de la responsabilidad que le asignó al Estado la ley 26.150 para garantizar el derecho de niños, niñas y adolescentes a recibir educación sexual en la escuela.
Aguer le atribuyó al documento una imposición totalitaria, "sobre todo teniendo en cuenta la delicadeza del asunto, ya que en ninguna de sus propuestas toma en cuenta la libertad de conciencia, tanto de los alumnos como de sus padres, garantizada por la Constitución y por la misma ley de educación nacional".
Señaló que "la ideología de género se expresa en este documento con el máximo rigor" y se presenta "como el instrumento para modificar significados y prácticas".
Le adjudicó al texto oficial una potencialidad destructiva del orden familiar, que se manifiesta, por ejemplo, en el enunciado "la perspectiva de género requiere de un proceso comunicativo que la sostenga y la haga llegar al corazón de la discriminación: la familia". Estimó que la brecha estipulada entre género y sexo explica que en el documento "jamás se hable de amor. El sexo, al parecer, no tiene nada que ver con el amor".
"Ni amor, ni responsabilidad, ni matrimonio, ni familia como proyecto de vida -puntualizó Aguer-. Se confiesa explícitamente que la educación sexual excluye la formación en las virtudes, el aprecio y respeto de los valores esenciales que constituyen a la persona en su auténtica perfección".
Consultado por LA NACION, Sileoni expresó que desde hace años el ministerio sostiene la enseñanza de valores. "No creemos que sea un valor la relación sexual vacía, la reducción de la sexualidad a la mera genitalidad; también hablamos del amor, de la afectividad, del encuentro con el otro, el respeto. Tenemos documentos que llegan a las escuelas donde decimos que la primera formadora es la familia".
Pero, a su vez, señaló que las escuelas -que son todas públicas, sean de gestión pública o de gestión privada- tienen que proveer información científica para todos. Insistió en que la ley no es una opinión y afirmó que deben prevenirse las enfermedades de transmisión sexual, los embarazos tempranos y el abuso infantil.
Indicó que aún hoy hay chicos que no quieren hablar algunos temas con los padres y que es un deber de la escuela ayudar, estar cercana. La estimó como un buen ámbito, y dijo que un docente puede tener a la vez cierta distancia pero afectividad.
Por su parte, Aguer consideró que este programa apunta a excluir la autoridad de los padres y los derechos y deberes que brotan de la patria potestad, tutelados por la Constitución y convenciones internacionales. Observó un avance sobre la libertad de conciencia (no se menciona) y la libertad de enseñar y aprender, no sólo en las escuelas de gestión privada, obligadas a contrariar su ideario, sino en las estatales, donde no se les puede imponer sin injusticia manifiesta a los padres "una concepción del hombre contraria a sus concepciones".
"La tan mentada neutralidad religiosa, el célebre laicismo escolar -dijo-, no es compatible con la imposición de una dogmática constructivista y atea que resulta una especie de religión secular, ajena a la tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo".
Dixit
"La orientación de este programa conduce a excluir la autoridad de los padres y los derechos y deberes que brotan de la patria potestad"
MONSEÑOR HECTOR AGUER
Arzobispo de La Plata
"Respetamos las ideas, no queremos discutir. La ley de educación sexual no es una opinión. Es una ley y hay que cumplirla"
ALBERTO SILEONI
Ministro de Educación de la Nación
 
*LA NACIÓN
  

Hay lugar para uno más, por Sandra Russo* 

El mensaje del arzobispo de La Plata contiene todos los tópicos previsibles de la jerarquía eclesiástica que viene, desde hace siglos pero más puntualmente desde la Cumbre de Beijing, en 1995, perdiendo la batalla frente a la idea de género. Fue entonces que en documentos de las Naciones Unidas comenzó a imponerse ese concepto, para expresar que lo que entendemos por hombres en tanto hombres y mujeres en tanto mujeres no es “natural”, sino una construcción de sentidos sociales, históricos, políticos.
Efectivamente, esa batalla la Iglesia ya la perdió en la realidad. Aunque no lean estudios sobre género ni documentos de la ONU, millones de hombres y mujeres en todo el mundo viven sus vidas interrogándose sobre su ser mujer o su ser hombre. Lo que hace algunas décadas y desde siempre fue vivido como “natural” estalló por los aires. Y no precisamente por lo que Aguer llamaría “ideologías foráneas” ni por la “intervención totalitaria del Estado”, sino más bien por la época. Quizá podría llamársele historia. Y si es la nuestra, la de Occidente, es la historia del capitalismo globalizado.
La noción de género fue el ariete para que innumerables derechos fueran vividos, para que se acotara la discriminación contra las minorías sexuales y para que nuestras vidas privadas dejaran de estar permanentemente iluminadas, bajo los faros de la disciplina religiosa. Sobre todo a aquellos que no son religiosos. Jamás me explicaré por qué no se
considera “totalitaria” a una religión que pretende consustanciarse con un Estado en el que conviven otros credos y ninguno.
Pero si la noción de género corrió como un reguero entre las personas comunes y corrientes, es porque interpretó un malestar de época profundo. En las sociedades líquidas, lo masculino de sí y lo femenino de sí, inquietan. Los varones y las mujeres que ve la Iglesia son solamente la cáscara de las criaturas culturales que somos, perforadas por mensajes contradictorios y paradójicos.
Pero eso sí. En una semana en la que se reivindicó a Martínez de Hoz y se le cayó otro velo a la ultraderecha que tira de la derecha, no podía faltar la contribución de Aguer, y estas ideas precarias, menos medievales que de Guerra Fría. Tenía que llegar el arzobispo que tirara su adjetivación sobre el Estado, y que dejara entrever beneplácito con otros ataques al Estado. La clásica.
El adjetivo “ateo” es uno que faltaba, pero ya lo tenemos a mano para los debates de la tele. Qué tal un arzobispo en la radio a la mañana, aunque bueno, sea Aguer. Tampoco hay que andar revisando el pedigrí de los entrevistados. Alcanza con que hablen del “totalitarismo del Estado”. Tiene punch.
 
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