Linda noche para una cervecita, por Martín Granovsky

Linda noche para una cervecita, por Martín Granovsky


Las ventajas que tiene ser presidente. El rockero argentino Andrés Calamaro dijo

en un concierto “qué linda noche para fumarse un porrito” y estuvo diez años procesado

hasta que un fiscal le pidió disculpas. En 1933 Franklin Delano Roosevelt dijo “es buen

momento para una cerveza” y no le hicieron nada. Claro: antes, Roosevelt impulsó el fin

de la Prohibición, la famosa Ley Seca que convirtió en millonario a Al Capone, dueño de

100 mil negocios ilegales de venta de alcohol, y en famosos a Los Intocables.

El mundo no es el mismo 76 años después. Pero, como Roosevelt, el martes 20

Barack Hussein Obama asumió en medio de una crisis que combina el cierre de

empresas, la destrucción de empleos, la caída de la bolsa y el miedo masivo al

empobrecimiento y la ruina.

Por eso en los Estados Unidos Roosevelt está de moda. Vayan al cine y vean “La

duda”, con Meryl Streep y Philip Symour Hoffman. Al principio, una monja que enseña

Historia dice que un año atrás, en 1963, mataron a John Fitzgerald Kennedy y escribe en

el pizarrón la frase más famosa de Franklin Delano: “A lo único que debemos tenerle

miedo es al miedo en sí mismo”.

Gran orador, Roosevelt no era sin embargo un mesías engolado. Cuentan que

parecía un tipo encantador y que utilizaba su encanto para convencer, convencer y

convencer.

Eric Hobsbawm dijo a la BBC que en los años ’30 solo dos áreas del Occidente

desarrollado escaparon al fascismo. Una fue Escandinavia. La otra, los Estados Unidos.

La clave de la Gran Depresión era económica, quién puede dudarlo, pero en tren

de conjeturas un gobierno flotando a la deriva sin enfrentar la crisis, sin remontarla con

entusiasmo, sin imaginación, podría haber rematado en un final horrible: el miedo se

habría convertido en fascismo también entre los norteamericanos.

Cuando Roosevelt se tomó su cervecita en el ‘33, terminó con 13 años de

abstinencia falluta. Mirada 76 años después, con la perspectiva que da la historia, la

decisión parece haber cumplido cuatro objetivos.

Uno: la legalización del alcohol bajó la criminalidad y la violencia del tráfico

ilegal de cerveza y whisky.

Dos: el blanqueo consiguió fondos para un Estado en quiebra.

Tres: se generaron nuevos empleos en producción, distribución, venta y, por

supuesto, publicidad.

Y cuatro: cambió el humor.

 

Es difícil encontrar en los últimos cien años de historia una medida tan

polivalente en medio de la hambruna, la tristeza y la desocupación.

Consumir libremente cerveza y whisky no resolvió las consecuencias del crack

del ’29 pero fue, a la vez, un símbolo y la expresión de una política real de intervención

del Estado en la economía.

Para los fanáticos del Youtube, hay un noticiero de época que relata de modo casi

chaplinesco, como en Tiempos modernos de Chaplin, o como en Sucesos argentinos, esa

fiesta con tono de fin de pálida. Aquí va el link:

Imperdible.

Para quienes deseen ver la contracara de la fiesta –es decir, la miseria más

extrema, con rubiecitos raquíticos— la recomendación es la película Viñas de ira de

John Ford, basada en la novela de John Steinbeck. Pinta un país reseco y desolado, donde

cada sheriff es empleado de los especuladores de tierras y el Estado, a través del

Departamento de Agricultura de Roosevelt, alberga a los desamparados de la sequía y les

da de comer.

Los Estados Unidos ya eran una gran potencia mundial, con un consumo de

energía que a fines del siglo XIX había desplazado a Alemania, y al mismo tiempo

convivían con el atraso de la época. A comienzos de la era Roosevelt, que gobernó hasta

1945, nueve de cada diez hogares en el campo carecían de energía eléctrica. La fórmula,

a la larga, consistió en desarrollar lo nuevo para compensar la caída de los sectores ya

instalados.

Una caída más bien brusca.

Entre 1929 y 1933 15 millones de trabajadores de las acerías quedaron sin empleo.

Quienes tenían luz en las ciudades la perdieron por falta de pago.

En 1931, cuenta el historiador William Leuchtenburg, cameruneses enviaron dólares a

los Estados Unidos para paliar el hambre y 100 mil personas pidieron trabajo en la Unión

Soviética.

Cuando Roosevelt asumió, la mayoría de los Estados cerraron sus bancos, por

prevención de mayores corridas.

Nouriel Roubini, el economista nacido en Turquía que pronosticó la crisis actual,

dirige una newsletter que en los últimos cuatro meses no es precisamente el guión de una

comedia.

En todo el 2008 el registro de comienzo de obra para la construcción de viviendas

mostró una baja del 33 por ciento. Menos de un millón.

En el cuarto trimestre del 2008 China creció al 6.8 por ciento. En el tercero había

crecido al 9 por ciento. El pronóstico de Roubini es de un 4.5 por ciento para 2009.

La actividad de las refinerías de los Estados Unidos bajó un 83 por ciento.

Pronóstico Roubini para el Producto Bruto Interno norteamericano en 2009:

menos 2.5 por ciento.

Pronóstico Roubini de recuperación: recién en el 2010, y muy tenue.

Acierte o no Roubini, los años que vienen serán duros para los Estados Unidos y

para el mundo.

Mientras prueba recetas económicas, ¿cuál será la cerveza política de Obama?

Nadie lo sabe todavía. ¿El escenario es catastrófico? Es duro, pero la historia no se repite.

 

Por lo pronto, el mundo no es el de 1933. El martes asumió Obama, pero en estos

días ninguna descomposición profunda elevó en ningún lugar de mundo a la cima del

poder a un nuevo Adolfo Hitler. Pasó en un marzo de hace 76 años, cuando los

presidentes norteamericanos aún no inauguraban su mandato el 20 de enero sino,

justamente, en marzo.

Este mundo no es aquél pero está lejos de ser un prado bucólico. Basta mirar

Medio Oriente. Mirar Al Qaeda. Mirar la xenofobia ante la inmigración. Observar por un

momento las finanzas de Londres, la caída de la producción automotriz en España, la

debacle de la Chrysler y el Citi en los Estados Unidos, el hambre que crecerá con la

debacle, Toyota primer fabricante de autos por primera en la historia de la industria no

por su florecimiento –la firma japonesa está en rojo– sino por la caída de la

competencia.

Ahora que Obama citó como virtud política en su primer discurso la curiosidad,

suena interesante la vuelta intelectual a Roosevelt para pensar dos cosas. Una, cómo

funciona la política. Otra, cómo funciona el mercado. Roosevelt lideró la reconstrucción

de los Estados Unidos sobre la base de buscar una mayor igualdad, y esa búsqueda se

basó en la creación de empleos. Solo en 1935 el Estado empleó a tres millones y medio

de desocupados. Eso sí: pagaba más que la ayuda social instaurada dos años antes pero

menos que el básico de la empresa privada. Los planes del New Deal, el nuevo contrato

social de los ’30, debieron superar tremendos obstá#####, desde los conservadores del

Congreso, aun dentro del oficialista Partido Demócrata, hasta la obstrucción de la Corte

Suprema. Y Roosevelt, un pragmático que, como todo buen político en medio de una

crisis sin manuales, prueba, cometió equivocaciones, como apostar primero a la

deflación, que muy pronto debió corregir porque todo se hundía aún más.

La magia política de Roosevelt fue convocar intelectuales a Washington, ponerlos

a jugar sin darles todo el poder, conducir un gobierno sin miedo a las líneas internas, no

perder nunca el norte de su propia popularidad, hacerse consciente de que –incluso para

su objetivo de capitalismo con mayor bienestar– los grandes sectores financieros eran

una barrera insorportable y tenaz.

Su magia, también, consistió en instalar preguntas, temas. En renovar la discusión

política interrogando sobre el porqué del patrón oro o el porqué de la formación de los

precios agrarios. En incorporar a la política grande a grupos nuevos como sindicatos,

católicos y negros. En largar paquetes de medidas y no tener problema en retirarlas tres

meses después las que no funcionaban. En lanzar planes de participación para una

coyuntura y suspenderlos cuando la coyuntura había terminado.

Pero no hubo magia mayor, cerveza includa, que la obsesión con el pleno empleo.

Al sur del río Potomac, en Washington, Bill Clinton levantó en 1997 un memorial

para recordar a Roosevelt. No es muy visitado, seguramente porque el lado sur tiene

menos público que el norte o porque, quién sabe, la Rooseveltmanía tal vez comience

recién ahora. El miércoles a la noche, al día siguiente de la asunción de Obama, visitar el

memorial parecía una locura. ¿No era mejor un bar en Georgetown que un freezer a cielo

abierto?

Un amigo norteamericano –un buen amigo de la Argentina– invitó con una

sabrosa cena vietnamita y sugirió la visita:

–Hace como diez grados bajo cero, pero ya que te interesa tanto Roosevelt y

hasta leíste sus charlas por radio al lado del fuego, tenés que verlo.

 

Y agregó sin demagogia:

–Yo ya lo conozco. El frío es tuyo. Te espero en el auto, que tiene calefacción.

A las diez de la noche había unas cincuenta personas dando vueltas en medio del

Memorial. Saltaban por la helada o se retorcían las manos para calentarse. Se tomaban

fotos junto a la estatua que muestra a Roosevelt sentado en su silla de ruedas: había

quedado paralítico en 1921 y así fue presidente, tras ganar cuatro elecciones seguidas

porque todavía no existía el límite de dos mandatos. Muchos de los visitantes, con actitud

de primera vez, quizás llegados al DC para el cambio de mando, daban vueltas hasta

llegar a un muro largo. Allí leían en susurros una frase inscripta en bajorrelieve sobre la

piedra: dice que no se puede malgastar los esfuerzos de un ser humano negándole el

derecho a trabajar.

Los norteamiercanos suelen hablar de los padres fundadores. Es una frase

genérica en la que pueden quedar incluidos Washington, Jefferson, Madison y tal vez,

casi un siglo después de aquéllos, Abraham Lincoln.

El martes último, Obama, que a todas luces no es un blanco caucásico como los

43 presidentes que lo antecedieron, juró sobre la misma Biblia de Lincoln, el hombre que

ganó la guerra contra los plantadores del sur y abolió la esclavitud.

Lincoln también está de moda. Un libro muy vendido cuenta las virtudes del

Lincoln escritor. No es raro: sus contemporáneos Alberdi y Sarmiento también fueron

maravillosos en el uso del lenguaje para aplicarlo a la política. Otro libro relata cómo,

después de ganar la Guerra Civil, Lincoln convocó a sus rivales para integrar el nuevo

equipo. Se llama Team of rivals: the política genius of Abraham Lincon (Equipo de

adversarios: el genio político de Abraham Lincoln) y lo escribió Doris Kearns Goodwin.

Obama llamó a Gooldwin y le dijo que le había encantado. Por supuesto la

mitología ya sostiene q
ue fue por el libro que el nuevo presidente abrió las puertas a

quienes no integraban su núcleo, cuando la realidad muestra lo contrario. El repubicano

más prominente de la administración es Robert Gates, secretario de Defensa, más

moderado que el ultraconservador vicepresidente de George W. Bush, Dick Cheney. Y la

adversaria interna más llamativa es Hillary Clinton, a quien le hubiera gustado estar hoy

en la Casa Blanca con Bill de príncipe consorte. El resto no muestra un gobierno de Bush

Bis sino un mosaico demócrata en el gabinete y un equipo de confianza íntima en la Casa

Blanca.

Pero lo más divertido del relato de la autora es el dilema de los historiadores con

sus biografiados. “Cuando uno escribe una biografía dedica muchas horas al personaje.

Se duerme pensando en él. Por suerte para mí, no estaba nada mal compartir la cama con

Lincoln”.

No está claro, en el mundo de fantasías que en política siempre acompaña a la

realidad, quién se irá a dormir con quién. Parece como una ensalada de sueños cruzados

que tienen en cuenta a personajes que ejercieron liderazgos fuertes y, al revés de Ronald

Reagan, por ejemplo, liderazgos más inclinados a una mayor igualidad que a la

polarización social.

Parece coincidente, en cambio, con qué tipo de político norteamericano muy

pocas personas se irían a dormir para compartir sueños de bienestar. El martes al

mediodía, sobre el pasto frío que sirvió de heladera para tres o cuatro millones de pies, a

pesar de botas y borceguíes con o sin piel, cientos de miles se pararon a ver las pantallas

de la tele. Obama ya había jurado. Las cámaras mostraban a Obama y señora y al vice,

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Joe Biden, y señora, ellos de oscuro, ellas de colores, los cuatro sonrientes. Alternaban la

toma con las escenas de los Bush subiendo al helicóptero rumbo a Texas. Miles

aplaudieron cuando se cerró la puertita verde detrás de George W. Eran aplausos sordos,

por los guantes, pero alaridos de show completaban esa banda espontánea de sonido en

medio de los parques escharchados. Dos minutos después, el ruido de la pantalla fue real,

y el helicóptero apareció desde atrás del edificio del Congreso, pegó una vuelta e hizo

mutis por el foro. Más aplausos, más alaridos y fin de la escena.

Los millones de zapatos dejaron el pasto, seguros de que ya no habría marcha

atrás.

En la televisión, un cómico dijo que las palabras más importantes del día habían

sido cuatro: “Ex presidente George Bush”.

Estuvo a tono con el discurso de Obama. Solo quienes no lo leyeron, o quienes no

lo escucharon, pueden deducir que tendió un puente a Bush. Lo nombró, es verdad, pero

para ser libre de criticar los últimos ocho años y decir que “no importa si el Estado es

grande o chico”, frase que en Washington debe ser traducida como la búsqueda de un

Estado eficaz y activo.

¿Cuánto de la movilización de Washington –dos millones de personas o dos y

medio, según los cálculos– representa un proceso de dinamismo articulado en los

Estados Unidos? Es difícil asegurarlo. El martes no fue un día cualquiera. En Metro

Center, la estación troncal del subte, la sensación de proyecto colectivo podía vivirse,

literalmente, centímetro a centímetro. Policías con megáfonos recomendaban: “Keep on

moving”. Sonaba rítmico: “Ki-pon-muving”. Mue-van-sé. Tan rítmico que los miles que

buscaban las escaleras para cambiar de nivel lo repetían como aquí en una cancha o un

recital. Al salir la gente sumó otro grito: “Yes-we-can”. Era el lema de campaña de

Obama. Sí-po-démos. Y ya en la superficie una mujer grandota que sonreía como Sarah

Vaughan empezó: “Yes-we-did”. Lo-hi-címos.

El desafío de los presidentes que llegan en medio de olas de crisis y expectativas

de cambio es mantener la esperanza, la primavera política, y marcar determinación en el

rumbo. Tal vez la limitación inicial a los salarios altos de su propio gobierno haya

apuntado a señalar dureza hacia la clase alta, grandes gerentes incluidos. Paul Krugman,

el último Nobel de Economía, está convencido de que Roosevelt reactivó tanto con el

aumento del consumo como con la disminución de la desigualdad vía cambios

impositivos que terminaron con las desgravaciones de los hipermillonarios y sus

ejecutivos. Tal vez el cierre de Guantánamo apunte a preservar libertades individuales y a

emprender una ofensiva contra Al Qaeda sin exhibir un nivel tan alto de vulnerabilidad

política.

Pero, ¿cuál es la magia que, incluso en medio de un frío con viento ártico como el

que soplaba el martes 20, mantendrá viva la magia del ki-pon-muving?

Con Obama habrá decepciones, retrocesos, erorres, torpezas. Eso es la vida. O la

vida política, si ustedes quieren. Pero además de una cervecita para acompañar la vuelta

de Bush a su rancho de Texas, quizás los norteamericanos más pobres, o los humanistas,

y nosotros si la crisis mundial cede, podamos tomarnos un porrón. No estaría mal.

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